La conversión de Francis Collins – Y la ciencia se inclinó ante la fe…

Muchos hombres utilizan la ciencia para tratar de demostrar que Dios no existe. Sin embargo, el renombrado médico Francis Collins defiende la razonabilidad científica de su fe.

El universo encierra innumerables misterios que inquietan el corazón humano. Desde los astros más grandes hasta los diminutos granos de arena, todo contiene maravillas y complejidades tan armoniosas que no hay forma de eludir las preguntas: «¿Cómo es posible que esto exista de esta manera? ¿Hay una mente detrás de tal orden?». El deseo de conocer la verdad nos lleva, entonces, a ahondar en los enigmas que cada rincón del mundo esconde.

Sin embargo, hay muchos estudiosos que utilizan sus conocimientos para intentar negar la existencia del Creador y que buscan desvelar tales misterios únicamente a través de causas segundas, haciendo todo lo posible por evitar la conclusión última y definitiva: en el origen de todo está Dios.

Pero, afortunadamente, no representan a la totalidad de los científicos. Entre los que salen de la norma destaca Francis Collins, gran exponente de la bioquímica y director de la comisión de estudios internacional del Proyecto Genoma Humano. No se conforma con tener fe, sino que se esfuerza por proclamarla a los cuatro vientos. Es autor de obras que pretenden fundamentar el cristianismo en datos obtenidos de sus investigaciones y su experiencia personal.

Algunos pensarán que se trata de otro católico más que, al convertirse en científico, se sirvió de sus conocimientos para sustentar sus creencias; no obstante, eso está lejos de ser su historia.

Orígenes ajenos a la fe

Francis Collins nació en 1950 y tuvo una infancia no muy diferente a la de cualquier otro joven estadounidense de su época.

Creció en una pequeña granja del estado de Virginia, en un entorno ajeno a la religión. Desde su primera juventud manifestó fascinación por las ciencias. Le encantaba poder conocer los átomos y moléculas que constituyen los seres vivos y no tenía otro propósito en su vida que dedicarla al estudio del universo a través de la química. Pero la Providencia divina le había asignado un papel muy superior al que jamás era capaz de imaginar.

A los 16 años ingresó en la Universidad de Virginia para estudiar su materia favorita y seguir la carrera científica. Como joven novato, se entusiasmaba con las cuestiones candentes que bullían entre los alumnos, las cuales, naturalmente, también convergían en el problema de la existencia de Dios. Al tener una espiritualidad muy precaria, era arrastrado fácilmente por los argumentos de sus colegas ateos.

En ese momento de su vida se convenció de que, si bien las religiones habían desempeñado un papel muy importante en la formación de las culturas, no sostenían una verdad fundamentada. Por esta razón, empezó a declararse agnóstico, término usado para indicar a alguien que simplemente no sabe si Dios existe o no.

Así se fueron formando en su mente una serie de prejuicios con respecto al cristianismo.

Del agnosticismo al ateísmo

Después de graduarse en Química, se doctoró en Física y Química en la Universidad de Yale, con tan sólo 22 años. Francis Collins estaba cada vez más convencido de que el universo podía explicarse únicamente mediante ecuaciones y principios físicos. Así, poco a poco fue abandonando su postura agnóstica para emprender el camino del ateísmo convencido: «Me sentía bastante cómodo cuestionando las creencias espirituales de cualquiera que las mencionara en mi presencia, y definía estos puntos de vista como sentimentalismo y supersticiones anticuadas».1

Sin embargo, su posición militante frente a la religión no era meramente fruto de razonamientos. Collins confiesa que el ateísmo, en el fondo, era resultado de una justificación para sus actos morales, una actitud que más tarde calificaría como «ceguera voluntaria». La creencia en Dios exigía un cambio de costumbres que no estaba dispuesto a asumir.

Tras el doctorado, Francis se dio cuenta de que sus estudios y tesis sobre termodinámica —área que, en su opinión, ya no ofrecía nuevos avances significativos— lo conducirían por un camino que le repugnaba: el de un profesor universitario dedicado exclusivamente a dar clases a estudiantes apáticos. Este temor lo llevó a inscribirse en un curso de Bioquímica, un campo con más posibilidades de desarrollo.

