Segunda Revolución – No es un episodio, sino una parábola de la historia…

Quizás no fuera la peor de las revoluciones, ni la culminación del proceso que pretende destruir a la Santa Iglesia, pero encierra en sí enseñanzas que iluminan todos los aspectos de la lucha entre el bien y el mal a lo largo de los siglos.

No hay una forma mejor de comprender los actos humanos que conocer sus motivaciones, especialmente a la hora de emitir juicios sobre hechos históricos. Por tanto, al abordar un acontecimiento tan paradigmático como la Revolución francesa, indaguemos el verdadero objetivo de sus mentores y organizadores.

La revolución perfecta

La gran revolución iniciada en 1789 en el reino de la hija primogénita de la Iglesia fue la continuación, en un terreno distinto, de la obra principiada por la pseudorreforma protestante, considerada en el artículo anterior. Ésta implantó en la sociedad el espíritu de duda, el liberalismo religioso y el igualitarismo eclesiástico; aquella inauguró el pleno igualitarismo religioso, bajo la etiqueta de laicismo, y el igualitarismo político, difundiendo como tópico fundamental que toda desigualdad es intrínsecamente injusta.

Como bien lo sintetizó el Dr. Plinio, la Revolución francesa «no fue más que la transposición, al ámbito del Estado, de la “reforma” que las sectas protestantes más radicales adoptaron en materia de organización eclesiástica: rebelión contra el rey, simétrica a la rebelión contra el Papa; rebelión de la plebe contra los nobles, simétrica a la rebelión de la “plebe” eclesiástica, es decir, de los fieles, contra la “aristocracia” de la Iglesia, es decir, el clero; afirmación de la soberanía popular, simétrica al gobierno de determinadas sectas, en mayor o menor medida, por los fieles».1

Así pues, el proceso teóricamente iniciado con la caída de la Bastilla guarda similitudes tanto con la Primera Revolución, que la precedió, como con la Tercera, que la sucedió. Sin embargo, desde cierto punto de vista fue absolutamente única. Expliquémoslo.

Seguramente usted, querido lector, ya habrá presenciado la formación de una tormenta; pero ¿se ha preguntado alguna vez qué vendría a ser una «tormenta perfecta»? Para un científico consistiría en aquella que mejor se prestara al estudio, por ser, desde el comienzo hasta su conclusión, susceptible de observación y análisis; en definitiva, aquella cuya comprensión arrojara luz sobre todas las demás tormentas.

En este mismo sentido, podemos decir que la Revolución francesa fue la revolución perfecta. Quizá no fuera la más violenta, ni en la que el mal alcanzara su mayor sofisticación de crueldad. No obstante, en palabras del Dr. Plinio, se convirtió en «una enorme parábola, que contenía todas las revoluciones, tanto las del pasado como las que habrían de llegar»,2 hasta el punto de divisarse en su desarrollo la síntesis de la lucha entre el bien y el mal a lo largo de la historia.

La Revolución francesa de un vistazo

Desde el inicio de la Revolución en 1789 hasta la Restauración en 1815, el poder temporal en tierras galas sufrió varios cambios. Como este tema es ampliamente conocido, lo recorreremos en un rápido vuelo de pájaro.

En una primera fase, Francia se convirtió en una monarquía constitucional, en la que el rey pasaba a ser un jefe casi meramente nominal del país. Hasta ese momento, la relación entre el soberano y el pueblo había estado guiada por tradiciones y costumbres multiseculares, nacidas de una sociedad orgánica y bajo la influencia de la Iglesia Católica. A partir de entonces, el monarca tendría que someterse a la recién creada Asamblea Nacional, compuesta por agitadores profesionales y políticos oportunistas. Esa alteración sólo fue posible gracias a una larga preparación de las mentalidades, llevada a cabo con el apoyo y la participación de las elites del Antiguo Régimen —tanto eclesiásticas como aristocráticas— que alimentaban, conscientemente o no, al monstruo que pronto las diezmaría…

Enseguida el rey se volvió prisionero y la nación, una república, bajo el dominio de la burguesía intelectual revolucionaria, los girondinos. Fueron días de confusión y caos en aquella que otrora se había merecido el epíteto de Douce France.

