La vida mística del cristiano – En el exilio… ¡preludio de la convivencia celestial!

Cuando se oye hablar de «mística», inmediatamente se piensa en fenómenos extraordinarios como éxtasis, levitaciones, estigmas… Pero ¿y si dijéramos que todo cristiano está llamado a recorrer ese camino? Al fin y al cabo, ¿sabemos realmente qué es la mística?

Entre los distintos títulos que se le pueden dar al hombre, hay uno que no suele serle muy agradable, aunque sea muy cierto: rey destronado. De hecho, su vida en este valle de lágrimas no es aquella para la que Dios originalmente lo había destinado cuando lo creó: «Que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra» (Gén 1, 26).

La imaginación nos permite contemplar a Adán, por ejemplo, en perfecto deleite con el ambiente del paraíso, haciendo que un árbol se encorvara a su voluntad para recoger algún fruto suyo y dándole una orden a un ave para que se lo llevara como regalo a Eva. Sin embargo, todo eso y mucho más lo perdió por el pecado… «Maldito el suelo por tu culpa: comerás de él con fatiga mientras vivas; brotará para ti cardos y espinas, y comerás hierba del campo. Comerás el pan con sudor de tu frente» (Gén 3, 17-19).

Es aterrador pensar en los primeros sobresaltos de la pobre pareja al encontrarse con las adversidades de nuestro mundo, las rudas piedras y espinas de nuestra tierra, y los temibles rugidos de las bestias… Quizá en aquella primera noche de exilio, Adán recordara, con nostalgia, las maravillas del Edén. Y mientras las lágrimas corrían por su rostro, Dios le hablaba en el interior de su alma… como conversaba a la hora de la brisa con él por el jardín del paraíso. Sí, eso no lo había perdido: el Creador aún lo visitaba en íntimas conversaciones. El hombre se convertía, efectivamente, en un rey destronado, pero no menos amado.

¿Qué es la mística?

En diferentes grados y modos, a todo bautizado le es dado vivir en esta tierra en relación con Dios, y a esto la teología llama vida mística del cristiano.1 El Concilio Vaticano II así nos lo enseña: «Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad».2 Y el catecismo concluye, sintéticamente: «Todos son llamados a la santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48)».3

A todo bautizado le es dado vivir en esta tierra en relación con Dios, y a esto la teología llama vida mística del cristiano

Ahora bien, la doctrina católica afirma que el fin del cristiano consiste en su configuración con el Señor, y la vida mística es el camino normal para alcanzarlo: «El progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo. Esta unión se llama “mística”, porque participa del misterio de Cristo mediante los sacramentos —“los santos misterios”— y, en Él, del misterio de la Santísima Trinidad. Dios nos llama a todos a esta unión íntima con Él, aunque las gracias especiales o los signos extraordinarios de esta vida mística sean concedidos solamente a algunos para manifestar así el don gratuito hecho a todos».4

Signos extraordinarios, para algunos…

La afirmación del catecismo citada anteriormente puede causar asombro en algunos, pero sí, ¡todo cristiano está llamado a la vida mística! La única diferencia radica en cómo se manifiesta esta vida. Cabe sólo una diferenciación en cuanto al modo como se ha de manifestar.

De hecho, el título de místico evoca inmediatamente en nuestra imaginación a alguien en éxtasis, a un vidente o incluso a un estigmatizado. No obstante, tales manifestaciones deberían denominarse con más precisión fenómenos místicos extraordinarios.5

La teología enumera varios de ellos, ya sean de orden cognoscitivo o afectivo, como visiones, locuciones, discernimiento de los espíritus e incendios de amor; ya sean de orden corporal, como estigmas, lágrimas y sudor de sangre, ayunos prolongados, privación del sueño, bilocación, levitación y perfume sobrenatural, entre muchos otros.6

Es evidente que la Iglesia será siempre muy cautelosa al distinguir los fenómenos místicos extraordinarios de cualquier otra situación, bien de carácter patológico, o bien preternatural. Sin embargo, los datos científicos hablan claramente a favor de la existencia real de tales fenómenos, contrariamente a las convicciones de cualquier escéptico…

Fieles rezando en la iglesia de Nuestra Señora del Buen Consejo, Piraquara (Brasil)

Si tomamos, por ejemplo, a los santos místicos que tuvieron el don de la inedia, es decir, del ayuno prolongado, y los comparamos con las capacidades humanas naturales, constataremos enseguida la evidencia de sustento sobrenatural. La ciencia admite que el hombre puede sobrevivir varias semanas sin alimentarse. A mediados del siglo pasado, el lord alcalde de Cork, Terence MacSwiney, decidió dejar de comer en protesta contra la dominación inglesa en Irlanda; ¡su vida duró setenta y tres días! Éste es el límite más extremo al que ha llegado lo natural. No obstante, se sabe que Santa Catalina de Siena pasó ocho años sin alimentarse; San Nicolás de Flüe, veinte años; y Santa Ludowina de Schiedam, veintiocho años…7

La «parte mejor», que no nos será quitada

Al enunciar solamente esos datos, parece fácil concluir que no son propios de todo cristiano dichos fenómenos extraordinarios. Con todo, es indispensable tener claro que la vida mística no se restringe a esas manifestaciones espectaculares, y que ni siquiera son lo más excelso de la espiritualidad católica.

