Los albores de una devoción

De manera muy natural, como toda sana devoción en la Santa Iglesia, la fama de santidad de Dña. Lucilia empezó a difundirse, no sólo como modelo de alma católica, sino también como intercesora sorprendentemente eficaz.

En la mañana del 27 de abril de 1968 se celebraba, en la iglesia de Santa Teresinha, de São Paulo, la misa del séptimo día en sufragio del alma de Dña. Lucilia.

Su hijo, el Dr. Plinio, que asistía atentamente al santo sacrificio, llevaba en su espíritu una duda lancinante, nacida de su afecto filial y de la clara noción que poseía sobre los rigores del juicio divino: ¿acaso su madre no estaría sufriendo todavía los castigos de purgatorio?

En el momento del Sanctus, un inesperado episodio puso fin a sus filiales aprehensiones: la hermosa cruz de rosas rojas que coronaba el paño de luto, colocado junto a la mesa de la comunión, fue súbitamente iluminada por un fuerte rayo de luz. Incluso parecía que el foco luminoso se hubiera posado en los pétalos del ramo de orquídeas que se encontraba en el centro del mencionado arreglo.

Ahora bien, el Dr. Plinio acababa de formular una ardiente súplica a la Virgen: «Tengo conciencia de haber sido muy buen hijo para mi madre, y alego precisamente esta condición de buen hijo para pediros una señal, a fin de saber si mi madre ha salido ya del purgatorio».1 La respuesta celestial no se hizo esperar.

Durante un prolongado intervalo, la luminosidad creciente impregnó los pétalos hasta que el rayo de luz se fue desplazando lentamente hacia uno de los arcos que dan acceso a la sacristía. Muchos fieles se preguntaron acerca del origen de ese sorprendente fenómeno. Quizá un vitral roto o una ventana abierta —que nadie localizó…— permitiera la entrada del rayo de luz, pero lo que no se podía explicar era su larga permanencia en el mismo sitio.

Para la historia póstuma de Dña. Lucilia, ese hecho es muy significativo. Agradó a Dios que el primer signo celestial ocurrido en torno a su figura fuera un auténtico símbolo de su actuación terrena. ¡Cuántas personas afligidas habían encontrado ya en aquella bondadosa mujer el consuelo, la calma, la luz que necesitaban para proseguir su caminata en medio de las incertidumbres de esta vida!

Ése había sido, por tanto, el primer «rayo de luz» de los muchos que, tras el fallecimiento de Dña. Lucilia, aún incidirían sobre aquellos que se encomendaban a sus maternales cuidados.

La primera promesa en grupo

En ese mismo año de 1968 un grupo de miembros de la TFP2 se dirigía a la ciudad de Recife, con el fin de realizar una de las habituales campañas públicas de esa institución entre la población brasileña.

Monseñor João Scognamiglio Clá Días, EP, por entonces laico, encabezaba las actividades. Había llegado a la capital pernambucana unos días antes con el objetivo de preparar el alojamiento para los jóvenes que participarían en la campaña. Le había sorprendido la persistencia de la lluvia, que caía sin descanso desde el primer momento de su estancia. Ahora bien, con el mal tiempo se hacía imposible actuar en las calles… Por eso, una vez llegados sus compañeros, y mientras continuaba la lluvia, aprovechó la circunstancia para mantener conversaciones formativas con esos jóvenes que ayudaran a amenizar la espera.

Entre tanto, el tiempo pasaba y la lluvia seguía… Había que tomar alguna medida más incisiva.

Tras dos días enteros en aquella angustiosa situación, se esbozó en el espíritu de Mons. João una afortunada idea:

¿Le hacemos una promesa a Dña. Lucilia para que deje de llover? ¿Están de acuerdo? —preguntó a su joven audiencia.

—¡Claro! ¡Genial! —respondieron todos, entre aplausos de entusiasmo.

Entonces le hicieron una promesa conjunta a la madre del Dr. Plinio, fallecida unos meses antes: si la lluvia paraba, irían, de regreso a la ciudad de São Paulo, a rezar un rosario en su tumba en el cementerio de la Consolación, en agradecimiento por la gracia obtenida.

Era la primera vez que se hacía una promesa colectiva a Dña. Lucilia, pidiéndole formalmente su intercesión en una situación embarazosa.

Por increíble que parezca, bastó formular la promesa ¡y el aguacero paró instantáneamente! Impresionados por la celeridad de la respuesta, todos tuvieron una certeza interior: se trataba de un favor celestial. Otras promesas se sucedieron a lo largo de los días que duraron las actividades, y siempre eran atendidas casi de inmediato, tal vez para subrayar de manera enfática y grabar en el alma de los beneficiarios la fuerza que, a partir de ese momento, tendrían las oraciones hechas a Dña. Lucilia.

