Cuando el alma aspira a los bienes celestiales, se mantiene erguida, sin inclinarse de manera alguna. Y los espíritus malignos, al verla perseverar en su integridad, no pueden «pasar» por encima, o sea, sembrarle deseos impuros.

 

En el fragmento del Evangelio que acaba de ser proclamado (Lc 13, 6-13), habéis escuchado, hermanos míos, el relato de dos hechos: el de la higuera estéril y el de la mujer encorvada. Ahora bien, ambos ponen en juego la misericordiosa bondad divina. El primero la expresaba por una comparación, el segundo la hacía sensible mediante una acción. […]

Hombres de espíritu encorvado

«Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo» (Lc 13, 10-11). […]

El pecador, preocupado por las cosas de la tierra y no buscando las del Cielo, es incapaz de mirar hacia lo alto: como sigue los deseos que lo arrastran hacia abajo, su alma —al perder la rectitud— se curva y sólo ve aquello en lo que piensa constantemente.

Echad una mirada atrás en vuestros corazones, queridísimos hermanos, y examinad continuamente los pensamientos que no dejan de rondar vuestro espíritu: uno está discurriendo sobre honores, otro sobre el dinero, tal otro en cómo aumentar sus propiedades. Todo esto son cosas bajas y cuando el hombre se entrega a ellas, se encorva, pierde su rectitud. Y si no se yergue para desear los bienes celestiales, acabará como la mujer encorvada, absolutamente incapaz de mirar hacia lo alto.

La razón nos indica el camino, pero nos faltan las fuerzas

El texto evangélico prosigue diciendo: «Al verla, Jesús la llamó y le dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”. Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha» (Lc 13, 12-13).

Si la ha llamado y enderezado es porque la ha iluminado y ayudado. En cambio, otras veces, Él llama y no endereza; su gracia nos ilumina, pero no puede ayudarnos debido a nuestras faltas. De hecho, a menudo vemos lo que deberíamos hacer y no lo llevamos a cabo. Nos esforzamos, y luego flaqueamos. La razón nos indica el camino recto, pero nos faltan las fuerzas para seguirlo con obras.

Eso es parte del castigo debido al pecado. El don de la gracia nos permite ver el bien, pero en pago por nuestros actos nos hallamos apartados de lo que habíamos visto. Una falta repetida enreda tanto al alma que ya no puede volver a su posición vertical. Se esfuerza, después recae: la falta en la que ha persistido durante mucho tiempo por voluntad propia, la vuelve a cometer por coerción incluso cuando ya no lo desea.

«Estoy encorvado y en gran manera abatido»

El salmista describe muy bien esa curvatura nuestra cuando dijo de sí mismo, como representando a todo el género humano: «Estoy encorvado y en gran manera abatido» (Sal 38, 7).

Considera que el hombre, aun habiendo sido creado para contemplar la luz de lo alto, fue expulsado del paraíso a causa de sus pecados y, en consecuencia, las tinieblas reinan en su alma, haciéndole perder el apetito de las cosas de arriba y concentrar su atención en las de abajo. Y el salmista, sufriendo al ver al género humano, al que pertenece, reducido a tal estado, grita hablando de sí mismo: «Estoy encorvado y en gran manera abatido».

Si el hombre, perdiendo de vista las cosas del Cielo, nada más que piensa en las necesidades de la carne, estará sin duda encorvado y humillado, pero no en exceso. Ahora bien, como no sólo la necesidad hace que mengüen sus pensamientos de la consideración de las cosas de lo alto, sino que también el placer prohibido lo deja abatido, entonces no está simplemente encorvado, sino que lo está en exceso.

Quien se preocupa únicamente con las cosas de la tierra no es miembro de Cristo

Al respecto, otro profeta afirma a propósito de los espíritus impuros: «Ellos le han dicho a tu alma: “Encórvate para que pasemos por encima”» (cf. Is 51, 23).

Cuando el alma aspira a los bienes de lo alto, se mantiene erguida, sin encorvarse de manera alguna hacia abajo. Y los espíritus malignos, al verla perseverar en su integridad, no pueden «pasar» por ella; o sea, no pueden sembrar en ella deseos impuros.

Entonces le dicen: «Encórvate para que pasemos por encima», porque si no se abaja por ella misma a desear las cosas terrenales, su perversidad no tendrá ninguna fuerza contra ella. No pueden pasar por encima: la inflexibilidad que muestra hacia ellos, aplicándose a las cosas de lo alto, la hace temible.

Somos nosotros, queridísimos hermanos, somos nosotros los que les franqueamos el paso a los espíritus malignos cuando codiciamos las cosas de la tierra y nos encorvamos para buscar los bienes transitorios. Ruboricémonos, pues, por codiciar de esta manera las cosas de la tierra. Sonrojémonos por ofrecer el dorso de nuestro espíritu a los adversarios que quieren subirse en él.

Moisés prohibió a los jorobados ser promovidos al sacerdocio

El que está encorvado mira siempre hacia la tierra; y el que procura las cosas de abajo se olvida de la recompensa que le ha rescatado. De ahí la prescripción de Moisés que prohibía absolutamente a los jorobados ser promovidos al sacerdocio (cf. Lev 21, 20). Ahora bien, todos nosotros que hemos sido redimidos por la sangre de Cristo nos convertimos en miembros de este Sumo Sacerdote.

Por eso Pedro nos declara: «Sois un linaje elegido, un sacerdocio real» (1 Pe 2, 9). Pero el que es jorobado no mira más que a las cosas de aquí abajo; por tanto, se ve excluido del sacerdocio, pues el que se preocupa tan sólo con las cosas de la tierra demuestra que no es miembro del Sumo Sacerdote.

Nuevamente con respecto a esto, el pueblo fiel se ve prohibido de comer pescado que no tenga aletas. Pues los peces con aletas y escamas suelen saltar fuera del agua. ¿Qué representan entonces esos peces alados sino las almas de los elegidos?

Sin duda, solamente las almas sustentadas en este momento por las aletas de sus virtudes son las que pasan al cuerpo de la Iglesia del Cielo: conocen el arte de saltar fuera del agua por su deseo de la eterna bienaventuranza, subiendo ávidamente hacia las cosas de lo alto por la contemplación, aunque luego vuelvan a caer enseguida por el peso de su naturaleza mortal.

Consideremos con horror nuestra curvatura

Entonces, queridísimos hermanos, si hemos reconocido ahora los bienes de la Patria celestial, consideremos con horror nuestra curvatura. Conservemos en la memoria la mujer encorvada y el árbol sin fruto. Acordémonos del mal que hemos cometido y echemos un cesto de abono en la raíz de nuestro corazón, a fin de que aquello que nos repugnaba aquí abajo en la penitencia nos traiga un día, por su acción fertilizante, el fruto de la recompensa.

Y si no podemos practicar con toda perfección las virtudes, Dios mismo se regocijará al vernos deplorarla. Le estaremos agradando desde el propio comienzo de nuestra justicia, nosotros que nos penitenciamos de las acciones injustas que hemos cometido. Y nuestro llanto será de corta duración, pues las alegrías eternas habrán enjugado pronto nuestras lágrimas pasajeras, por Nuestro Señor Jesucristo, que siendo Dios vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.

Fragmentos de: SAN GREGORIO MAGNO.
«Homilías sobre los Evangelios». Homilía XXI,
pronunciada en la basílica de San Lorenzo Mártir,
el 9 de junio del 591: PL 76, 1228-1232.

 

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