La princesa Eugenia von der Leyen y las almas del purgatorio – Una vida entre dos mundos

Educada en la generosa modestia de las almas que agradan a Dios, Eugenia transformó su corazón en un altar en el que se inmoló, con amor y compasión, en sufragio de la Iglesia padeciente.

Mecida en cuna aristocrática, una niña de nombre Eugenia vio la luz el 15 de mayo de 1867, en Múnich, heredando todos los honores de la dinastía germánica de los Von der Leyen und zu Hohengeroldseck, y de la estirpe de los Thurn und Taxis. Nadie, sin embargo, podría sospechar que, aliados a su elevada nobleza, insignes dones y carismas concedidos por una especial disposición de la Providencia divina adornarían su alma principesca.1

Eugenia nos dejó escrito un diario gracias a la feliz recomendación de su director espiritual. Son páginas en las que podemos sentir el amor y la misericordia de Dios, así como su grandiosa justicia manifestada en las sentencias eternas. Cada una de sus anotaciones nos revela dramas interiores; pero no de personas vivas, sino de almas del más allá, que expían las penas debidas a sus pecados…

La princesa Eugenia

Sí, desde mediados de 1921 hasta sus últimos días, la princesa recibió continuas visitas de almas del purgatorio, que acudían a su encuentro de las más variadas formas, suplicando sufragio en medio de tantos dolores. Gritos, portazos, pisadas en el pasillo, figuras y sustos, vientos repentinos, llantos y gemidos… en definitiva, todo lo que para nosotros constituiría una auténtica ficción de terror, empezó a formar parte de la rutina de Eugenia.

Lo que está escrito permanece

El simbolismo que encierra este tipo de registros es muy profundo. Todos nuestros actos a lo largo de la vida nos convierten en autores de una obra única, un auténtico diario sobrenatural en el que dejamos registrada, sin falsedades ni engaños, nuestra verdadera fisonomía moral. Se trata de páginas entregadas en blanco al hombre cuando éste ve la luz y devueltas, rellenadas, cuando su vista se cierra para siempre. Después de la muerte ya no se escribirá nada más. Lo que allí esté contenido permanecerá, y el Señor lo leerá y juzgará. Las hermosas y heroicas obras de santidad las premiará con la gloria; las páginas manchadas por la hediondez de la ingratitud y del desamor las arrojará al fuego que nunca se apaga; no obstante, cuando encuentra virtud y vicio escritos con la misma pluma, alejará de su presencia a sus autores, hasta que desaparezcan las manchas.

La Iglesia enseña que «los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo. La Iglesia llama purgatorio a esta purificación final de los elegidos que es completamente distinta del castigo de los condenados».2 En estos angustiantes momentos, es natural que las almas busquen compasión, recurriendo a personas que aún están vivas y que pueden interceder por ellas. De hecho, Dios se complace con las mediaciones.

Hojeando la historia de los héroes de Israel, leemos que, tras el victorioso ataque contra el ejército de Gorgias, Judas Macabeo y sus compañeros regresaron al campo para recoger los cuerpos de los caídos para enterrarlos. Sin embargo, bajo sus túnicas encontraron amuletos consagrados a los ídolos de Jamnia, que indicaban el motivo sobrenatural por el que habían perecido. Judas, además de exhortar a la multitud acerca de la gravedad del pecado, ordenó que se ofreciera un sacrificio por la falta de sus hermanos difuntos. «Obró con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección. Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos. Pero, considerando que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio, la idea era piadosa y santa» (2 Mac 12, 43-45).

El propio divino Maestro nos enseña que algunas faltas se perdonan en esta tierra y otras en el mundo futuro, cuando dice: «Y quien diga una palabra contra el Hijo del hombre será perdonado, pero quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en este mundo ni en el otro» (Mt 12, 32).

También San Pablo, escribiendo a los corintios, advierte que el fuego pondrá a prueba el valor del trabajo de cada uno porque, sobre el fundamento que es Cristo, cada uno edifica con diferentes materiales, unos con oro y plata, otros con heno y paja: «Si la obra que uno ha construido resiste, recibirá el salario. Pero si la obra de uno se quema, sufrirá el castigo; mas él se salvará, aunque como quien escapa del fuego» (1 Cor 3, 14-15).

Por eso, desde sus inicios, la Iglesia recuerda la memoria de los fieles difuntos, recomendando para ellos el sufragio, especialmente en el sacrificio eucarístico, para que sean libres de sus faltas. En ciertas ocasiones, también las propias almas, con permiso divino, recurren de manera extraordinaria a los hombres para obtener alivio en sus penas. Esto es lo que sucedió con Eugenia von der Leyen: Dios la invistió con una misión de misericordia, a fin de sufrir por las almas de una manera singular.

Un alma que atrajo almas

El diario legado por la princesa nos revela, además de relatos conmovedores, las disposiciones de su alma virtuosa. Siempre estuvo asistida por su confesor —el párroco Sebastián Wieser, a quien iban dirigidos sus escritos—, y le mostró invariablemente dócil obediencia. Entre las narraciones de las apariciones, encontramos líneas dedicadas a expresar los más diversos estados de alma: deseos de mayor perfección, flaquezas y enormes cansancios, impregnados de gracias profundísimas que le hacían experimentar la presencia divina en su alma; eran gotas de rocío que la refrescaban y consolaban en medio de su sufrimiento.

Según su confesor, Eugenia «llevaba una vida santa. Era de una piedad auténtica, humilde como San Francisco, celosa en la práctica del bien y desmedidamente generosa: siempre servicial y preparada a renunciar a su propia voluntad, dispuesta a hacer los mayores sacrificios, amada por Dios y por todos los que la rodeaban. Quienes la conocían, la veneraban. Nunca quiso llamar la atención de nadie. Tenía un talento especial para hacer favores y dar sorpresas agradables a los demás. El carácter de la princesa es la garantía más sólida de que merece crédito».3

«¿Por qué las almas vienen a mí?», ése era el gran dilema de la vidente y, en consecuencia, la pregunta que siempre les hacía a ellas. Cuando podían responderle, invariablemente decían que su alma las atraía y que, con permiso de Dios, el camino hasta ella estaba despejado. No quedaba más remedio que acompañarlas en sus penas, siempre tan lancerantes.

Almas del purgatorio – Catedral de Loja (Ecuador)

Como es fácil de entender, tales visitas extenuaban sus fuerzas físicas porque, además de ser desproporcionadas a la naturaleza humana, ocupaban buenas horas de sus noches, lo que resultaba en un verdadero «martirio a fuego lento». «Mis familiares me dan una cordial “buenas noches”, y yo tengo que afrontar la mayor tortura»,4 manifestó Eugenia.

Por recomendación de su confesor, no contaba a ninguno de sus allegados lo que le estaba ocurriendo. Este silencio la hacía sufrir mucho, ya que se sentía dividida entre dos mundos opuestos. Nadie podría vivir lo que ella vivía. Sólo su sobrino Wolfram a veces vio a las almas con ella, así como algunos animales domésticos. «Es una pena que hayan sido testigos de las apariciones solamente niños pequeños, gatos y gallinas»,5 suspiró la princesa.

¿Cómo pueden sufrir las almas?

Por clara disposición y voluntad de Dios, muchas almas se presentaban con forma animal, significando el pecado cometido. Un enorme mono, por ejemplo, la hizo sufrir bastante los últimos meses de 1925. Su repugnante apariencia le causaba horror y le resultaba casi imposible soportarlo. Su piel, mojada y sucia, presentaba llagas purulentas de las que salían gusanos que lo devoraban. Todo un símbolo de las pasiones y de los pecados de lujuria que aquella alma aún necesitaba purgar.

Otra alma, de nombre Catalina, se le apareció con la boca hinchada, deforme y repulsiva, de manera que le despertaba verdadero asco. Después de unas semanas, confesó: «Siempre he desunido a los hombres».6 He aquí el precio que pagar cuando los sentidos se vuelven hacia las cosas del mundo, para promover el mal. La Iglesia llama a esta purificación pena de sentido, en la cual un fuego real, pero misterioso, castiga al espíritu por haberse sometido al desenfreno de la carne.

En otra ocasión, cuando Eugenia le preguntó a un alma en qué consistían sus sufrimientos, ésta se acercó y, antes de que la princesa pudiera impedírselo, le tocó la mano, haciéndola gritar de dolor y dejándole una mancha rojiza de quemadura.

Sin embargo, ése no es el sufrimiento más grande de un alma en el purgatorio. Hay algo incomparablemente más doloroso: verse privada de contemplar al Creador, y esto la purifica en el sentido más íntimo de su relación amorosa con Él. Mientras la pena de sentido castiga al alma por haberse vuelto hacia las criaturas, la pena de daño castiga al hombre por haberse apartado del Señor. El desprecio divino, la sensación de abandono y el deseo vehemente de ver el rostro de Dios consumen a las almas en dolores indescriptibles e inconcebibles. «El anhelo devorador de volver a verla [a la divina Majestad] es nuestra tortura»,7 le confesó entre gemidos otra alma.

Aprendiendo de las almas

Investida por la Providencia con esta ardua misión, Eugenia naturalmente se vio muy beneficiada por las almas, no sólo cuando marchaban al Cielo, sino también durante las apariciones. A veces recibía duras reprensiones de almas descontentas con su falta de generosidad. «Soy agradecida cuando las almas del purgatorio me ayudan a cambiar para mejor»; «¡Gracias a Dios que ahora ellas se encargan de mi educación!»,8 se sinceraba. A menudo, la propia vidente les preguntaba qué veían en ella susceptible de perfeccionamiento. Las almas siempre se manifestaban muy exigentes, pues ya habían conocido la Perfección…

El refrigerio de las almas en el purgatorio

Lo que le pedían invariablemente era mucha mortificación de la voluntad y de los sentidos, además de olvidarse de sí misma y ser generosa. Ella buscaba unirse a Cristo, completando en su carne lo que faltaba a los padecimientos del Redentor (cf. Col 1, 24). Llegaba a flagelarse, cuando se lo pedían, y permanecía despierta noches enteras, en verdadero martirio.

Santa misa en sufragio de las almas del purgatorio, de Jaume Cirera – Iglesia de Santa María, Tarrasa (España)

El banquete eucarístico era, sin duda, la mayor fuente de consolación para las almas, sobre todo para aquellas que durante su vida manifestaron una sincera y profunda devoción a la santa misa. «La corriente del sacrificio corre sin parar. Es la salvación de quienes han creído en él»,9 explicaba una de ellas. Sin embargo, no se beneficiaban tanto aquellas cuya devoción eucarística fue ínfima: «No todos reciben los frutos; Dios es justo».10

El agua bendita también era al mismo tiempo el consuelo de las almas y la protección de Eugenia. Consuelo porque aliviaba sus sufrimientos y protección cuando satisfacía las exigencias de algunas que amenazaban con agredirla. Curiosamente, a pesar de tratarse de espíritus, la princesa no veía ninguna gota de agua bendita en el suelo después de asperger a sus visitantes.

Nuestros diarios

El 17 de diciembre de 1928 finaliza el diario de Eugenia von der Leyen, quien entregó su alma a Dios el 9 de enero del año siguiente.

Cerremos este diario y abramos el nuestro, pues el misterio que envuelve el más allá aún continuará interrogando las conciencias sobre la disposición de nuestras almas ante el futuro incierto. Por extraordinarios que sean los avances de la tecnología, de la ciencia y de la medicina, que pretenden saciar la sed de omnipotencia del hombre contemporáneo, siempre quedará en el centro de su espíritu la inseguridad acerca del instante de la muerte y lo que sigue.

Cuando llegue ese momento — que a todos nos llegará—, ¿qué habré hecho con los talentos que el Señor me confió?

Nada se esconde a sus ojos: todos nuestros pensamientos, palabras, actos y omisiones permanecen grabados. Cabe que examinemos nuestras acciones y recuperemos la amistad del Creador mientras vamos de camino hacia la Patria (cf. Mt 5, 25), porque en el divino tribunal el Juez es el ofendido y no hay segunda instancia.

Sin embargo, que nuestro deseo de perfección no se vea impulsado únicamente por el miedo. El amor nos llevará más alto que el temor, como se desprende de las palabras del papa Benedicto XVI:

«El juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia. Si fuera solamente gracia que convierte en irrelevante todo lo que es terrenal, Dios seguiría debiéndonos aún la respuesta a la pregunta sobre la justicia, una pregunta decisiva para nosotros ante la historia y ante Dios mismo. Si fuera pura justicia, podría ser al final sólo un motivo de temor para todos nosotros. La encarnación de Dios en Cristo ha unido uno con otra —juicio y gracia— de tal modo que la justicia se establece con firmeza: todos nosotros esperamos nuestra salvación “con temor y temblor” (Flp 2, 12). No obstante, la gracia nos permite a todos esperar y encaminarnos llenos de confianza al encuentro con el Juez, que conocemos como nuestro “abogado” (cf. 1 Jn 2, 1)».11 

 

Notas


1 Se les atribuyó el título principesco de los Von der Leyen porque sus descendientes eran miembros soberanos de la Alianza del Rin desde el 12 de julio de 1806 (cf. GUILLET, Arnold. «Apresentação». In: VON DER LEYEN, Eugenia. Conversando com as almas do Purgatório. 2.ª ed. São Paulo: Ave-Maria, 1996, p. 10).

2 CCE 1030-1031.

3 GEHRING, Peter. «Prefácio». In: VON DER LEYEN, op. cit, p. 41.

4 VON DER LEYEN, op. cit, p. 165.

5 Ídem, p. 137.

6 Ídem, p. 81.

7 Ídem, p. 173.

8 Ídem, pp. 93; 110.

9 Ídem, p. 142.

10 Ídem, p. 179.

11 BENEDICTO XVI. Spe salvi, n.º 47.

 

2 COMENTARIOS

  1. Impresionan las narraciones del diario de la princesa Eugenia von der Leyen en sus últimos ocho años de vida sobre las visitas que recibía y el conocimiento de los muchos sufrimientos de las almas del purgatorio.

    Esta alma, de elevada Nobleza, Dios la invistió con una misión de misericordia, a fin de sufrir por las almas del purgatorio de una manera singular.

    Me sorprende, además, cómo la princesa Eugenia se muestra agradecida “cuando las almas del purgatorio me ayudan a cambiar para mejor” y les pregunta qué veían en ella de susceptible al perfeccionamiento. Estas almas siempre se manifestaban muy exigentes, pues ya habían conocido la Perfección…

    El Dr. Plinio nos dice que sólo hay 2 consolaciones en el purgatorio: La primera es que la persona sabe con toda certeza que está salvada, que el Cielo está garantizado para ella. La otra consolación es que el alma del justo, después de ser juzgada, tiene una noción muy clara de lo que ella tiene de malo y tiene prisa de purificarse, desea purificarse. Ella comprende que necesita sufrir y desea ese sufrimiento y por ello tiene apetencia de ese lugar bendito, lugar de dolores merecidos, donde va a ser purificada del mal que hizo y ella se arroja al purgatorio con el ansia de purificarse.

    El Dr. Plinio también nos consuela diciendo que en las fiestas de la Iglesia Nuestra Señora baja al purgatorio con una corte de ángeles y de santos y se lleva, porque Ella quiere y porque Dios la da todo el poder, un número grande de almas para el Cielo purificadas de un momento a otro, por un toque especial de la gracia.

    Dios se complace con las mediaciones, nos dice el autor de este magnífico artículo, D. Adriel Brandelero, como la de esta santa princesa. Nosotros aferrémonos a la devoción de la Eucaristía y al Santo Rosario de Nuestra Señora para llenarnos de confianza a pesar nuestros muchos pecados y para abreviar el purgatorio a la Iglesia purgante.

    Fé Colao García – Gijón (Asturias), España

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