Posteriormente, las riendas del poder pasaron a manos de los más radicales de entre los rebeldes: los jacobinos de La Montaña. Comenzó entonces el imperio del Terror con sus carnicerías y torturas, una fase terrible que fue inaugurada con las famosas masacres de septiembre, en las que más de la mitad de los prisioneros de París fueron brutalmente asesinados. Este período puso fin a la vida de muchas figuras célebres como, por ejemplo, la princesa de Lamballe, cuyo cadáver fue sometido a horribles mutilaciones y, según algunos testimonios, su corazón fue devorado por los revolucionarios. ¿Qué crimen había cometido? El de no haber traicionado a su amiga, la reina, en el momento del peligro… Finalmente, también le llegó su turno al rey Luis XVI y, más tarde, a María Antonieta, guillotinados en 1793.

La Revolución es progresiva: consta de varias fases aparentemente fortuitas, pero que en realidad siguen una lógica rigurosa y conducen, a través de una secuencia de causas y efectos, a una crisis cada vez peor
De izquierda a derecha, distintas fases de la vida de la reina María Antonieta: antes de la Revolución, en 1783; ante el Tribunal revolucionario; y camino a la guillotina, en un dibujo realizado en ese momento por un testigo

En las provincias, miles de personas inocentes fueron ejecutadas sumariamente con una sofisticación variadísima de crueldad, cuyos detalles excederían bastante los límites de este artículo. Joseph Fouché, diputado revolucionario que recibió el apodo de «Ametrallador de Lyon»3 por los asesinatos perpetrados en esa ciudad, diría: «Sí, nos atrevemos a confesarlo, hacemos derramar mucha sangre impura, pero es por humanidad, por deber…».4 Sin embargo, el reino del Terror también pasó y sus actores fueron irónicamente conducidos a la misma guillotina que habían utilizado hasta la saciedad contra eclesiásticos, nobles y plebeyos considerados contrarios a sus maléficas intenciones.

Ante una opinión pública conmocionada con tantos horrores, la Revolución empezó a retroceder paulatinamente. ¡Hermoso baile de astucias! Al Terror jacobino le siguió la fase del Directorio, de nuevo burgués. Poco después apareció Napoleón que, pasando del Consulado al usurpador Imperio, tendió incluso la mano a la Iglesia con su Concordato y abrió las puertas del reino a la nobleza exiliada. Finalmente llegamos a la Restauración, donde los legítimos herederos de la corona francesa —en condiciones muy distintas, no obstante, a las anteriores a 1789, pues había surgido un mundo nuevo— volvieron a reinar.

De cara a una sucesión de acontecimientos y fases como ésa, ¿qué aspectos de la Revolución, analizada como un proceso universal, podemos discernir?

La progresividad revolucionaria

El Dr. Plinio5 enseña que una de las características de la Revolución es la progresividad: está compuesta por varias fases cronológicas, aparentemente fortuitas, pero que en verdad siguen una lógica rigurosa y conducen a la humanidad, a través de una secuencia de causas y efectos, a una crisis cada vez peor. Este aspecto de ese proceso revolucionario se vuelve mucho más claro y comprensible cuando se lo observa en el caso concreto de la Revolución francesa.

¿Quién podría prever en el apogeo del Terror, cuando los revolucionarios más radicales parecían omnipotentes, que su dominio duraría tan poco? En realidad, los mentores de la Revolución francesa eran muy conscientes de que un sistema basado casi estrictamente en el uso de la fuerza bruta los separaría de la opinión pública, obligándolos, más temprano que tarde, a retroceder.

La veracidad de esta tesis queda probada por un histórico diálogo entre Danton, ministro de Justicia durante el Terror, y Luis Felipe de Orleans, por entonces oficial del ejército revolucionario y futuro rey de los franceses, aunque de tendencia profundamente afín a la Revolución. El primero expuso con claridad que la República no duraría mucho, pues la nación francesa aún tendía con fuerza al monarquismo, y aseveró que cuando los movimientos terminaran en un aparente fracaso de los revolucionarios, se habría producido un cambio drástico en la mentalidad del pueblo, que entonces podría aceptar una monarquía más liberal. Y las predicciones continuaron: Luis Filipe debía ser elevado a la realeza, como «rey ciudadano», para auxiliar a la Revolución en la consecución de sus fines últimos. Este «vaticinio» tan preciso se cumpliría, al pie de la letra, treinta y ocho años después…6

Por lo tanto, incluso en el apogeo de su dictadura, los líderes revolucionarios eran plenamente conscientes de que aquel estado de cosas no duraría. ¿Por qué aceptaron entonces desempeñar un papel ignominioso, condenado a perecer? Porque veían que, a pesar de su derrota en un momento determinado, la Revolución avanzaría; tal vez no con la celeridad que deseaban, pero sí inexorablemente.

Ante tales evidencias de historicidad indiscutible, ¿todavía es posible creer en aparentes coincidencias en la Revolución? Éstas sólo se sostienen ante el observador superficial, pues cada uno de los cambios o metamorfosis, para usar el término empleado por el Dr. Plinio, 7 obedecían a una lógica rigurosa.

La larva, la mariposa y la Revolución

La metamorfosis es el fenómeno por el cual ciertos animales, en un período específico de su desarrollo, ven modificada radicalmente su estructura, hasta el punto de volverse casi irreconocibles. Así, para el que no tiene nociones básicas de biología, le puede parecer que la mariposa es un insecto distinto de la larva que permaneció encerrada en el capullo, pero el científico bien sabe que simplemente una se metamorfoseó en la otra, continuando siendo el mismo animal. Curiosamente, algo similar ocurre en el terreno sociológico…

Como hemos dicho, la Revolución francesa no se formó a partir de una serie de movimientos sociales esporádicos, sino más bien de una secuencia lógica de acontecimientos, promovidos con miras a un determinado fin. Sin embargo, logró engañar a muchos y disfrazar esta fatídica realidad mediante la táctica de la metamorfosis.

En efecto, cuando la opinión pública ya no toleraba los excesos del Terror y sólo la fuerza bruta de las armas y el derramamiento de ríos de sangre conseguían mantener a los jacobinos en el poder, la Revolución recurrió a una «retirada estratégica». Y tal operación fue exitosa. A los ojos del hombre corriente, cuando el Directorio asumió el control del gobierno, parecía que los principales promotores de la Revolución francesa, finalmente, habían sido eliminados. En realidad, los nuevos jefes continuaron la obra anterior de una forma más discreta.

Otro ejemplo característico de metamorfosis revolucionaria lo encontramos en la conducta de Napoleón Bonaparte. Su ascenso al poder, subsiguiente al Directorio y marcado por su posterior autocoronación como monarca de los franceses, apaciguó los ánimos de muchos que no simpatizaban con la República a cualquier precio. De esta situación estratégica se valió el corso para impulsar el avance de la causa revolucionaria.

Su propio título era una afirmación de la soberanía popular sobre el poder divino. De hecho, hasta entonces, los monarcas franceses eran llamados Reyes de Francia, título que suponía un encargo recibido de Dios para gobernar a la hija primogénita de la Iglesia. Napoleón, a su vez, se autodenominó Emperador de los franceses, sugiriendo una supremacía disociada de la autoridad que venía de lo alto. La voluntad del pueblo ciertamente sustituiría al derecho divino… No sorprende, por tanto, que el día de su proclamación arrancara la corona de las manos del sumo pontífice, llevado a la fuerza a la ceremonia, para colocársela él mismo en su cabeza.

