Madre del Buen Consejo de Genazzano – La Consejera admirable

El pequeño fresco de Mater Boni Consilii se vuelve grande por su historia: un origen misterioso, milagros extraordinarios, victorias prodigiosas… una conjetura sobre el futuro.

Estamos en Genazzano. Situada en una colina del Lacio, la ciudad nos cautiva por su arquitectura medieval, sus tortuosas callejuelas, sus casas, que a lo largo de los años, para asombro de los ingenieros, han ido amontonando habitaciones y pisos. Cada esquina parece haber sido diseñada artísticamente: aquí un pasaje que se convierte en la escalera de una vivienda, allá una «avenida» donde charlan tres amigos, generando un tráfico excesivo…

Pero, para Europa, ¿qué es Genazzano? ¿Qué es Genazzano comparada con Venecia, ciudad donde el cielo y las aguas se besan? ¿Qué es Genazzano comparada con París, en la que rivalizan en belleza maravillas como Notre Dame o la Sainte Chapelle? Un simple pueblecito, como muchos otros.

Sin embargo, fue a ese ignoto rincón donde el papa León XIV quiso hacer su primera visita como pontífice. ¿Qué lo atrajo hasta allí? Un sencillo fresco de la Santísima Virgen, ya marcado por el tiempo y ubicado en una capilla lateral de cierto santuario. Ahora bien, ¿qué tiene de tan especial dicha pintura?

En Escútari, las primeras batallas

Las primeras noticias de esa devoción provienen de Escútari, una pequeña localidad situada en las colinas albanesas.1 Cuenta una antiquísima tradición que a mediados del siglo xiii un fresco de Nuestra Señora, de rasgos finos y maternales, apareció allí misteriosamente, traído desde Oriente por manos angélicas en el mismo momento en que la santa casa de Nazaret era trasladada a Loreto.

En ese lugar se construyó un santuario, que enseguida se convirtió en el mayor centro de peregrinación del país. Numerosos albaneses acudían diariamente a los pies de su patrona,2 —Nuestra Señora de Escútari o de la Anunciación, como se la llamaba—, para pedir o agradecer favores. No obstante, cuando en 1423 la ciudad fue tomada por los turcos del sultán Murad II, una nueva súplica se añadió a las peticiones de los peregrinos: la liberación del yugo que los oprimía.

La Virgen quiso poner a prueba la perseverancia de sus hijos durante dos décadas, hasta que en 1443 suscitó un libertador para la nación: Jorge Castriota, conocido como Skanderbeg,3 príncipe albanés secuestrado en el ataque de 1423 y hecho jenízaro4 por la fuerza, que aprovechó la invasión planeada de Hungría para regresar, con otros trescientos católicos —también jenízaros involuntarios— a las filas cristianas.

Luchando bajo el estandarte de la cruz, reconquistó rápidamente el territorio que le pertenecía por herencia, y Albania, libre de la opresión turca, el 13 de noviembre de 1443 pudo escuchar las campanas de las iglesias romper su largo silencio. Siguieron veinticuatro años de duras victorias hasta que, en enero de 1467, tras haber combatido por última vez en esta tierra contra los enemigos de Cristo, Skanderbeg, espada y escudo de la cristiandad,5 durmió el sueño de los justos.

Una larga travesía

Poco después de la muerte del valiente príncipe, la fe entró en agonía. Las costumbres se degradaron; el cisma se abrió paso en Albania, incluso en Escútari, donde ya no se encontraban flores adornando el altar de la patrona, ni fieles rezando a sus pies como antaño. Además, la amenaza de una nueva dominación turca se cernía sobre el pueblo.

En este contexto, De Sclavis y Georgio, dos soldados de Skanderbeg, se hallaban ante un terrible dilema: huir del país y abandonar a su patrona o caer en manos mahometanas. Atormentados por esta duda, acudieron ante la presencia de la santa imagen y le rogaron una solución.

Esa misma noche, mientras dormía, Georgio soñó con la Madre de Dios: Ella le ordenaba que se preparara para acompañarla en un largo viaje. Al despertar al día siguiente, se apresuró a contarle a su compañero lo sucedido, y éste le refirió un relato similar.

Tomados por una indescriptible alegría, ambos se dirigieron al santuario para dar gracias a su Señora y he aquí que, mientras rezaban, el fresco se desprendió suavemente de la pared y, envuelto en una nube blanca y luminosa, comenzó a salir de la iglesia. Los dos soldados lo acompañaron treinta kilómetros hasta las orillas del Adriático. Habiendo continuado la imagen su camino por el mar, se dieron cuenta, estupefactos, de que el agua se volvía sólida bajo sus pies. Así, recorrieron —no se sabe en cuánto tiempo— los más de quinientos kilómetros que separan Escútari de Roma, sin padecer sed, hambre, calor, frío ni cansancio.

Al llegar a las puertas de la Ciudad Eterna, el fresco desapareció, dejando a los dos extranjeros angustiados, pensando que se trataba de un castigo por alguna falta. Más tarde, lo encontrarían de nuevo en un pueblecito cerca de Roma.

En Genazzano, se prepara el trono de la Reina

Mientras tanto, en la pequeña localidad de Genazzano, separada de Roma por poco menos de cincuenta kilómetros, vivía Petruccia Nocera, viuda y terciaria agustina muy devota de la Madre del Buen Consejo.6 Afligida por el desolador estado en el que se encontraba la cristiandad —una Europa ablandada por el humanismo, la llama del ideal de cruzada extinguida por la sensualidad en las almas de los príncipes católicos y las costumbres corrompidas—, suplicaba constantemente al Cielo una intervención divina.

La Madre del Buen Consejo no sólo disipa las angustias y dificultades que afligen a los hombres individualmente, sino que también los protege cuando, en su conjunto, se ven amenazados de destrucción
Nuestra Señora del Buen Consejo

Un día, recibió una magnífica revelación: la Santísima Virgen, en el fresco milagroso de Escútari, abandonaría Albania y elegiría Genazzano como su nuevo feudo. En cuanto a ella, Petruccia, debía reconstruir el antiguo templo dedicado a la advocación de la Madre del Buen Consejo para albergar la santa imagen. La devota viuda se puso manos a la obra rápidamente. Empleó los pocos recursos que poseía, incluso entregando su propia casa para cumplir el celestial encargo.

Sin embargo, cuando las paredes de la capilla de San Blas, la primera en reconstruirse, alcanzaron tan sólo un metro de altura, se acabó el dinero y las obras se interrumpieron. Petruccia, ya octogenaria, pronto se convirtió en objeto de desprecio y burlas por parte de los demás habitantes del pueblo, que irónicamente le aplicaban el pasaje de las Escrituras: «Empezó a construir y no pudo acabar» (Lc 14, 30). Pero la Consoladora de los afligidos no tardaría en socorrer a su sierva fiel.

Una visita inesperada

El 25 de abril de 1467, Genazzano estaba de fiesta. Se había reunido allí una feria municipal con ocasión de la solemnidad del santo patrón de la ciudad, San Marcos. La vivacidad típica del pueblo italiano componía una escena tan rica que difícilmente un artista podría plasmarla con exactitud, sin perder varios de sus aspectos…

No obstante, en medio de la música popular, de las animadas conversaciones, del bullicio de los niños que jugaban y de las voces de los vendedores, una visión inesperada llenó a todos de estupor. Se hizo el silencio y una nube luminosa descendió lentamente sobre una de las paredes inacabadas de la pequeñita capilla de San Blas.

El fresco milagroso de Escútari abandonó Albania y eligió Genazzano como su nuevo feudo
Llegada del fresco a la ciudad – Santuario de la Madre del Buen Consejo, Genazzano (Italia)

Para aumentar la sorpresa general, he aquí que comenzaron a repicar milagrosamente las campanas de todas las iglesias de Genazzano. La población se apiñó rápidamente en el recinto y, cuando los rayos de luz habían disminuido su intensidad, pudieron contemplar un bellísimo fresco de la Santísima Virgen con el Niño Jesús en brazos. Durante esa noche, la multitud permaneció allí, de rodillas, en señal de amor y gratitud.

