Las instituciones de la Iglesia nacen de manera orgánica, sin planificación previa. Se trata de un «método» habitual del Espíritu Santo: abordar los problemas del momento, resolviendo las dificultades a medida que aparecen. A ese ritmo, los siglos han visto surgir el complejo edificio de la jerarquía eclesiástica, las normas de la vida consagrada, las diversas órdenes religiosas e incluso la regulación de la vida intelectual.
Sin embargo, ese desarrollo no se ha producido sin contratiempos. Un episodio controvertido, que intentó mancillar el organismo indivisible de la Santa Iglesia, nos ayudará a comprender cuán arduo puede resultar, a menudo, el florecimiento de un nuevo carisma en el seno de esa sagrada institución.1
De la Iglesia, nacen las universidades
A lo largo del siglo xiii, diversos acontecimientos desafiaron a los católicos europeos: unas veces, las tensas relaciones entre el papado y el Sacro Imperio Romano Germánico generaban conflictos; otras, el emprendimiento de las cruzadas requería dirimir disputas para aunar esfuerzos; otras veces, las herejías dividían a la cristiandad. Surcando ese mar encrespado, la Santa Iglesia supo guiar, gobernar y santificar a sus hijos, acompañando el cambio de los nuevos tiempos.
Quizá el ámbito intelectual sea el modelo más paradigmático de esa evolución. Tras las invasiones bárbaras, el estudio se refugió en las iglesias, donde se originaron las escuelas palatinas, monásticas y episcopales. Pero la formación del hombre culto, según los estándares vigentes a mediados del siglo xiii, exigía ajustar el modus faciendi de la enseñanza al período anterior, en el que la aparición de las escuelas catedralicias hizo accesible el estudio a todas las clases sociales y fue el pilar para la creación de nuevos centros de cultura. Así nacieron las universidades.
Las órdenes mendicantes, nueva fuente de gracias para el mundo
A finales del siglo xii, en el reino cristianísimo de Francia, la Universidad de París adquiría su forma definitiva. No tardó en gozar de gran prestigio ante el Estado y la Iglesia. El rey Felipe Augusto le otorgó el privilegio de la inmunidad y del fuero eclesiástico; Gregorio IX la legitimó como institución eclesial de alcance internacional dependiente únicamente de Roma y, mediante la bula Parens scientiarum, confirió a los profesores el derecho a declarar la huelga para defender sus intereses. De reconocida autoridad teológica, la universidad podría considerarse la tercera potencia de la cristiandad, junto con el papado y el imperio.
Ahora bien, los medievales vieron florecer en Europa mucho más que la vida intelectual. El surgimiento de órdenes religiosas que mantuvieran encendido el entusiasmo por la perfección cristiana fue también un detonante de cambios prometedores.
Mientras el monacato había predominado en siglos anteriores, en este momento histórico aparecieron nuevos carismas, personificados por dos hombres providenciales: Domingo de Guzmán y Francisco de Asís. Con ellos, nacieron las órdenes mendicantes en el marco medieval, en respuesta a las necesidades espirituales de la época, convirtiéndose pronto en abanderadas de la reforma eclesiástica. Así pues, el tipo humano del monje que vivía en soledad dio paso al del fraile que, por pueblos y ciudades, predicaba, exhortaba y atraía almas con su ejemplo.
Entra en escena el enemigo…
El fruto de las fundaciones de Santo Domingo y de San Francisco fue un clero libre de apegos, totalmente dedicado a la Iglesia. Éste iluminó la cristiandad con sus escritos y enseñanzas, viviendo de limosnas, trabajando por la cura animarum y constituyendo una especie de «cuerpo de guardia» del papado por su plena sumisión al romano pontífice. En su celo apostólico, los mendicantes se ganaron la confianza del pueblo, la protección de las autoridades civiles y el favor de los Papas, lo que también les valió una persecución en regla, resultado, como suele ocurrir, de la más sórdida envidia.
En efecto, los frailes mendicantes, a pesar de vivir en medio del siglo, remaban siempre contra la corriente mundana, a favor de la salvación de las almas; y en la Universidad de París fue donde el choque entre esas dos mentalidades se produjo con mayor vehemencia.
La admisión de dominicos y franciscanos en las cátedras de la universidad parisina generó un violento conflicto de intereses con los docentes del clero secular, que se veían superados en todo por los recién llegados. Se siguió una disputa de dos décadas, con lamentables episodios de violencia, ataques publicitarios, calumnias y difamaciones sin precedentes en la historia de la Iglesia.

San Buenaventura – Museo Wallraf-Richartz, Colonia (Alemania)
Perfidia disfrazada de «solicitud»
Los virulentos y tendenciosos ataques a los mendicantes se centraron en tres aspectos. Primero, los seculares dejaron claro que la presencia de los frailes en la universidad era indeseable por su estilo de vida. Luego, dado que esta mera acusación no era satisfactoria, cuestionaron la legitimidad de su ministerio. Por último, discutieron el estado de perfección para pastores y religiosos, así como la admisión de vocaciones jóvenes.
Tanta animosidad por parte de los seculares, casi mil años después de estos acontecimientos, nos parece francamente absurda. Al fin y al cabo, ¿qué problema había en permitirles dar clases, si la universidad debía ser un centro de cultura para todos? Quizá la santidad de vida y la calidad de la enseñanza de los frailes eran un aguijón constante en la conciencia de los profesores seculares, que se sentían relegados en la apreciación de los estudiantes. Pero esta realidad, que hoy vemos claramente, se había disfrazado, en esa época, de «solicitud» por la Iglesia y por los intereses de la universidad…
Para los maestros seculares, los mendicantes eran personajes peligrosos, pues despreciaban los estatutos universitarios y sus reivindicaciones al no participar en huelgas generales. Peor aún: bajo el «disfraz» de la mendicidad, monopolizaban a los estudiantes —que no necesitaban remunerarlos— y los influenciaban para que ingresaran en sus propias órdenes religiosas, en un acto de auténtico «proselitismo».
Una actitud aún más imperdonable de los religiosos fue la obtención de tres cátedras durante una huelga que se prolongó años hecha por los seculares, en la cual, como es lógico, los frailes mendicantes, ajenos a los alborotos de estudiantes ebrios y seculares indulgentes, continuaron impartiendo clases. En ese período, los franciscanos también lograron la conversión del maestro Alejandro de Hales y su ingreso en la Orden Seráfica.
Catalizador de todas las discordias
Los maestros seculares se apresuraron a hacer todo lo posible para que sus enemigos perdieran la posición que habían conseguido. Y el principal instigador de la persecución contra los religiosos tenía nombre y apellido. Se trataba del canónigo de Beauvais, Guillermo de Saint-Amour, que «no podía tolerar el empuje de estas órdenes gemelas, que poco a poco se iban apoderando de las cátedras universitarias, antes patrimonio exclusivo del clero secular. Por escrito, en el púlpito y en la cátedra comenzó a impugnar a los mendicantes […]. Atacaba sus derechos y privilegios de predicar y confesar, de enterrar en sus iglesias; su exención episcopal y parroquial, el ideal de la pobreza en común e incluso su existencia como tales institutos religiosos, ridiculizándolos despiadadamente».2
Abusando de su cargo de procurador de la universidad, Guillermo disminuyó sin razón alguna los derechos docentes de los mendicantes y arrastró a la contienda a gran parte del clero secular parisino, haciéndoles creer que sus ingresos económicos se veían amenazados por los indefensos frailes.
La actitud de los seculares, liderados por Guillermo de Saint-Amour, era de oposición a la novedad y vitalidad de la Iglesia, en nombre de un orden que se consideraba eternamente estable. Rechazaron así el aliento del Espíritu Santo manifestado en los mendicantes, con el pretexto de que su estilo de vida difería de las fórmulas antiguas… Para ellos, los frailes eran intrusos que pretendían trabajar en terreno ajeno, como si el cuidado pastoral y el adoctrinamiento de los fieles no les correspondiera también a ellos.
El objetivo final de los descontentos era nada menos que suprimir las órdenes mendicantes o, al menos, obstaculizar al máximo su apostolado. Ahora bien, a despecho de las constantes quejas contra los frailes y los consiguientes conflictos, la sentencia de la Iglesia fue favorable a los religiosos, porque al papado le interesaba su lealtad y la ortodoxa formación que ofrecían a los jóvenes en la universidad.

Los seculares, obcecados, decidieron entonces echar mano de la creatividad: organizaron una auténtica campaña publicitaria contra los mendicantes, sin escatimar bromas, canciones injuriosas, epigramas y panfletos difamatorios, obligando a los pobres frailes a ir escoltados a menudo por los arqueros del rey Luis IX durante sus clases, para protegerse de las agresiones. También promovieron otras huelgas, incitaron peleas, atribuyeron escritos heréticos a los religiosos e intentaron promulgar nuevas leyes estatutarias con el fin de excluirlos de la enseñanza.
Esos calumniadores siempre acababan derrotados por la integridad de aquellos a quienes perseguían, hasta que, por desgracia, se atrevieron a llevar sus difamaciones ante el sumo pontífice…
Los frailes pierden sus prerrogativas
Entre 1254 y 1266, Guillermo de Saint-Amour encontró, finalmente, un buen pretexto para acusar a sus adversarios. La publicación del Introductorius in evangelium æternum, un escrito entusiasta sobre las doctrinas heréticas de Joaquín de Fiore3 redactado por el franciscano Gerardo di Borgo San Donnino, le ofreció al canónigo suficientes argumentos para escribir su Liber de anticristo et eius ministris, en el que condenó enérgicamente a los mendicantes como herejes, seudopredicadores y falsos profetas.
Las quejas de los seculares al romano pontífice sobre el descubrimiento de la desviación, supuestamente participada por todos los mendicantes, incluidos los dominicos, tuvieron el eco esperado en los oídos del Papa, quien lamentablemente se eximió de escuchar «a la otra parte». Así pues, el 21 de noviembre de 1254, Inocencio IV publicó la bula Etsi animarum, que suprimía las prerrogativas de los mendicantes en relación con el cuidado de las almas, prohibiéndoles, entre otras cosas, confesar y predicar, aunque manteniendo una prudente reserva respecto a sus funciones en la universidad.
Inesperado giro de los acontecimientos
Dos semanas después, el 7 de diciembre, Inocencio IV falleció. Mientras su alma rendía cuentas a Dios, éste hacía justicia en la tierra a favor de los frailes, por medio de instrumentos humanos. Elegido nuevo pontífice, el cardenal Reinaldo de Conti di Segni, conocido protector de la Orden Franciscana, que tomó el nombre de Alejandro IV, se apresuró a revocar las precipitadas decisiones de su predecesor. El 22 de diciembre publicó la bula Nec insolitum, que anulaba el Etsi animarum y concedía nuevos privilegios a las órdenes mendicantes.
Es fácil imaginar la irritación de Saint-Amour ante el fracaso de sus planes… Pero no se dio por vencido. En marzo publicó una de sus obras más famosas, el Tractatus brevis de periculis novissimorum temporum, valiéndose de sus habituales tácticas de difamación y sensacionalismo. En ella denunciaba los «peligros de los últimos tiempos» antes del Anticristo, que habrían empezado con la fundación de los mendicantes, quienes, en su opinión, eran una pléyade de falsos profetas que amenazaban a la Iglesia bajo la apariencia de ciencia, piedad y renuncia al mundo.
Los dominicos y franciscanos tenían la misión de atraer el mundo a la práctica de las verdades evangélicas que vivían, y el objetivo del De periculis era aniquilar su razón de ser. Saint-Amour pretendía inducir a la sociedad al rechazo de las órdenes mendicantes y apartarlas de la enseñanza y de las actividades pastorales, como la predicación y la administración de los sacramentos, obligando a los frailes a renunciar a las limosnas —un estilo de vida que, arbitrariamente, declaraba contrario a la ley divina— y empezar a trabajar la tierra, como las antiguas órdenes monásticas, lo que significaba, en una palabra, cambiar su carisma y su forma jurídica…
Discerniendo con gran acuidad esa pérfida intención, el papa Alejandro IV condenó el libro De periculis el 5 de octubre de 1256, mediante la constitución Romanus Pontifex de summi. Poco después, Guillermo fue destituido de su cátedra.
Audaz y polémica defensa de los mendicantes
En toda esa contienda, Saint-Amour y sus partidarios tuvieron que enfrentarse a dos grandes enemigos con los que ciertamente no contaban.
Las discusiones en la Universidad de París confrontaron a los seculares con dos de los mayores doctores de la Iglesia: el dominico Tomás de Aquino y su compañero de lucha, el franciscano Buenaventura. Lejos de asistir con estoica pasividad a la guerra de destrucción contra sus órdenes, emplearon las armas con las que habían sido dotados por el Espíritu Santo: la predicación, las letras, la oración y el arte de la dialéctica. ¿Por qué lo hicieron? El Doctor Angélico nos lo responde: «Por amor a la verdad, los varones santos resisten a sus detractores».4
Unidos en pro de la misma causa, dominicos y franciscanos explicitaron de manera admirable diversos aspectos de la vida consagrada, de la evangelización y del cuidado de las almas, dilucidándolos como nunca antes.
San Buenaventura, que ejercía el cargo de maestro en la Universidad de París, publicó en el verano de 1256 un libro titulado De perfectione evangelica, verdadero monumento doctrinal sobre las virtudes evangélicas —pobreza, castidad y obediencia—, que constituyen el núcleo central del estado religioso; posteriormente, también escribió Apologia pauperum, en respuesta a los nuevos ataques contra la mendicidad iniciados por Gerardo de Abbeville, cómplice y continuador de Saint-Amour.
Por su parte, Santo Tomás refutó con contundencia las acusaciones de Saint-Amour en su libro Contra impugnantes Dei cultum et religionem, demostrando, con base en los evangelios, cómo la vida religiosa puede combinar la oración, el estudio, la enseñanza y la predicación itinerante. Asimismo, redactó otras obras de una claridad imbatible en defensa de los mendicantes: De perfecte espiritualis vitæ, De ingressu puerorum —que justificaba la admisión de vocaciones jóvenes— y Contra doctrinam retrahentium a religione.

Santo Tomás de Aquino, de Fra Angélico – Museo Nacional del Hermitage, San Petersburgo (Rusia)
Ante esa resistencia, el canónigo de Beauvais tachó a los frailes mendicantes de rebeldes, desobedientes y soberbios empedernidos… Le parecía inadmisible que los perseguidos dieran testimonio de su propia integridad, resistieran a sus detractores y se defendieran judicialmente para evitar el cierre de sus órdenes. Contra todo sentido común, repetía con obstinación las mismas calumnias, afirmando que los frailes simplemente fingían una vida virtuosa…
Entonces, nos queda la pregunta: ¿quién ganó esa contienda de titanes? La respuesta es sencilla. Basta recordar que la Santa Iglesia hizo del tomismo el fundamento de su propia teología, pero los nombres de Saint-Amour y sus secuaces si pasaron a la posteridad no fue precisamente por la admiración que les profesaban los cristianos…
La verdad siempre triunfa
La historia es una gran maestra. Situaciones similares a las aquí narradas no han sido infrecuentes en la vida de la Iglesia. De hecho, Dios las permitió para la edificación de su plan salvífico. En efecto, las herejías ocasionaron la explicitud de las verdades de la fe, las invasiones bárbaras incentivaron la evangelización de los pueblos, las persecuciones solidificaron la obra del Espíritu Santo. Se convirtieron así en paradigmas de cómo las circunstancias adversas pueden hacer florecer, como un lirio entre espinas, la santidad del Cuerpo Místico de Cristo.
Parafraseando, pues, al apóstol San Pablo, nos atrevemos a afirmar al concluir estas líneas: oportet controversiæ esse (cf. 1 Cor 11, 19); porque en el calor de la controversia fue donde las órdenes mendicantes explicitaron con brillantez su propio llamamiento y demostraron a los siglos futuros que los nuevos carismas no surgen para destruir el tesoro de la tradición eclesiástica, sino, al contrario, lo preservan con reverencia, añadiéndole a la Iglesia las luces necesarias para su crecimiento en gracia.
En este sentido, la victoria de las órdenes mendicantes no fue sólo de sus miembros, sino de la Santa Iglesia y de toda la cristiandad. ◊
Notas
1 El presente artículo es un resumen, con adaptaciones, de la tesis de licenciatura canónica en Teología (summa cum laude) de la autora, por la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín (2025): Modelo inspirador para los tiempos actuales: cómo las órdenes mendicantes armonizaron la «cura animarum» con la vida intelectual.
2 Aperribay, OFM, Bernardo. «Introducción general a cuestiones disputadas sobre la perfección evangélica en San Buenaventura». In: Obras de San Buenaventura. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1949, t. vi, p. 5.
3 Abad y filósofo místico italiano. Su pensamiento y sus obras dieron origen a diversos movimientos filosóficos milenaristas, a menudo condenados por la Iglesia.
4 Santo Tomás de Aquino. Contra impugnantes Dei cultum et religionem. Pars IV, c. 2, ad 5.