Por otra parte, los ejércitos napoleónicos, cuyos soldados trasladaban por media Europa las ideas revolucionarias en sus macutos, provocaron el derrocamiento de innumerables tronos y tradiciones católicas en el continente, ¡sin contar la muerte de cinco millones de personas en sólo doce años! Cabe mencionar también, entre los crímenes de Bonaparte, los desacatos a dos pontífices romanos, Pío VI y Pío VII. Estos horrores, aliados a la imposición de leyes y costumbres revolucionarias en los lugares que conquistó, demuestran cómo sus acciones no fueron más que una metamorfosis exitosa.

Con el tiempo, sin embargo, estos acontecimientos saturaron igualmente a la opinión pública, y llegaba el momento de poner fin a la Revolución francesa con el regreso de los antiguos reyes de Francia: los Borbones.

Para disfrazar su progresividad, la Revolución utiliza la táctica de la metamorfosis: cuando la opinión pública ya no tolera sus excesos, recurre a una «retirada estratégica» que le permite continuar la obra anterior de manera más discreta
De izquierda a derecha, los distintos rostros adoptados por la Revolución desde la Monarquía Constitucional hasta la Restauración: Luis XVI en la fiesta de la Federación en 1790; líderes girondinos camino al patíbulo; Marat, uno de los mentores del Terror; Paul Barras, presidente del Directorio de 1795 a 1799; Napoleón Bonaparte, emperador de los franceses; Luis Felipe de Orleans, el «rey ciudadano»

Mentiras revolucionarias e inercia de los buenos

Además de haberse valido de las metamorfosis para alcanzar el resultado deseado sin riesgo de perder el terreno conquistado, la Revolución caminó de mentira en mentira. Los acontecimientos de los siglos xviii y xix en suelo francés sólo fueron posibles gracias a la difusión de calumnias —muchas de las cuales han sido ampliamente refutadas por los historiadores— contra el rey, los nobles, el clero y el antiguo régimen en general, que circularon entre el pueblo en el período previo a la Revolución.

No obstante, esta falsedad revolucionaria conduce necesariamente a una verdad incómoda: si la Revolución mintió fue porque necesitaba engañar a los no revolucionarios. Si éstos fueran intransigentes y desconfiados de sus «buenas intenciones», ella nunca habría obtenido éxito. ¡Qué diferente sería la historia si los buenos se valieran de la sagacidad como debieran!

Lamentablemente, los efectos de la onda expansiva producida por la Revolución francesa no se limitaron a la extinción sucesiva de las monarquías europeas, acompañada de la «producción en serie de repúblicas para el mundo entero».8 Bien sabemos que fue una de las causas remotas pero reales de la Tercera Revolución: el «protocomunista» François-Noël Babeuf era uno de sus instigadores y la insurrección que pasó a la historia con el nombre de Comuna de París, precursora directa de la Revolución bolchevique en Rusia, fue provocada por los sucesores de los revolucionarios franceses.

Por lo tanto, la Segunda Revolución buscó un fin que en gran medida se fue alcanzado: la implementación del igualitarismo en la política y el laicismo en la sociedad.

La Revolución francesa y los días actuales

Como afirmábamos al comienzo de estas líneas, la Revolución francesa es una auténtica parábola de la historia. Al estudiarla a la luz de las enseñanzas del Dr. Plinio, comprendemos muchos de los principios que rigen la lucha universal entre el bien y el mal.

Aún se pueden aprender otras lecciones, pero le corresponderá al lector, que ahora cuenta con varias de las herramientas necesarias para un estudio serio desde la perspectiva de Revolución y Contra-Revolución, profundizar en el análisis de este tema que al mismo tiempo intriga y apasiona. 

 

Notas


1 RCR, P. I, c.3, 5, C.

2 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 19/5/1979.

3 ZWEIG, Stefan. José Fouché. 8.ª ed. Porto: Civilização, 1960, p. 51.

4 Ídem, p. 56.

5 Cf. RCR, P. I, c. 3, 5.

6 Cf. GRUYER, François-Anatole. La jeunesse du Roi Louis-Philippe. Paris: Hachette, 1909, pp. 125-126.

7 Cf. RCR, P. I, c. 4.

8 Ídem, c. 3, 5, E.

 

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