La noticia se difundió de inmediato y numerosos peregrinos de todas partes empezaron a visitar el santo fresco, pidiendo gracias, agradeciendo favores y dejando donativos para la reforma del templo, que pronto fue reanudada y concluida. Tal era el caudal de milagros obrados por intercesión de Nuestra Señora que sólo en los primeros 110 días se registraron 167, de entre los cuales algunos llaman especialmente la atención.

Muertos resucitan

Antonietto de Castelnuovo tenía un siervo fiel, Constantino de Carolis, a quien apreciaba mucho. Éste había sido acometido por una grave enfermedad y, tras recibir los sacramentos, entregó su alma a Dios.

Su señor, conmocionado por la pérdida de tan estimado servidor, se postró junto al cadáver y prometió que si Nuestra Señora le devolvía la vida, lo llevaría al altar de Genazzano para dar gracias. Osada súplica, sin duda, pero que la Virgen recibió con agrado. Para asombro de todos los presentes, el sirviente abrió los ojos y se incorporó, pidiendo algo para comer.

Al ser informado de la promesa hecha por su señor a la Madre de Dios, el resucitado emprendió el camino para, junto con él, dar gracias a los pies del sagrado fresco por tan portentoso milagro.

Los demonios huyen

Sin embargo, más que por la salud del cuerpo, María Santísima vela por la salud del alma de sus hijos. En este sentido, son numerosos los relatos de milagrosas curaciones de una de las enfermedades espirituales más terribles: la posesión diabólica.

Uno de esos casos fue el de Niccola Greco, quien, después de beber un licor hechizado, fue apresado por un demonio que lo hacía enloquecer de ira, llegando a veces incluso a correr de un lado a otro con una espada desenvainada.

Sus padres, desconcertados, habían oído los relatos de algunos milagros obrados por la imagen de Genazzano y decidieron llevar allí a su pobre hijo endemoniado. Tan pronto como el joven fue introducido en la capilla, el espíritu maligno lo abandonó y recuperó la salud y la paz perdidas hacía tanto tiempo.

Incrédulos recuperan la fe

Hubo también otra terrible enfermedad espiritual, esta vez culpable, que encontró una milagrosa curación ante la Madre del Buen Consejo: la incredulidad.

Para el impío Antonio Cerroni, residente de Pisciano, los maravillosos prodigios realizados por el santo fresco no eran más que una ridícula fantasía inventada por religiosos. Por eso, se reía y se burlaba de la nueva devoción que, con el paso del tiempo, se difundía cada vez más.

Un día tuvo que viajar a Genazzano para ocuparse de unos asuntos. Impulsado por la curiosidad, decidió visitar el templo donde ocurrían los supuestos milagros. Pero eso no le fue posible porque nada más cruzar el umbral del santuario cayó al suelo con los miembros paralizados.

Al darse cuenta de que aquello era un castigo por su ostensiva impiedad, formuló entre lágrimas una petición de misericordia, confesando públicamente su pecado. Al terminar la súplica, recuperó la movilidad y consiguió dirigirse a la capilla, donde se presentó ante aquella que acababa de concederle los movimientos corporales y, sobre todo, el inestimable don de la fe.

Madre y Protectora de la cristiandad

Si Nuestra Señora del Buen Consejo siempre se ha mostrado solícita en ayudar a cada uno de sus devotos en particular, no ha dedicado menos atención a la Santa Iglesia en su conjunto.

En pleno siglo xvi, por misericordia de Dios, un santo fue elevado al trono de Pedro: San Pío V, ferviente devoto de la Madre del Buen Consejo. Consumido «en celo por el Señor» (cf. 1 Re 19, 10), percibió la urgente necesidad de reunir a las naciones católicas en un ataque contra el islam, que amenazaba a la cristiandad tanto por tierra como por mar. No obstante, la mayoría de los monarcas católicos, muy ocupados en los intereses temporales, no compartían la misma convicción.

La capilla donde se encuentra el fresco milagroso de la Virgen, en el santuario dedicado a Ella en Genazzano (Italia)

Ante tanta dificultad, el sumo pontífice decidió recurrir a su incomparable Consejera. Tras muchas oraciones e innumerables esfuerzos, logró que España, Venecia, Génova y, por supuesto, los Estados Pontificios se coligaran bajo el mando del joven Juan de Austria y su lugarteniente, Marco Antonio Colonna, príncipe genazzanense y gran devoto de Mater Boni Consilii.

