El hombre se entrega todo por el amor, y se entrega tanto cuanto ama; está, pues, enteramente entregado a Dios, cuando ama enteramente a la divina bondad, y cuando está de esta manera entregado, nada debe amar que pueda apartar su corazón de Dios.
En el Paraíso, Dios se dará todo a todos, y no en parte, pues Dios es un todo que carece de partes; mas, a pesar de esto, se dará diversamente, y las diferentes maneras de darse serán tantas cuantos sean los bienaventurados, lo cual ocurrirá así porque, al darse todo a todos y todo a cada uno, no se dará totalmente ni a cada uno en particular, ni a todos en general. […]
Todos los verdaderos amantes son iguales en dar todo su corazón, con todas sus fuerzas; pero son desiguales en darlo todo diversamente y de diferentes maneras, pues algunos dan todo su corazón con todas sus fuerzas, pero menos perfectamente que otros. Unos lo dan todo por el martirio, otros por la virginidad, otros por la pobreza, otros por la acción, otros por la contemplación, otros por el ministerio pastoral, y, dándolo todos todo, por la observancia de los mandamientos, unos, empero, lo dan más imperfectamente que otros.
El precio de este amor que tenemos a Dios depende de la eminencia y excelencia del motivo por el cual y según el cual le amamos. Cuando le amamos por su infinita y suma bondad, como Dios y porque es Dios.
SAN FRANCISCO DE SALES.
Tratado del amor de Dios.
Sevilla: Apostolado Mariano,
1984, pp. 207-208.