El sufrimiento le abre los ojos

Poco antes de concluir su doctorado, había solicitado ser admitido en la Facultad de Medicina de Carolina del Norte.

En el tercer año de estudios, tuvo la oportunidad de entrar en contacto con la realidad de un hospital y adquirir intensas experiencias en el trato con pacientes. Allí se dio el primer paso hacia un giro radical en su vida.

Cuando los enfermos se enfrentaban al sufrimiento y a la inminencia de la muerte, a menudo desaparecía esa reserva que normalmente impide a los desconocidos intercambiar sentimientos íntimos. Los alumnos de Medicina acababan convirtiéndose en los confidentes más asiduos —o incluso en fieles amigos — de los dolientes y moribundos, que ya no tenían por qué ocultar sus pensamientos sobre la vida.

El joven en prácticas Francis Collins se quedaba asombrado al ver la espiritualidad de la mayoría de los enfermos. Presenciaba momentos en que la fe les proporcionaba una serenidad definitiva, a pesar de los sufrimientos, y le extrañaba el hecho de que ninguno de sus pacientes se rebelara contra Dios ni exigiera a sus familiares que pararan toda esa «charla» sobre el poder sobrenatural y la benevolencia divina. Estas observaciones lo llevaban a concluir que si la fe no era más que una muleta psicológica, al menos debía ser muy poderosa.

Era el primer paso hacia la conversión definitiva.

¿Un científico que no tiene en cuenta los datos?

Pensamientos de ese tipo comenzaron a dominar su mente, dejándolo desconcertado. Esta confusión llegó a su punto álgido cuando entró en contacto con una anciana que padecía dolores agudos y sin perspectivas de alivio. Ella le preguntó en qué creía él. Collins se sonrojó ante la pregunta y tartamudeó, avergonzado: «Pues no lo sé».

Aquellos breves segundos de conversación lo atormentaron durante varios días. Se percató de que nunca una evidencia había sopesado seriamente a favor y en contra de una creencia: «¿Acaso no me consideraba un científico? ¿Un científico saca conclusiones sin tener en cuenta los datos?».2

«¿No me consideraba un científico? ¿Un científico saca conclusiones sin tener en cuenta los datos?»
Dr. Francis Collins

De repente, todos sus argumentos para negar la existencia de Dios parecían demasiado débiles frente ante las convicciones religiosas de una señora que probablemente nunca había estudiado sus creencias en profundidad, pero que poseía lo más importante: la fe.

A partir de entonces, Francis Collins no tuvo otro interés que analizar los diversos credos y buscar el que poseía mayor razonabilidad. Empezó a leer pequeños resúmenes sobre todo tipo de religiones, pero ninguna le parecía coherente.

En busca de la razonabilidad de la fe

Collins no encontró mejor manera de resolver esta dificultad que pedirle consejo a un pastor protestante que vivía en una casa vecina a la suya. Le expuso su situación y le preguntó si había alguna racionabilidad en la creencia cristiana. Su interlocutor tomó un libro de su biblioteca privada y se lo entregó, recomendándole su lectura.

Se trataba de la obra Mere Christianity, de Clive Staple Lewis, profesor de Oxford, dedicada a presentar argumentos muy convincentes a favor del cristianismo. Es curioso que, a pesar de haber sido escrito por un anglicano, el libro acabó conduciendo a Francis Collins al seno de la Iglesia Católica. Definitivamente, Dios escribe recto en renglones torcidos…

Mere Christianity llamó mucho la atención de Collins por el argumento relativo a la ley moral. En efecto, Lewis afirma —en total acuerdo con la doctrina católica— que se encuentra inscrita en el alma de la totalidad de los hombres.

Esta ley se invoca de diversas maneras, todos los días, sin que aquel que lo hace se detenga a analizar las bases de su argumento. Desde un niño que declara que «no es justo» que se reparta diferentes cantidades de helado en una fiesta de cumpleaños, hasta dos médicos que discuten sobre la licitud de llevar a cabo investigaciones con células madre embrionarias, uno oponiéndose a ellas, porque viola la santidad de la vida humana y el otro defendiéndolas, pues el potencial para aliviar el sufrimiento humano constituye una justificación razonable para ello, todos tendrán que recurrir a un patrón de conducta, aunque sea implícitamente. Este patrón es la ley moral, que también puede ser llamada «la ley del comportamiento correcto», y se trata de saber si una acción determinada se acerca o se aleja de las exigencias de dicha ley.