Al amparo de la devoción al santo rosario, los católicos obtuvieron la victoria en la célebre batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571, evitando así que Europa y, en consecuencia, la recién descubierta América, cayeran bajo el dominio musulmán. En agradecimiento por el auxilio, Marco Antonio y otros combatientes locales trajeron sus trofeos de guerra y los depositaron en la capilla de la Madre del Buen Consejo. Estos adornos bélicos permanecieron allí hasta la Revolución francesa.

El sitio de Viena

Derrotados por mar, los turcos continuaron avanzando por tierra. Una vez más, el mayor desafío de los cristianos consistía en reunir tropas para afrontar el poderío otomano. Fue entonces cuando, el 17 de noviembre de 1682, el Beato Inocencio XI decidió coronar con oro y piedras preciosas la frente de la Madre del Buen Consejo, implorando al Cielo la unión de los católicos para luchar contra los enemigos de la cristiandad.

Casi un año después, Leopoldo I, emperador de Austria, y Juan Sobieski, rey de Polonia, aunaron esfuerzos y el 12 de septiembre de 1683 libraron batalla contra los musulmanes que sitiaban Viena, consiguiendo otra milagrosa victoria, también bajo la protección de Nuestra Señora del Buen Consejo, cuya réplica se veneraba en una de las iglesias de la capital imperial.

Respecto de estos dos grandes acontecimientos de la historia de la Iglesia, Mons. João comenta: «Lepanto y Viena. He aquí dos de las más significativas batallas en las que estuvo en juego el futuro de la cristiandad. Tanto en Lepanto como en Viena, se hizo sentir la protección celestial de Nuestra Señora del Buen Consejo. Ésa es, sin duda, una de las características de las intervenciones obradas por la santa imagen de Genazzano: no sólo disipa las angustias y elimina las dificultades que afligen individualmente a todos los hombres, sino que también los protege cuando, en su conjunto, se ven amenazados de destrucción. A esos dos ejemplos históricos bien se les puede aplicar la estrofa del himno de las Congregaciones Marianas: “De mil soldados no teme la espada quien lucha a la sombra de la Inmaculada”».7

¿La historia se repite?

Analizando un poco la historia de Mater Boni Consilii, percibimos una constante que se manifiesta desde las heroicas conquistas de Skanderbeg hasta las milagrosas victorias en Lepanto y Viena: un mundo debilitado por una crisis espiritual y amenazado por enemigos; un puñado —o a veces una sola alma— que, por permanecer fiel y pedir auxilio, se vuelve invencible; una intervención milagrosa que corona la perseverancia de los buenos.

Todo esto nos viene a la mente al ver al papa León XIV, felizmente reinante, rezando a los pies del fresco momentos después de su elección. Surge entonces en nuestro espíritu una pregunta: ¿la historia se repite? 

 

Notas


1 Los datos históricos de este artículo han sido tomados de la obra: Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Mãe do Bom Conselho. 3.ª ed. São Paulo: Lumen Sapientiæ, 2016.

2 Aunque la proclamación oficial no se hizo hasta 1895, las tradiciones más antiguas muestran que los albaneses, desde la aparición milagrosa, ya consideraban a Nuestra Señora del Buen Consejo su patrona (cf. Clá Diasop. cit., p. 83).

3 Por su valentía recibió el apodo de Alejandro y como era príncipe lo llamaban «Alejandro el Príncipe» — İskender Bey en turco, modificado a Skanderbeg (Skënderbeu) por los albaneses.

4 Cuerpo de élite mahometano, formado por cristianos que se pervirtieron al islamismo en la infancia o la adolescencia.

5 Cf. Pastor, Ludwig von. Historia de los Papas. Desde fines de la Edad Media. Barcelona: Gustavo Gili, 1910, t. iv/2, p. 84.

6 Desde el siglo iv, se veneraba en Genazzano un bajorrelieve de mármol en honor a la Señora del Buen Consejo.

7 Clá Dias, op. cit., p. 213.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados