Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción – Canto de alabanza a la Inmaculada

Devoción impregnada de afecto filial hacia la Reina del Cielo, consagrada por la piedad popular y acrisolada por siglos de lucha en el seno de la cristiandad, el Pequeño Oficio canta uno de los títulos más excelsos de la Madre de Dios: su Inmaculada Concepción.

Es propio de las criaturas racionales —capaces, por tanto, de conocer y amar al Creador— buscar la perfección no sólo para sí mismas, sino también como un bien deseable para los demás, sobre todo para aquellos a quienes aman. Esta búsqueda es expresión de su tendencia hacia Dios y constituye un principio fundamental para comprender el dinamismo de las acciones humanas.

Esto es lo que ocurre, por ejemplo, cuando queremos hacerle un regalo a alguien a quien queremos mucho. Ya sea con motivo de su cumpleaños o cualquier otra fecha especial, buscamos lo mejor y más bonito, para que el regalo le agrade al máximo.

Ahora bien, si nosotros que somos imperfectos obramos así, ¿qué no haría Dios mismo en relación con aquella a quien, desde toda la eternidad, amó y eligió con una predilección sin par?

Como hemos visto antes, las criaturas racionales actúan en función de un fin determinado: la búsqueda de la propia perfección o el bien de aquel que es amado. Dios, a su vez, no busca un fin al obrar, ya que, siendo Él el agente primero, no pretende adquirir perfección alguna. Como esclarece Santo Tomás de Aquino, «tan sólo intenta comunicar su perfección, que es su bondad»,1 porque únicamente puede haber bondad en una criatura en la medida en que se acerca a Dios y participa de las excelencias divinas.

Siguiendo este pensamiento del Doctor Angélico, concluimos que era altamente conveniente que la Hija predilecta del Padre, la Madre admirable del Hijo y la Esposa fidelísima del Espíritu Santo, aun siendo mera criatura, fuera encumbrada al más elevado firmamento de la perfección, es decir, la semejanza con la Trinidad. Así pues, ¿podría haber algo más arquitectónico que conceder el don de la Inmaculada Concepción a aquella que, en esta tierra, se desposaría con el Amor y la Pureza, o sea, el Espíritu Santo, y daría a luz al Cordero sin mancha?

Sin embargo, lo que hoy creemos con tanta claridad y de una manera tan natural cuando reflexionamos sobre las excelencias de María Santísima, no siempre fue profesado unánimemente por los católicos antes de la sentencia definitiva e infalible proclamada por Pío IX en la bula Ineffabilis Deus. Excedería los límites de estas líneas el discurrir acerca de las disputas que se multiplicaron en el mundo católico en torno a la concepción inmaculada de la Virgen. No obstante, consideremos lo imprescindible para conocer la historia de un piadoso fruto resultante de ellas: el Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción.

Antes de que Pío IX proclamara el dogma de la Inmaculada Concepción, esta verdad fue objeto de controversia entre los fieles
Proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción por el papa Pío IX – Iglesia de San Salvador, Plancoët (Francia)

Reñidos combates en defensa de la prerrogativa mariana

La creencia en la concepción inmaculada de María constituyó un punto pacífico, una devota certeza para la generalidad de fieles a lo largo de los once primeros siglos de la historia de la Iglesia.2

Sólo durante la Edad Media esta doctrina empezó a ser puesta en duda, incluso por importantes estudiosos —algunos por convicción y otros por no poder demostrarla según la ciencia teológica—, de modo que, en cierto sentido, los católicos estaban divididos entre maculistas e inmaculistas. Éstos luchaban para que esta verdad fuera elevada pronto a la categoría de dogma de fe; los otros se oponían firmemente a ello. En el siglo xv el combate se hizo muy reñido, dando lugar a una gran controversia.

Pero a medida que aumentaban las disputas, también crecía el número de ciudades y naciones que conmemoraban oficialmente la fiesta de la Inmaculada. Así, en febrero de 1477, mediante la bula Cum præexcelsa, el papa Sixto IV aprobó la festividad de la Concepción de María, concediendo las mismas indulgencias reservadas a la solemnidad del Corpus Christi para aquellos que la celebraran. El mismo pontífice promulgó dos constituciones apostólicas con el nombre de Grave nimis, la primera en 1481 y la otra en 1483, dirigidas a los predicadores que atacaban el misterio de la concepción de María, reafirmando la institución de la fiesta, el 8 de diciembre, para la Iglesia universal.

En este contexto fue cuando vivió un ilustre predicador franciscano y gran escritor mariano: fray Bernardino de Busti.

El autor del Pequeño Oficio

Nacido en 1450 en la ciudad de Milán, Bernardino estudió jurisprudencia antes de ingresar en la orden de Frailes Menores, en la que se distinguió por su piedad y conocimientos de teología y filosofía, así como de derecho eclesiástico y civil. Murió en olor de santidad, probablemente el 8 de mayo de 1513, y en poco tiempo la devoción popular ya lo aclamaba bienaventurado.

En medio de las discusiones sobre la Inmaculada, fray Bernardino siempre se mostró un gran devoto y defensor de ese privilegio. Publicó varios escritos marianos, entre ellos el Mariale de singulis festivitatis Beatæ Virginæ Mariæ, escrito en 1492 y considerado su obra magna, y el Officium et Missa de Immaculata Conceptione, aprobado por Sixto IV en 1480.3

También se le atribuye la autoría del Pequeño Oficio de la Inmaculada Concepción, aprobado por el papa Inocencio XI en 1678 y cuyo rezo pronto se extendió ampliamente por todo el orbe católico.

Célebres devotos

Esta devoción fue difundida por grandes santos como Alonso Rodríguez, hermano coadjutor jesuita, quien la recomendaba a todos como medio para honrar de manera especial a la Santísima Virgen. Siendo portero del colegio de Mallorca, transcribía de su propio puño las horas del Oficio y las repartía entre los alumnos, así como entre sus hermanos de hábito, enseñándoles a rezarlo, de modo que la práctica se extendió a muchas casas de la Compañía de Jesús.

San Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia y fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, también rezaba el Pequeño Oficio todos los días. Una vez se le apareció la Santísima Virgen ordenándole que lo difundiera.

Finalmente, un ejemplo de la difusión de esta oración nos lo dieron las Congregaciones Marianas, que la propagaron a principios del siglo xx. Muchos sodalicios recitaban juntos el Oficio de la Inmaculada en sus reuniones, y no son pocos los que afirman haber recibido copiosas gracias por medio de tal devoción.

División del Pequeño Oficio

Siguiendo la distribución habitual del Oficio divino, definida por la Santa Iglesia con base en la tradición bíblica —«Siete veces al día te alabo» (Sal 118, 164)— y con la que se loa a Dios en diferentes momentos del día, el rezo del Pequeño Oficio de la Inmaculada también se estructura en horas y, aunque se puede rezar en su totalidad de una vez, se recomienda adoptar esta división, que renueva las alabanzas a María a lo largo de la jornada.

Así pues, las horas se dividen en siete, ordenadas de la siguiente manera: maitines antes del amanecer, prima a las seis, tercia a las nueve, sexta a las doce, nona a las quince, vísperas al anochecer y completas por la noche.

El Oficio comienza con el versículo: «Sin tardanza pregona, lengua mía, las glorias y alabanzas de María»; y al principio de cada hora se pide el auxilio de la Virgen diciendo: «Atiende a mi socorro, gran Señora, y líbreme tu diestra protectora». Luego le sigue el gloria, para significar que «la gloria de la Trinidad Beatísima es el fin último y absoluto de toda oración y de la existencia misma de todas las criaturas, incluidos María y el mismo Jesús en cuanto hombre».4

Con mucha poesía, a lo largo de las horas se ensalza a la Inmaculada Concepción y se hace un constante paralelo entre María y sus prefiguras en el Antiguo Testamento, resaltando también la victoria de aquella que teniendo la luna bajo sus pies aplasta para siempre la cabeza de la vil serpiente.

Al concluir cada hora se reza una oración en la que se declara que la Santísima Virgen a nadie desampara ni desprecia, y se le pide que mire con ojos de piedad a quien le suplica que le alcance de su divino Hijo el perdón de sus pecados y el premio de la eterna bienaventuranza.

Finalmente, se le ruega a Nuestra Señora que acepte nuestra devoción en alabanza de su pura concepción; y concluye el Pequeño Oficio con una última oración pidiéndole a Dios que mediante la intercesión de la Inmaculada Concepción de la Virgen lleguemos limpios de toda culpa al Cielo.

Una alabanza a María para cada momento

Consideremos brevemente cada hora de esta sencilla devoción, que inicia con maitines: «Salve, del mundo Señora, / de los cielos Soberana. / Virgen Madre, encantadora / estrella de la mañana. / Llena de gracia, en tus ojos / resplandece luz divina / que al mundo a tus pies de hinojos / con sus rayos ilumina. / Antes que otra criatura / Dios hiciera de la nada, / te destinó Virgen Pura, / para ser su Madre Inmaculada. / Te hizo como un cielo hermosa / a su gloria reservado, / para ser su casta esposa, / en quien Adán no ha pecado. Amén». En esta hora es posible meditar en la omnipotencia suplicante de María, exaltando a través de ella su Inmaculada Concepción.