Se puede tomar como prueba de tal afirmación que un impío como Caifás profetizó, por inspiración, la muerte redentora de Nuestro Señor Jesucristo (cf. Jn 11, 49-52) y que al pérfido Balaán le fue dado el poder de profetizar, por revelación, la misión providencial del pueblo hebreo e incluso el nacimiento del Mesías (cf. Núm 23–24).

Dios continúa conversando con el hombre que vive en estado de gracia, no ya en el jardín del Edén, sino en su propio templo interior

El bautizado que conserva el estado de gracia posee algo muy superior a cualquiera de esos fenómenos extraordinarios: la inhabitación de la Santísima Trinidad en su alma. Dios continúa conversando con el hombre, ya no en el jardín del Edén, sino en su propio templo interior.

Como se ha visto en los artículos anteriores, la gracia santificante, las virtudes infusas, los dones del Espíritu Santo y las gracias actuales constituyen el organismo sobrenatural que lleva al alma a la perfección cristiana. Ese camino no es otra cosa que la vida mística a la que todo bautizado está llamado, ya que el desarrollo normal de la gracia santificante conduce a la unión con Cristo, es decir, a la mística.

Siempre que el hombre no incurra en pecado, tiene continuamente al divino Huésped en su «morada», goza de su íntima amistad y recibe de Él las enseñanzas más preciosas, como Santa María Magdalena en Betania, sobre la que el propio Jesús pronunció la sentencia: «María ha escogido la parte mejor, y no le será quitada» (Lc 10, 42).

La vida mística del cristiano, la presencia de la Santísima Trinidad en su alma —con los dones, virtudes y gracias que la acompañan— son en realidad la «parte mejor» que no le será quitada al bautizado, el paraíso interior donde siempre encontrará a Dios, hasta el día en que, habiendo sido fiel a ese dádiva, será recibido en el Paraíso celestial y el Señor mismo será su recompensa demasiado grande (cf. Gén 15, 1) por toda la eternidad. 

 

El que pide, ¡recibe!

Todo lo que sea un verdadero bien positivo, es de suyo deseable y, como tal, podemos pedirlo a Dios. Y si nos es lícito pedir, desear y poner todos los medios para adquirir la salud, la ciencia y la agudeza de ingenio, también lo debe ser, […] pedir, desear y procurar, en cuanto esté de nosotros, un bien tan superior como es el de esta salud, ciencia y penetración que el divino Espíritu comunica (cf. 1 Cor 14, 1).

No hay en esto la menor presunción, deseándolo rectamente; como no la hay en el deseo de comulgar por dar gusto a Dios y alimentar y fortalecer nuestra pobre alma. La presunción estaría en desear esos dones por vanagloria; mas no cuando se desean precisamente para apoyo de nuestra flaqueza, para fundarnos en la humildad y en todas las demás virtudes, y poder crecer en gracia y conocimiento de Dios, y en todo según Jesucristo, hasta llegar a la madurez de varones perfectos y verdaderamente «espirituales». Y ya sabemos que nadie lo podrá ser sin estar animado, dirigido y gobernado del divino Espíritu, y por tanto enriquecido de sus preciosísimos dones. […]

Aunque nadie de por sí debe meterse donde aun no le llamaron, ni menos echarse a volar sin alas, todos, sin embargo, pueden y deben llamar para conseguir que les abran, y pedir «alas como de paloma» —que son los preciosos dones de sabiduría e inteligencia— «para volar y descansar», estando ciertos de que serán colmados tan santos deseos y de que «todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá» (Mt 7, 8). […]

Por lo mismo, que tanto vale y que no podemos lograrlo con nuestros esfuerzos, debemos pedirlo con gran insistencia, diciendo con la samaritana: «¡Señor, dadme a beber de esta agua!». […] Si no se pide con ardor es sólo porque no se conoce ni se sabe apreciar. «¡Si conocieras el don de Dios!…, a buen seguro que se lo pedirías, y Él te daría el agua viva…, que salta a la vida eterna» (Jn 4, 10-14). […]

A todos los corazones está incesantemente llamando el Esposo divino, que viene deseoso de celebrar el banquete de las místicas bodas (cf. Ap 3, 20). Si no le abrimos, o nos hacemos sordos a sus llamamientos, culpa nuestra es. 

González Arintero, OP, Juan.
La evolución mística. Madrid:
BAC, 1959, pp. 685-690.

 

 

Notas


1 Cf. Agaesse, Paul; Sales, Michel. «Mystique. La vie mystique chrétienne». In: Dictionnaire de Spiritualité. Paris: Beauchesne, 1980, t. x, col. 1939-1951.

2 Concilio Vaticano II. Lumen gentium, n.º 40.

3 CCE 2013.

4 CCE 2014.

5 Cf. Tanquerey, Adolphe. Précis de Théologie Ascétique et Mystique. 6.ª ed. Paris-Tournai-Roma: Société de S. Jean L’Évangéliste; Desclée, 1928, pp. 932-967.

6 Cf. Thurston, SJ, Herbert. Los fenómenos físicos de misticismo. San Sebastián: Dinor, 1953; Bouflet, Joachim. Encyclopédie des phénomènes extraordinaires dans la vie mystique. Paris: Les Jardins des Livres, 2002-2015, t. i-ii.

7 Cf. Royo Marín, OP, Antonio. Teología de la perfección cristiana. 11.ª ed. Madrid: BAC, 2006, pp. 937-938.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados