Tengo una vaga idea de mis primeros razonamientos. Ni siquiera me acuerdo de qué asuntos trataban, pero sí recuerdo que, en cierto momento, me di cuenta de algunas demostraciones lógicas que me habían hecho. Puedo imaginar qué demostraciones incipientes debieron ser: un dato, otro, tal otro; luego, conclusión.
En un momento dado, hice la siguiente reflexión: «¡Curioso cómo funciona! Y coincide con lo que estoy viendo. ¡Qué maravilla!». Recuerdo que me quedé literalmente encantado cuando explicité la existencia del razonamiento y de un proceso mediante el cual podía experimentar, utilizar y conocer otras verdades que desconocía. Es natural, ya que el hombre es un animal racional.
Cuando esto se me hizo evidente, tuve un fabuloso gusto de razonar, derivado de dos impresiones. La primera, la del horizonte que se me ampliaba. La segunda, característica del hombre, el gusto por la propia destreza, al percibir en mí mismo la fuerza del acto de razonar, lo que me llevaba a exclamar: «¡Qué bien, soy racional!».
Estoy seguro de que esto le ocurre a todo el mundo, y no lo estoy presentando en modo alguno como un hecho excepcional, ni como una manifestación de talento o virtud mayor que la de otro. Sin embargo, no todos eligen la opción correcta ni prestan atención al razonamiento.
La clave del razonamiento es el sentido común
Cuando empecé a prestar atención al razonamiento y a ensayar razonamientos, me quedé, como he dicho, encantado. Pero no podía evitar preguntarme lo siguiente: «¿Cuántas convicciones tengo en el alma que no han sido razonadas? ¿Serán verdaderas? Porque, si la verdad se alcanza mediante un razonamiento bien hecho, a toda certeza le debe preceder un razonamiento. Tengo el alma llena de certezas; ¿dónde están los razonamientos?».

Plinio a los 2 años
Me acuerdo literalmente de eso, y de haber llegado a la siguiente conclusión: «Ya tengo tantas certezas que si fuera a razonarlo todo pasaría el resto de mi vida confirmando lo que ya sé. Esta forma de proceder parece muy lógica, pero hay algo que no cuadra. Ahí emerge algo que distingo: va contra el sentido común.
»Ah, entonces existe una cosa llamada sentido común, al que el razonamiento no siempre obedece. Cuidado con el razonamiento… Es magnífico, pero podría compararse con un automóvil o, menos prosaicamente, con caballos corriendo en una pista. Fuera de la pista, ¡conduce al desastre! La pista del razonamiento es el sentido común. Hay una especie de fundamento interior en la persona que, cuando la lógica se lanza al galope y le da una patada al sentido común, debe ponerle freno a la lógica. No puede haber conflicto entre el razonamiento y el sentido común, pero mientras el conflicto no se haya resuelto, prevalece el sentido común. Razonamiento que le da una patada al sentido común, ¡no!».
¿Qué es el sentido común? Es una pregunta que me hice.
Respuesta: «Todavía no lo sé, pero es algo que existe dentro de mí. Si acepto cualquier puñalada del razonamiento en ese sentido común, sangro. Por el contrario, sé que si el razonamiento florece en la línea del sentido común, camino de acuerdo con el orden y la armonía».
Ahí entra la Iglesia Católica.
Fe, sentido común, razonamiento
Mis padres me matricularon en el Colegio San Luis,1 y allí comencé a recibir clases metódicas de religión. Además, los sacerdotes abordaban ese tema en varias materias, con una lógica jesuita incomparable. De ahí que tuviera la impresión de que había encontrado no una escuela de lógica, sino la escuela de lógica.
Porque los veía razonar —y todos tenían la misma lógica— y me decía a mí mismo: «Por muy maduro que sea en el futuro y por mucho que estudie, estoy seguro de que más lógica que ésa no adquiriré. Ahora bien, la lógica de esos sacerdotes nunca choca con mi sentido común; al contrario, cuando razonan, siento que mi sentido común se distiende y se alegra.
»Por otro lado, su lógica agudiza la mía. Al verlos razonar, sé enfocar mi mente para razonar de tal manera que se diría que una nueva luz entra en mí. ¿Qué es esto? Me doy cuenta de que justifican la fe católica».
Entonces, tenemos un taburete de tres patas: fe católica, sentido común y lógica.

