La irrupción de la Luz en la historia

Así como, en su vida pública, el Señor irrumpió con luz salvífica en medio de las tinieblas de la apostasía, debemos confiar en su intervención en los oscuros días que vivimos.

25 de enero – III Domingo del Tiempo Ordinario

A pesar de toda apariencia contraria, la trama de la historia está tejida por las sapientísimas y bondadosas manos del Padre. Considerada en su conjunto, nos manifiesta de manera espléndida la grandeza del poder divino, que lleva a cabo sus sublimes designios sin menoscabar nunca la libertad del hombre, que tan a menudo a ellos se opone mediante el pecado.

El ejemplo prototípico de esa misteriosa y fascinante realidad lo tenemos en la encarnación del Verbo para redimir al género humano. San Agustín, en su himno Exultet, que toda la Iglesia canta el Sábado Santo, afirma con admirable audacia, refiriéndose a la falta de Adán: «¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!». Ante el desafío que la rebeldía humana supone para la realización de los proyectos divinos, la sabiduría de aquel que es Luz infinita e indefectible triunfa siempre con nuevos y mayores prodigios.

Esto es lo que vemos que sucede en Galilea de los gentiles. El pasaje del profeta Isaías recogido en la primera lectura de este domingo (cf. Is 8, 23–9, 3) muestra el contraste entre las tinieblas y la luz. Como justo Juez, Dios había humillado la tierra de Neftalí y Zabulón; les faltaba la luz de la fe, todo era sombra y tristeza. Sin embargo, Él decidió cubrir de gloria el camino del mar: las tinieblas son expulsadas por la Luz maravillosa, que trae vida y alegría perfectas.

Este anuncio se cumple plenamente con la misión pública de Jesús a orillas del mar de Galilea, como nos lo señala el Evangelio de San Mateo (cf. Mt 4, 12-23). Él era la Luz que con su palabra iluminaba a los hombres de aquella región, diciéndoles: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos» (4, 17). Y, para sellar con autoridad sobrenatural la autenticidad de su llamamiento, el Señor multiplicaba los prodigios en favor de los enfermos, de los poseídos por el demonio y de los más necesitados.

Bendita Galilea, primero castigada, luego perdonada y exaltada. Pasó de las tinieblas a la luz —¡y qué luz!— por el magnífico poder del Omnipotente.

Queda, no obstante, preguntarse: ¿qué hizo Galilea con esa Luz de infinita belleza? Del entusiasmo inicial, cayó en el descuido, terminando en el desprecio y en el odio. ¿El resultado? Una maldición aún más terrible: «Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el Cielo? Bajarás al abismo» (Mt 11, 23). ¿Cuál es el motivo de tan terrible castigo? El hecho de no haberse convertido.

Detalle de «El Juicio final» de Stephan Lochner – Museo Wallraf-Richartz, Colonia (Alemania)

Si observamos la actual situación del mundo, comprobaremos, consternados, cómo el proceso de apostasía está enterrando los últimos rescoldos de fe en el Occidente otrora cristiano. ¿Vendrán los castigos? Con tristeza y aprensión hemos de reconocer que existen elevadas probabilidades.

Sin embargo, la potente y misericordiosa mano de Dios, que arrojará a los corazones endurecidos a la región de las tinieblas, enviará al mundo purificado los esplendores de la Luz admirable, haciendo renacer con nuevo vigor la santa alegría en el resto que ha permanecido fiel. Y, esta vez, lo hará de forma patente a través de María Santísima, aquella que, en palabras del papa Benedicto XV, «junto con Cristo redimió al género humano».1 ◊

 

Notas


1 Benedicto XV. Inter sodalicia: AAS 10 (1918), 182.

 

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