Tengo una duda sobre la cuestión de la autoría de las epístolas paulinas. Leí en otra revista católica sobre cuestionamientos en cuanto a la autoría de esas cartas: ¡que San Pablo no las escribió! Sin embargo, los doctores de la Iglesia y muchos otros eruditos a lo largo de los siglos nunca han cuestionado la autoría de esas enseñanzas tan importantes.
Renata García – Vía correo electrónico
Todos los católicos deberían tener sumo cuidado al leer estudios sobre la Sagrada Escritura. Por desgracia, en muchos ambientes se respira cierto espíritu naturalista, positivista y racionalista que confunde las mentes.
Contra esto advertía el papa Benedicto XVI en una de sus audiencias sobre el gran doctor de la Biblia, San Jerónimo: «Nunca podemos leer nosotros solos las Escrituras. Encontramos demasiadas puertas cerradas y caemos fácilmente en el error. […] Para [San Jerónimo] una auténtica interpretación de la Biblia tenía que estar siempre en armonía con la fe de la Iglesia Católica» (Audiencia general, 14/11/2007).
Con relación a las cartas de San Pablo, aquella cuya autoría más se cuestiona es la Epístola a los Hebreos. Sería muy extenso exponer aquí la discusión al respecto, pero, en resumen, podemos aseverar que hay serios elementos, respaldados por estudiosos de renombre internacional, para afirmar que todas las llamadas cartas paulinas tienen a San Pablo como autor o inspirador directo, incluida la Epístola a los Hebreos.
José María Bover sostiene que ésta es de inspiración paulina e incluso que el Apóstol le encargó personalmente a un redactor —probablemente de formación alejandrina— que la escribiera (cf. Teología de San Pablo. 4.ª ed. Madrid: BAC, 1967, pp. 18-41).
Quisiera preguntarle sobre el hecho de que algunos pasajes del Antiguo Testamento acaban sonando muy «duros» hoy en día. Aún estoy madurando en la fe, pero con la gracia de Dios creo en todo lo que nos enseña la Santa Iglesia, y le estaré eternamente agradecido si puede ayudarme.
João Zuchetto – Vía correo electrónico
Su pregunta, João, es muy buena, pues demuestra fe, humildad y gran sumisión a Dios, cualidades poco comunes en nuestros días… Podríamos reformularla así: «Hay pasajes del Antiguo Testamento que no entiendo, pero si el Señor lo hizo de esa manera, sólo puede ser bueno. Simplemente me gustaría entender la razón de sabiduría que lo llevó a actuar de ese modo».
Lo primero que hay que evitar es pensar que existen dos «dioses», uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo, o que el Altísimo cambió su «forma de ser» con la encarnación. Como afirma el apóstol Santiago, «en Dios no hay variación ni sombra de mutación» (1, 17).
Consideremos que en el Antiguo Testamento hay conmovedoras manifestaciones de la bondad divina: «¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia» (Miq 7, 18); «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré» (Is 49, 15).
La palabra misericordia aparece más de doscientas veces en el Antiguo Testamento, dejando claro que Dios siempre ha sido «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia» (Sal 102, 8) y su longanimidad para con el pueblo elegido resulta admirable, en medio de tantas infidelidades.
La diferencia con el Nuevo Testamento reside en la pedagogía utilizada con aquella gente de corazón duro (cf. Mt 19, 8). Dios quería mostrarles a los pueblos antiguos la gravedad del pecado, pues sus iniquidades los hacían crueles entre ellos y con sus propios conterráneos. Aún no había empezado el «régimen de gracia» (cf. Rom 6, 14), inaugurado con Nuestro Señor Jesucristo.
Por lo tanto, los pasajes «duros» del Antiguo Testamento deben interpretarse como acciones infinitamente sabias de un Dios bondadoso, pero que sabe mostrar la justicia adecuada a cada situación.