De vuelta a São Paulo, el cumplimiento de la promesa fue el punto de partida para que su tumba se convirtiera en objeto de continuas visitas por parte de aquellos jóvenes, que comenzaban a experimentar la eficacia de su maternal y poderosa intercesión.

Devoción espontánea, fruto de la admiración

En realidad, hasta 1967 poquísimos miembros del movimiento fundado por el Dr. Plinio frecuentaban su residencia, donde también vivía Dña. Lucilia. Para sus demás seguidores, su madre no era más que una persona casi desconocida, con la que en ocasiones se cruzaban o, cuando su salud se lo permitía, veían asistiendo discretamente a alguna conferencia pública de su hijo.

Espontáneamente, algunos seguidores del Dr. Plinio empezaron a pedir su intercesión ante Dios en distintas circunstancias, y se sintieron atendidos
Doña Lucilia en marzo de 1968

Sin embargo, a partir de la crisis de diabetes que sufrió el Dr. Plinio ese año, el contacto de sus seguidores con Dña. Lucilia, que ya tenía 91 años, se intensificó cada vez más debido a las visitas al fundador convaleciente. Esta relación, que se prolongó durante largos meses, les dio a todos —y en particular a Mons. João, que guardó un recuerdo imborrable de aquellos días— la oportunidad de experimentar en primera persona la inigualable gentileza y la dulzura de trato de Dña. Lucilia. Todos quedaron encantados con ella. Pero había más: una singular unción resultante de la gracia bautismal que habitaba en aquella alma dejó en ellos una huella indeleble, aunque para algunos la convivencia se limitara a un amable y protocolario intercambio de palabras.

Así fue cómo, después de su fallecimiento, surgió espontáneamente entre algunos seguidores del Dr. Plinio —y en particular, como hemos visto, Mons. João, verdadero precursor de la devoción a Dña. Lucilia—, pedir su intercesión ante Dios en diferentes circunstancias. Y se sintieron escuchados.

Los años siguientes a su muerte asistieron, por tanto, a un progresivo aumento de su fama como mediadora, sobre todo gracias a una benéfica acción de Mons. João con los demás. De hecho, la memoria de Dña. Lucilia correría grave riesgo de adentrarse en las brumas del olvido si este fiel «apóstol» no hubiera asumido la tarea de divulgar las eminentes virtudes que adornaban su noble alma, pues el Dr. Plinio, en aras de la discreción, jamás habría tomado la delantera en tal iniciativa.

Presentaba una sorprendente solución para todo

¿Qué tipo de favores imploraron sus primeros devotos? Desde auxilio en las necesidades más habituales del día a día, como pequeñas complicaciones prácticas, hasta casos más intrincados; todo era entregado constantemente al cuidado de Dña. Lucilia, que siempre presentaba una sorprendente solución.

Uno de esos hechos corrientes le ocurrió al propio Mons. João. Estaba rezando en completa soledad ante la tumba, cuando empezaron a caer dispersas y grandes gotas de lluvia —conocidas en São Paulo como «cuatrocentones», en alusión a cierta moneda antigua de gran tamaño—, preludio inevitable de una tormenta tropical. Afligido, porque era el único día en el que podía tener un momento de oración junto a los restos de su intercesora, este hijo fiel rezó: «Pero precisamente hoy, que es mi día para venir aquí, ¿se va a poner a llover? ¡No es posible! ¡Doña Lucilia, arregle esto!». La respuesta fue muy peculiar, pues se podía divisar una violenta tormenta desatándose en los alrededores, sin alcanzar, no obstante, el perímetro del cementerio, lo que permitió a Mons. João continuar su oración muy satisfecho.

En otra ocasión, la maternidad de Dña. Lucilia se topó con la inocente ingenuidad de un joven que al salir del colegio se dio cuenta de que se había olvidado traer dinero para pagar el autobús que debía llevarlo de vuelta a casa. Caminando preocupado por la calle, rezaba filialmente a Dña. Lucilia, mientras miraba hacia abajo: «Ah, madre mía, si me pudiera encontrar por lo menos cuatro cruceritos…». Le bastó formular la petición para que, unos pasos después, viera en el suelo la cantidad solicitada.

Episodios como éstos demuestran una meticulosidad materna en la respuesta, una disposición de resolver incluso minucias. Sin embargo, el ámbito en el cual la acción de Dña. Lucilia se volvió más significativa fue en situaciones en las que los jóvenes se encomendaban a su intercesión para superar las dificultades de la vida espiritual, en un mundo cada vez más reacio a la santidad. Perseverancia, castidad y oración se convirtieron, para muchos, en conceptos realizables gracias a un arrimo llamado Lucilia.

