¿Qué es más meritorio: amar a un enemigo o a un amigo?

La venida de Nuestro Señor Jesucristo y la revelación del mandamiento del amor transformaron profundamente las relaciones humanas. Hasta entonces, la justicia se limitaba al rigor de la ley del talión: «Ojo por ojo, diente por diente» (Éx 21, 24). Al pronunciar las divinas palabras: «Haced el bien a quienes os odian» (cf. Lc 6, 27; Mt 5, 44), el Maestro elevó la convivencia entre los hombres a un nivel sin precedentes, trascendiendo la mera reciprocidad.

Considerando esto, cabría pensar que es más meritorio amar a un enemigo que a un amigo. La experiencia cotidiana atestigua la dificultad de esta tarea… El propio Señor pregunta: «Amad a vuestros enemigos […]. Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis?» (Mt 5, 44.46). Por lo tanto, parecería lógico concluir que aquello que exige mayor esfuerzo también sea más meritorio.

En un artículo dedicado a este tema (cf. Suma Teológica, II-II, q. 27, a. 7), El Aquinate plantea la pregunta inversa: ¿qué sería peor, odiar a un amigo o a un enemigo? La respuesta no deja lugar a dudas: odiar a un amigo, que nos es más cercano y nos ama, constituye una falta mucho más grave. Por simetría, el Doctor Común concluye con toda sencillez: «Es más adecuado amar al mejor», pues el amigo que nos ama es mejor que el enemigo que nos odia, y lo que es mejor es, necesariamente, más meritorio.

Alguien podría objetar que el amor a los amigos suele estar contaminado por el egoísmo, los intereses personales, el hedonismo, etc., mientras que el amor al enemigo exige el amor a Dios como motivo único. El Doctor Angélico reconoce que esta objeción tiene fundamento, y añade que el amor a Dios se revela más intenso cuando dilata el corazón humano para abarcar incluso objetos más alejados, como los enemigos, «de la misma manera que se manifiesta más ardiente la fuerza del fuego cuanto más lejos difunde su calor». Esta expansión requiere, obviamente, mayor «combustible», a saber, la virtud de la caridad.

El Aquinate se pregunta además: ¿qué decir del amor a un amigo fundado en el amor a Dios? Retomando la misma metáfora, observa que el fuego actúa con mayor fuerza sobre lo que está más cerca que sobre lo que está más lejos. De modo análogo, la verdadera caridad nos hace amar con más ardor a los allegados que a los extraños. Este amor no sólo es más ferviente, sino que también es más meritorio, pues tiene a Dios mismo como causa, y no al simple afecto humano.

Partiendo de estas consideraciones, Santo Tomás nos ofrece una valiosa lección: el amor a los amigos, cuando se limita a la mera camaradería, carece de mérito sobrenatural. Sin embargo, si amamos al prójimo con verdadera caridad, no solamente alcanzaremos la plenitud de la gracia de Dios —«el amor es el vínculo de la perfección» (cf. Col 3, 14)—, sino que también seremos dignos herederos de los primeros cristianos, objeto hasta de exclamación entre los propios paganos: «Mirad cómo se aman» (Tertuliano, Apologeticum, c. xxxix, n.º 7). 

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados