Tras el pecado original, nuestra capacidad de relación con el mundo espiritual ha de ser «despertada» y «educada» por los ángeles. Ellos nos ayudan a suplir nuestra deficiencia y a aprender un «lenguaje» superior.

 

Ángel de la guarda – Basílica de Nuestra Señora de Buenos Aires (Argentina)

¿Cómo será la experiencia por la que pasa alguien que nunca ha tenido el sentido de la vista? ¿O la de la persona cuyo oído jamás detectó ningún sonido y que, en consecuencia, no es capaz de comunicarse fluidamente con el prójimo? ¿Usted, lector, ya se ha puesto ante esa perspectiva?

Ahora bien, nosotros nos encontramos en una situación análoga… ¿Análoga? Sí, y no dudo en decir que peor aún, pues la ceguera, la sordera y la mudez que padecemos son más perjudiciales todavía al oponerse violentamente a nuestra naturaleza.

Compuesto de cuerpo y alma, «el hombre ocupa un lugar único en la Creación», ya que «en su propia naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material»,1 los cuales en él son elevados a la participación en la vida divina por la gracia. Esa armoniosa síntesis, no obstante, se vio truncada tras el pecado original, que estableció una lucha entre el espíritu y la carne (cf. Rom 8, 23), dejándonos ciegos para lo sobrenatural, sordos a la voz del Cielo y enmudecidos en la comunicación con el Altísimo… ¿Cómo remediar tal desastre?

La historia de una estadounidense del siglo pasado podrá ayudarnos a entender mejor las consecuencias de ese «bloqueo», así como el «remedio» preparado con antelación por la Providencia divina para que los hombres recuperen de alguna manera la primitiva alianza entre el mundo material y el espiritual.

Sepultada en la soledad

Helen Adams Keller nació el 27 de junio de 1880 en Tuscumbia, Alabama. Sus primeros dieciocho meses de vida fueron los de una niña enteramente normal, hasta que una «fiebre cerebral», diagnóstico que le dieron los médicos por entonces, la privó irremediablemente de los sentidos de la vista y del oído, haciendo que se desarrollara aislada del mundo exterior.

Helen estaba acostumbrada al silencio y a las tinieblas, hasta el punto de pensar que toda la gente vivía de igual modo. Sin embargo, esa idea no la dejaba exenta de profundos enfados e insatisfacciones, incluso siendo aún muy pequeña, incapaz de comprender la sensación de vacío en el fondo de su alma.

Al poseer una inteligencia inusual, Helen empezó a notar que había una diferencia entre ella y los demás. Sobre esto narraría posteriormente: «Me ocurría a menudo el quedarme entre dos personas que conversaban y, palpándolas, al impulso de una necesidad interior, llegué a descubrir que movían los labios. Así acabé dándome cuenta de que disponían de un medio de comunicación que me era extraño. Me molestaba no poder entenderlas. Comencé también, por mi parte, a mover los labios gesticulando frenéticamente, sin obtener ningún resultado. Estos fracasos me ponían en un estado de cólera terrible: pataleaba y gritaba de rabia, hasta quedarme completamente agotada».2

Una maestra da sentido a la vida de la niña

Preocupados por el estrés y la agresividad de su hija, sus padres, Arthur Keller y Kate Adams, buscaron a alguien capaz de «domar» a la niña y dieron con la profesora Anne Sullivan. Con tan sólo 20 años y con una discapacidad visual graduada, la joven acababa de salir de la misma escuela en la que había sido educada Laura Bridgman, famosa sordociega cuyo ejemplo de vida le dio esperanzas al matrimonio.

El 3 de marzo de 1887 para Helen fue, por tanto, el día «más memorable de su vida».3 A partir de entonces, con perseverancia y esmero infatigables por parte de su maestra, la niña sería educada para aprender a superar sus deficiencias y conquistar metas que nadie osaría imaginar. Sobre su querida instructora comentaría: más que «levantar el velo tiránico que me ocultaba todas las cosas bellas del mundo, […] me amaría con el amor más santo, la ternura más concentrada y la dedicación más profunda que nadie haya tenido por otro en esta tierra».4

Así, bajo la dirección cotidiana de la Srta. Sullivan, Helen logró, con el tiempo, vencer de manera increíble sus incapacidades sensitivas y desarrollar casi todas las facultades de un ser humano corriente.

Cierto día, al pasear por el jardín, Anne llevó a su aprendiz junto al pozo y accionó la bomba para que el agua chorreara en la taza que tenía la pequeña. Cuando el líquido empezó a rebosarle sobre su mano escribió repetidamente en la palma de la otra mano la palabra «agua». Esto despertó en la niña el nexo entre el elemento fresco y el gesto sobre su mano, formando en su mente el concepto de agua.

A través de este método, durante años Anne Sullivan fue abriendo ante Helen un nuevo panorama en relación con el mundo; y por la entera confianza que la ciega y sordomuda poseía en su preceptora desarrolló rápidamente importantes conocimientos.

«Cuanto más conocía las cosas, más contenta estaba de vivir»,5 afirma Helen. Poco más tarde aprendió a hablar, palpando los labios y la lengua de su instructora, asimilando los movimientos y produciendo vibraciones similares. Así, dominó no solamente el inglés, su idioma vernáculo, sino también el alemán y el francés, con bastante soltura. Y aunque su entonación vocal fuera un poco ronca y seca, debido a la nula experiencia auditiva, su pronunciación del alemán era excelente; mientras que el francés lo hablaba de forma más inteligible que el propio inglés.

Leía cantidad de libros en braille y llegó a escribir varias obras, del tamaño de enciclopedias, en una máquina específica para ciegos, con mucha perfección y agilidad.6

Dedicación de la profesora, confianza de la alumna

Helen Keller fotografiada en 1899 con su profesora, Anne Sullivan

A Helen sólo le fue posible realizar todo esto porque se dejó guiar por la meticulosa e infatigable diligencia de una persona que participaba plenamente de un mundo hasta entonces incognoscible para ella. De esa manera, Anne Sullivan pudo traducir el universo a las limitaciones de su alumna, haciéndolo visible a su ceguera, perceptible a su sordera e interlocutor de su mudez.

La confianza, la gratitud y el reconocimiento a la Srta. Sullivan lo deja claro en  su autobiografía: «Mi maestra constituye tanta cosa para mí que es difícil separar su personalidad de la mía. Nunca seré capaz de determinar hasta qué punto el amor a lo bello me es innato y hasta qué punto se lo debo a sus sabios incentivos. Siento que soy de ella y sigo sus huellas. Le debo lo mejor de lo que soy: no hay en mí talento, inspiración o alegría que no hubiera brotado del contacto de su amistad».7

Un ángel que nos «educa» para lo sobrenatural

Como ocurrió con Helen antes de la llegada de la Prof.ª Anne, la tentativa de llenar por nosotros mismos el vacío de nuestra alma nos trae siempre insatisfacciones tediosas y molestas.

Al vernos presos en nuestra propia insuficiencia, sofocados por dramas y aflicciones que cada día se lanzan sobre nosotros, tenemos que reconocernos necesitados de un auxilio que nos una a lo sobrenatural. Y esa asistencia nadie nos la puede prestar de manera más eficaz que nuestro buen ángel de la guarda.

Una porción de modos de ver, sentir y entender, que uno contrae a causa del pecado, son rectificados por la simple presencia del ángel; una porción de preconceptos y modos de pensar errados, los remueve su acción, de manera a convertir la batalla por la santificación mucho más viable, mucho menos llena de impasses, trampas y sorpresas de lo que es normalmente.

Al asignarlo como nuestro custodio, Dios nos otorga un guardián, un tutor y un amigo, responsable por nuestra salvación. Nos acompañará en todo momento, protegiéndonos, guiándonos y uniéndonos al Cielo.8 Dios lo creó teniendo en mente al hombre del cual aquel espíritu angélico cuidaría, y por eso se estableció entre ambos —protector y protegido— una consonancia muy grande, mejor dicho, única.

Ahora bien, cuántas veces no nos olvidamos de estos nuestros mejores amigos, actuando con mal humor frente a sus inspiraciones y prefiriendo oír nuestras apetencias carnales a moldarnos a la sublime disposición de espíritu a la que ellos nos llaman… Sin embargo, como arquetípicos «Sullivan», jamás desisten de conquistar nuestra confianza y amistad; al contrario, se desdoblan constantemente en cuidados para con nosotros.

Recordemos las palabras de Helen sobre su maestra y veremos cuán aplicables son a nuestros custodios: «[Nos aman] con el amor más santo, la ternura más concentrada y la dedicación más profunda que nadie haya tenido por otro». Uno de sus mayores deseos es tener plena libertad de acción junto a nosotros, lo cual sólo lo obtienen con nuestro consentimiento y colaboración.

Detalle de El Juicio final, por Fra Angélico Museo Nacional de San Marcos, Florencia

Debemos, por tanto, serles fieles y dóciles, recurriendo siempre a ellos en todos los momentos. Nuestra capacidad de relación con lo sobrenatural ha de ser «despertada» y «educada» por nuestros ángeles. Para aprender el «lenguaje» del mundo superior tenemos que, por así decirlo, utilizar ese «tacto» para suplir la deficiencia de los sentidos afectados por el pecado original.

¡Dejémonos guiar por nuestros ángeles!

Una vez abiertos a la saludable acción de nuestro guardián celestial, éste hará que nuestras almas se vuelvan receptáculos de gracias. Además, pulirá nuestros sentidos sobrenaturales, haciéndolos agudos a la percepción de los designios de Dios y permitiéndonos analizar todo lo que pasa a nuestro alrededor según la vista de la sabiduría.

Para ello, recojámonos y pidamos el socorro de nuestro protector angélico, que presurosamente se pondrá a nuestro lado para atendernos y liberarnos de las amarras terrenas y de las trampas infernales, elevando nuestras mentes y corazones a lo alto.

Confiemos en nuestros queridos amigos. Así, al contemplar nuestra andadura en esta tierra y llegados al final de la ardua batalla de la vida, conviviremos con ellos, sin velos, por toda la eternidad. 

 

Notas

1 CCE 355.
2 KELLER, Helen; MACY, John (Coord.). A história de minha vida. 2.ª ed. Rio de Janeiro: José Olympio, 1940, p. 17.
3 Ídem, p. 28.
4 Ídem, p. 29.
5 Ídem, p. 32.
6 Cf. Ídem, p. 186.
7 Ídem, pp. 45-46.
8 Sobre los innumerables beneficios de orden espiritual y corporal que los ángeles de la guardan derraman sobre sus custodiados, el lector los podrá encontrar, por ejemplo, en: ROYO MARÍN, OP, Antonio. Dios y su Obra. Madrid: BAC, 1963, pp. 412-413.

 

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