Carreras de caballos en Tampa (Estados Unidos)
Rocío que cae del cielo
Cada vez que raciocinaba con base en los principios de la fe —todo lo que la Iglesia enseña acerca de Dios, de sí misma, de su historia; las narraciones de la historia sagrada y los evangelios; los puntos de doctrina que me iban transmitiendo, como los sacramentos—, sentía que mi sentido común se alegraba mucho más. Y pensaba: «¡Cómo se eleva mi sentido común! Estos principios son como el rocío que cae del cielo sobre la vegetación. ¡Qué cosa tan estupenda, no se podría imaginar nada igual!».
Esto ocurría con todo, incluso con los puntos que yo veía que los ateos de mi entorno atacaban más. Por ejemplo, con respecto a la presencia real decían: «¿Cómo puede caber un hombre en un trozo de pan? Y un hombre que murió hace dos mil años… ¡El pan es pan, y el hombre es hombre! No puedo creer en eso. Soy un espíritu fuerte».
Y yo razonaba: «Si alguien dijera que es pan, yo afirmaría que está loco. Nuestro Señor Jesucristo dice que es pan, yo exclamo: ¡Él es Dios! ¡Tal es su santidad, su sabiduría! No solo yo, un niño, sino ningún hombre inventaría una persona como Nuestro Señor Jesucristo; Él está por encima de cualquier cogitación humana. Este hombre no es inventado, no puede ser objeto de la creación literaria de nadie. Él es el Creador humanado. Y de ahí proviene ese poder: cuando dice: “Este pan es mi carne”, lo es. Y yo, en lugar de decir “loco”, doblo las rodillas y beso el suelo.
»Aquel individuo decía que era un espíritu fuerte; ¡es un imbécil! Sé muy bien de dónde viene su “espíritu fuerte”. Si Dios lo eximiera —por cierto, Dios nunca haría eso— de practicar dos mandamientos que conozco, también se lo creería; se trata de un rebelde, no de un fuerte. Es ateo porque es rebelde. ¡No tengo nada en común con él!».
Alegría del alma al vislumbrar la solución
Pensaba mucho en todo lo relacionado con la Iglesia, observaba, analizaba. No se trataba tanto de leer. He leído bastante, pero nunca he sido un hombre principalmente lector. Siempre he sido muy observador y amigo de la reflexión; y, a propósito de mis observaciones y reflexiones, entonces leía.
Y fui notando que el binomio razonamiento-sentido común, cuando se aplicaba a la fe, tenía un resultado curioso: a menudo, cuando me planteaba un problema referente a la Iglesia o a la doctrina católica, antes de saber resolverlo ya percibía cuál era la solución.
Se había formado en mí, por mi unión con la Iglesia, una especie de sentido común complementario y superior, que era el sentido de la cosa católica. De manera que, incluso antes de saber qué enseñaba la Iglesia y cómo ésta resolvía tal problema moral, o explicaba tal movimiento de la historia o tal circunstancia de la vida, antes de hacer el razonamiento que uniera un punto con otro, antes de buscar un libro para consultar, en la gran mayoría de los casos —no siempre— ya vislumbraba la solución. Y esta solución me traía una extraordinaria alegría de alma.
Sentido católico
Entonces, de manera natural, nació en mí algo cuya definición llegué a conocer más tarde: el sentido católico. Es ese sentido común sobre las cosas de la fe que vuela delante del razonamiento, el cual, reverente, recorre como un viandante con su bastón, en la tierra, el trayecto que el pájaro hizo volando en el cielo. El sentido común une los distintos eslabones, los diversos elementos para que el razonamiento camine hasta el final.
Dotado de sentido católico y comprendiendo que se trataba de un favor, de una bondad de Nuestra Señora, caminé hacia la constitución de mi mentalidad, tal y como se fue desarrollando a lo largo de mi vida.
Tal postura tenía que dar este resultado: a medida que conocía y analizaba a la Iglesia, me iba maravillando cada vez más con ella.
No se puede tener certeza plena sin la fe católica
¡Con cuánta certeza he hablado del sentido común y del razonamiento! Pero me doy cuenta de que todas esas certezas que poseo, yo no tendría personalidad ni fuerza para adquirirlas si no fuera por la fe.
No se trata de una fe cualquiera. La Santa Iglesia Católica Apostólica Romana es única, y fuera de ella ninguna otra merece el nombre de fe. Al creer en esta infalibilidad, todos los tesoros se abren ante mí; al perderla, mis certezas se debilitan, mi sentido común se vuelve gelatinoso y no soy nada.
Acabo de decir que el hombre, tomando los conocimientos que tiene por la fe y combinándolos con los que posee por la razón, puede formar, con pleno respeto y desarrollo de su sentido común, un magnífico tesoro de certezas. Pero sin la gracia de Dios no lo consigue. Puede tener certeza en uno u otro punto —como un científico que ha descubierto una reacción química—, pero serían certezas fragmentarias. Y los pedazos de certeza no forman una certeza, como los trozos de vidrio no constituyen una vidriera. La certeza pertenece al conjunto de verdades que se refieren al hombre, a Dios y al universo. Esto es certeza.
En función de eso las certezas científicas y otras encajan, se ordenan. Pero no se puede tener plena ni adecuada certeza sin la santa fe católica apostólica romana.
La fe amplía horizontes, ordena el pensamiento
Es cierto que la razón humana, sin recurrir a la Revelación, encuentra por sí misma muchas verdades que también están contenidas en ella, como, por ejemplo, la unicidad de Dios o la demostración de que los mandamientos del decálogo son justos.
Pero sin la gracia de Dios, el hombre no sería capaz de mantener durante mucho tiempo una noción clara de los diez mandamientos ni sería capaz de practicarlos de manera duradera, aunque pudiera conocerlos.

Mirador Piedra del Molinero – Dolní Zálezly (República Checa)
San Pablo muestra que somos copartícipes de la naturaleza divina (cf. Rom 8, 16-17); algo de la propia vida de Dios habita en nosotros. Por la luz, por la fuerza que nos viene de la gracia, la inteligencia y la voluntad pueden creer, conocer y practicar respectivamente lo que deben. Con la gracia, la inteligencia se engrandece y empieza a conocer verdades que el hombre nunca conocería, ni siquiera antes del pecado original, si no fuera por la Revelación.
La fuente de la gracia es la Iglesia Católica, y la cúpula de la Iglesia Católica es el Papa, la infalibilidad pontificia. Aquí tenemos la ordenación, el calor del alma con el que nosotros, los católicos, debemos vivir. ◊
Extraído, con adaptaciones al
lenguaje escrito, de:
Conferencia. São Paulo, 17/10/1981.
Notas
1 Colegio de los padres jesuitas, de São Paulo.