Entonces comenzaron a multiplicarse las manifestaciones de respeto y gratitud hacia ella, como la costumbre de adornar con flores su tumba, en el cementerio de la Consolación, y las frecuentes visitas a este lugar para rezar y pedir su ayuda. Sin duda, la gracia de Dios estaba impulsando con singular eficacia la devoción a Dña. Lucilia.

Comenzaron a multiplicarse las expresiones de respeto y agradecimiento hacia ella, como la costumbre de adornar con flores su tumba, así como frecuentes visitas para rezar allí y pedir su ayuda
A la derecha y a la izquierda, decoraciones hechas en la tumba de Dña. Lucilia – Cementerio de la Consolación, São Paulo. En el centro, el Dr. Plinio visita, junto con algunos discípulos suyos, el lugar referido; a su lado está João S. Clá Dias

Así pues, de una manera muy natural —o tal vez sea más apropiado decir que fue de una manera muy sobrenatural—, como toda sana devoción dentro de la Santa Iglesia, empezó a difundirse la fama de santidad3 de Dña. Lucilia, no sólo como modelo de alma católica, sino también como intercesora eficaz. No obstante, cabe insistir en que, respecto de estas siempre crecientes manifestaciones de devoción privada, es decir, de culto privado a Dña. Lucilia, nunca hubo por parte del Dr. Plinio, debido a su superlativa honestidad de conciencia, ninguna iniciativa de propagar su fama de santidad, aunque nada haya en la doctrina católica que le impida a un hijo hablar de las virtudes de su madre.4

Madre espiritual de miles de hijos

Aún en vida de Dña. Lucilia, el Dr. Plinio se preguntaba acerca de un problema de difícil solución: había sido una excelente hija, una óptima hermana, una esposa muy paciente y dedicada, pero, sobre todo, había desempeñado el papel de madre de un modo inigualable. Cualquiera que hubiera convivido con ella tendría la impresión de que su alma materna estaba a la espera de decenas de hijos. Éstos, no obstante, nunca llegaron… ni podrían haber llegado en tal cantidad. ¿Cómo permitía la Providencia que un corazón tan grande viera irreductiblemente reprimido el torrente de su afecto y de su cariño maternales?

La creciente afluencia de gente ante la tumba de Dña. Lucilia, las repercusiones de las gracias alcanzadas, la gratitud que tantos testimoniaban por los innumerables beneficios recibidos, todo ello parecía ser la respuesta adecuada a aquella cuestión «insoluble». Después de todo, no sólo sería madre de decenas, sino de miles de hijos espirituales, ya que su misión había comenzado, más que nunca, post mortem.

Como enseña Santo Tomás de Aquino,5 el bien tiende a expandirse. Dado el inmenso caudal de gracias obtenidas por intercesión de Dña. Lucilia, era imposible que esa devoción no se propagara por todas partes, desbordando los límites de un círculo restringido.

Dado el inmenso caudal de gracias obtenidas por intercesión de Dña. Lucilia, era imposible que esa devoción no se propagara por todas partes
Mons. João muestra el libro «Doña Lucilia» recién publicado, en abril de 2013

De hecho, su fama ha cruzado en mucho el umbral del grupo inicial de sus devotos, y se difunde con prodigiosa velocidad por los más variados ambientes de Brasil y del mundo, llevando la luz de la esperanza en las aflicciones de quienes recurren, con confianza, a esta bondadosa señora. Prueba de ello son los continuos testimonios recibidos por los Heraldos del Evangelio y publicados en esta revista, los cuales desde hace tiempo han trascendido el ámbito del público directamente relacionado con la institución, para incluir a personas que la conocen a través de la divulgación de sus virtudes y favores realizada en medios digitales y otros canales, muchas veces con sorpresa para nosotros.

De esta manera, al igual que el aceite penetra lenta y suavemente en un tejido, así la devoción a Dña. Lucilia, espontánea, sincera y sobrenatural, va abriéndose paso entre la opinión pública, de modo a volverse accesible a todos aquellos que necesitan de amparo maternal y se animan a pedir su ayuda. ◊

 

Notas


1 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, p. 48.

2 Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, institución cívico-cultural, de inspiración católica, fundada por el Dr. Plinio y de la cual Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, fue un destacado miembro.

3 Fama de santidad, en latín fama sanctitatis, es «la opinión extendida entre los fieles sobre la integridad de vida y de la práctica de las virtudes cristianas, ejercidas de forma continua y más allá del modo común de actuar de los demás buenos cristianos» (cf. AMATO, SDB, Ángelo. «“Sensus fidei” e beatificazioni. Il caso Giovanni Paolo II». In: L’Osservatore Romano. Città del Vaticano. Año CLI. N.º 78 [4-5 abr, 2011]; p. 7).

4 Cf. CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Carta al director del periódico «O Estado de São Paulo», 15/8/1979.

5 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 5, a. 4, ad 2.

 

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