Con mucha poesía, a lo largo de las horas se alaba a la Inmaculada Concepción, trazando un paralelo entre María y sus prefiguras
Virgen Inmaculada – Museo Nacional de Cracovia (Polonia)

En prima se celebra la integridad de Nuestra Señora, fundada en su excelsa santidad y elección, por ser la «Virgen sapientísima, casa al Señor dedicada». Ya en la hora de tercia se alaba la dignidad de María como espejo del Espíritu Santo: el «arco iris hermosísimo», la «zarza que no se abrasó», que sin dejar de ser «puerta al Señor reservada» fue Madre y Esposa de Dios. En sexta, la Santísima Virgen es representada como terreno fértil para el sacerdocio: «Tú eres tierra bendecida, y herencia sacerdotal», por ser «de la pureza panal» y «cedro de la castidad».

Al atardecer se reza la hora nona, en la cual María es ensalzada como la virgen prefigurada en el Antiguo Testamento por excelsas damas como Judit, Abisag y Raquel, y se exalta su belleza espiritual: «Toda tú eres hermosa, oh Madre mía»; además de afirmar su invencible fortaleza y poder —«ciudad de refugio», «provista de poderosas defensas» y «con armas guarnecida»— contra el demonio y los enemigos de Dios. En vísperas, Nuestra Señora es alabada como portadora de la Luz, su divino Hijo: «Como Aurora que de Él nace». Ella es el «lirio entre espinas» y «hermosa como la luna» que muestra «la senda al errante».

En completas, finalmente, María Santísima resplandece como «Reina de clemencia, por estrellas coronada», «Virgen floreciente, pura y sin mancha», que, como bondadosa Madre de los débiles, está «del Rey a la diestra». Es llamada «Madre de la gracia» la «luciente Estrella del mar» y el «Refugio del que naufraga».

¿Agotarían estas hermosas figuras e imágenes utilizadas por el inspirado autor del Pequeño Oficio la alabanza debida a la Santísima Virgen? ¡De ninguna manera! Como comenta el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, «el vocabulario humano no es suficiente para expresar la santidad de Nuestra Señora. En el orden natural, los santos y los doctores la comparan con el Sol. Pero si hubiera algún astro inconcebiblemente más brillante y más glorioso que el Sol, es con ése con el que la compararían. Y acabarían diciendo que ese astro daría una imagen pálida, defectuosa, insuficiente. En el orden moral, afirman que Ella trascendió con creces todas las virtudes, no sólo de todos los hombres y mujeres ilustres de la Antigüedad, sino —lo que es inconmensurablemente más— de todos los santos de la Iglesia Católica».5

¡Una devoción para nuestros días!

Fueron muchos los santos que a lo largo de los tiempos recomendaron la devoción a la Santísima Virgen, pese a quienes la pusieron en duda e incluso la contestaron… Le dejo, querido lector, la tarea de concluir cuál es el mejor camino para seguir, con este sencillo pensamiento: si Dios quiso llegar a nosotros por medio de María, ¿por qué no iríamos a Él por la misma vía? Si contamos con este sendero recto y seguro, ¿para qué correr el riesgo de desviarnos?

Aquella que fue llamada por el arcángel Gabriel «llena de gracia» (Lc 1, 28), constituye para nosotros una fuente inagotable de dones y de gracias, de las que Ella misma quiere hacernos partícipes: «En tanto grado la amó [Dios] por encima de todas las criaturas, que en sola Ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios».6

En una época en la que los hombres parecen despreciar la virtud, desterrándola de la sociedad, el Pequeño Oficio, con sus filiales alabanzas a la Virgen Inmaculada, se presenta como una oración muy apropiada, ya que contrasta perfectamente con la hediondez de un mundo cada vez más alejado de Dios.

Querido lector, reserve unos momentos de su tiempo para practicar esta piadosa devoción, si aún no lo ha hecho. El rezo del Pequeño Oficio es una forma de declararse mariano en las diferentes horas del día y, así siendo, quien lo reza puede estar seguro de que María Santísima también se mostrará su Madre y Abogada en las distintas pruebas y fases de este gran oficio que es la existencia de cada uno de nosotros. 

 

Notas


1 SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 44, a. 4.

2 Fueron muchos los Padres que, desde los primeros siglos de la Iglesia, explicaron y reafirmaron la devoción a la Inmaculada Concepción de María. Entre los más destacados se encuentran San Ireneo, San Cirilo de Jerusalén, San Justino, San Agustín y San Efrén.

3 Cf. DI FONZO, Lorenzo. Bernardino de’ Bustis. In: PASCHINI, Pio (Dir.). Enciclopedia Cattolica. Firenze: Sansoni, 1949, t. II, p. 1406.

4 ROYO MARÍN, Antonio, OP. La Virgen María: Teología y espiritualidad marianas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1997, p. 471.

5 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. «A santa intransigência, um aspecto da Imaculada Conceição». In: Catolicismo. Campos dos Goytacazes. Año IV. N.º 45 (set, 1954); p. 2.

6 PÍO IX. Ineffabilis Deus.

 

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