Alguien podría objetar que esa ética es fruto de ciertas tradiciones culturales. Lewis, no obstante, muestra cómo afirmar esto sería una «mentira rotunda. Si alguien va a una biblioteca y pasa unos días estudiando la Enciclopedia de Religión y Ética, pronto descubrirá la inmensa unanimidad de la razón práctica en el ser humano. Desde el himno babilónico a Samos, pasando por las leyes de Manu, el Libro de los Muertos, las Analectas de Confucio, los estoicos y los platónicos, hasta los aborígenes australianos y los pieles rojas de Estados Unidos, encontrará las mismas denuncias triunfalmente monótonas de opresión, asesinato, traición y falsedad; las mismas obligaciones de bondad hacia los ancianos, los jóvenes y los más débiles, sobre la limosna, la imparcialidad y la honestidad».3

La caridad: ¿cómo explicarla?

Sin embargo, la ley moral también tiene otra dimensión que asombró a Francis Collins: el altruismo, la generosidad que brota en el alma humana cuando se enfrenta a una situación que exige ayudar al prójimo, estando dispuesta a sacrificarse únicamente en beneficio del otro. Es el denominado ágape, que no busca retribución.

Lewis defiende, con sólidos argumentos, que el altruismo representa un gran desafío para los ateos evolucionistas, pues hasta hoy no han podido explicar cómo este impulso ha podido surgir en el ser humano por vía exclusivamente natural. No existe, en ningún ser irracional, un paralelo convincente con el ágape.

Ahora bien, si la ley natural no proviene ni de las condiciones culturales ni de la evolución, ¿cómo se explica? Lewis responde:

«Si existiera un poder controlador fuera del universo, no podría mostrársenos como uno de los hechos que forman parte del universo, del mismo modo que el arquitecto de una casa no puede ser una de las paredes o la escalera, o la chimenea de esa casa. La única manera en que podemos esperar que se mostrara es dentro de nosotros mismos, como una influencia o una orden que intentara obligarnos a comportarnos de determinado modo. Y eso es lo que encontramos dentro de nosotros mismos. Sin duda, ¿esto no debería despertar nuestras sospechas?».4

El ateísmo ya no tenía sentido

El entonces joven médico de 26 años quedó completamente atónito ante la razonabilidad que la fe le ofrecía y cómo esas realidades eran obnubiladas por la vivencia del mundo contemporáneo.

Collins se adhirió a la fe católica, pues el Dios de los cristianos era quien mejor personificaba las razones para creer en una divinidad
Sagrado Corazón de Jesús – Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, Caieiras (Brasil)

La ley moral reflejaba los rayos esplendorosos del Creador y le exigía una serie de consideraciones con respecto a Dios. El agnosticismo, que antaño le había parecido un paraíso seguro, se revelaba como una innegable excusa del mal proceder.

Tras un largo proceso de conversión, en el que se fueron derribando otras objeciones, Francis Collins acabó adhiriéndose a la religión católica, pues se dio cuenta de que el Dios de los cristianos era el que mejor personificaba las razones que él había encontrado para creer en una divinidad.

Una esperanza para otros

El relato de la conversión de alguien que aún vive, y que ha dedicado su existencia al estudio del ADN humano, constituye una prueba más de que la religión no se limita a una absurda creencia a la que uno se adhiere porque nuestros padres así nos la enseñaron, sino que es un hecho razonable incluso desde un punto de vista científico.

El nombre de Francis Collins es una esperanza de conversión para los hombres cuya «fe» en los prejuicios contra la religión es la mayor barrera para creer en Dios. ◊

 

Notas


1 Collins, Francis. The Language of God. A Scientist Presents Evidence for Belief. New York: Free Press, 2007, p. 16.

2 Idem, p. 20.

3 Lewis, Clive Staple. Christian Reflections. Grand Rapids: William B. Eerdmans, 1967, pp. 95-96.

4 Lewis, Clive Staple. Mere Christianity. New York: HarperCollins, [s. d.], p. 24 [ebook].

 

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