La costumbre polaca de decorar con flores e iluminar las tumbas el día de los difuntos revela nuestra esperanza de alcanzar el Paraíso. Y tal expectativa se robustece cuando nos convencemos de que el término de esta vida es el comienzo de otra sin fin, mucho más bella y mejor.

 

Los cementerios, a menudo sombríos y poco acogedores, reciben en Polonia un color todo especial el día de los difuntos, gracias a una antigua tradición católica. En esa fecha muchos polacos se dirigen a los lugares donde los cuerpos de sus antepasados descansan a fin de rendirles homenaje y, principalmente, rezar por sus almas. Es lo que en el idioma local se denomina Dzień Zaduszny, día de todas las almas.

El homenaje comienza el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos. Después de haber asistido a Misa, las familias se reúnen junto a las tumbas para rezar y encender velas benditas. Éstas arden durante toda la noche, hasta consumirse, pues, según una inocente creencia de origen medieval, ayudan a las almas del Purgatorio a alcanzar la visión beatífica.

Al día siguiente, conmemoración de los fieles difuntos, los parientes participan nuevamente en el Santo Sacrificio y regresan al cementerio para continuar las oraciones por los fallecidos. Es la magnífica contribución de la Iglesia militante a aquellos que vivieron en la fe en Cristo y sobrepasaron el umbral de la eternidad.

Narran las Escrituras que, después de una de sus batallas, Judas Macabeo envió una colecta a Jerusalén con la intención de ofrecer un sacrificio por los que habían perecido. Sobre su actitud comenta el autor sagrado: «Obró con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección. Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos. Pero, considerando que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio, la idea era piadosa y santa. Por eso, encargó un sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran liberados del pecado» (2 Mac 12, 43-46). Con los méritos de la sangre del Redentor esa conducta se sublimó, resultando en la costumbre difundida en Polonia.

El empeño de los devotos polacos en limpiar las tumbas, incluso de desconocidos, y adornarlas con color y brillo revela el espíritu de pulcritud y piedad de su nación. Se trata de una noble tradición, pasada con fidelidad de padres a hijos, que enseña a las generaciones futuras el respeto debido a aquellos de los que descendemos.

Además, no es raro que se repita esta escena en los Dzień Zaduszny: la distribución de panes a los niños y a los necesitados. De la misma manera que ruega por los difuntos, la Iglesia, como madre solícita, no deja de estimular actos de caridad para con los que siguen combatiendo en esa vida.

Hay además una «coincidencia» interesante. En esa época del año, otoño en el hemisferio norte, el escenario decorado por los árboles secos y las hojas yacentes en el suelo, ya sin la habitual coloración verde, recuerda cuán pasajera es la existencia terrena. El ambiente impregnado de fe y las oraciones de los polacos revelan la esperanza que nosotros los cristianos tenemos de adquirir el Paraíso. Y tal expectativa se robustece aún más cuando nos convencemos de que el término de esta vida es el comienzo de la otra sin fin, mucho más bella y mejor.

Cementerios polacos adornados con flores y luces, con ocasión del día de los difuntos

Ojalá esa práctica de la católica nación eslava pueda extenderse a otros territorios, como un estandarte ostentando la grandeza de las realidades celestiales, en contraposición a la futilidad de los bienes de la tierra. 

 

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