Junto a María, todo tiene solución

Judas Iscariote acababa de consumar su nefasto plan. Ni siquiera las misericordiosas amonestaciones de Jesús pudieron disuadirlo de la infamia deicida, y al siniestro tintineo de sus treinta monedas, vagaba errante entre las sombras de la noche. Por poco tiempo, ese dinero inmundo le proporcionaría cierta satisfacción…

Pero Judas no era el único traidor que deambulaba en la oscuridad.

El Señor se encontraba de camino a la casa de Caifás para el inicuo juicio que lo llevaría a la muerte, cuando divisó entre la multitud a uno de sus discípulos, el primero de ellos: Simón Pedro. Por un instante, sus miradas se cruzaron. En ese momento, Pedro se sintió reo de la mayor atrocidad que podía cometer: habiendo abandonado al Maestro cuando éste más necesitaba su ayuda, acababa de negarlo públicamente, tres veces, ante una criada.

Judas lo renegó por codicia; Pedro, por cobardía. «¡Infiel, hipócrita, traidor infame!», apostrofaba el enemigo infernal en la conciencia de ambos. Quería, pues, conducirlos a un crimen aún mayor.

¿Un crimen mayor… que traicionar al Hombre-Dios? Sí.

En una aparición a la religiosa española Josefa Menéndez, a principios del siglo xx, el Sagrado Corazón de Jesús se quejó precisamente de este gravísimo pecado, la desesperación, que acompaña necesariamente al desprecio del perdón divino: «Desde que Judas me entregó en el huerto de los olivos, anduvo errante y fugitivo, sin poder acallar los gritos de su conciencia, que le acusaba del más horrible sacrilegio. Cuando llegó a sus oídos la sentencia de muerte pronunciada contra mí, se entregó a la más terrible desesperación y se ahorcó. ¡Quién podrá comprender el dolor inmenso de mi Corazón cuando vi lanzarse a la perdición eterna esa alma que había pasado tres años en la escuela de mi amor!… […] ¡Judas! ¿Por qué no vienes a arrojarte a mis pies para que te perdone?…».1

La desconfianza en la clemencia de Dios hería más el Corazón de Jesús que la traición por la que padecía todos los tormentos de la pasión. Sin embargo, Judas se cerró voluntariamente para siempre al amor del Maestro, sellando su desesperación con un espantoso suicidio.

Mientras el cadáver del Iscariote colgaba de una higuera, otro criminal lloraba su infidelidad. En medio de lágrimas de dolor, una gracia movía el alma de Pedro a una verdadera contrición. Pero ¡oh, desgracia!, el Maestro ya había sido crucificado y sepultado… ¿Cómo iba a pedirle perdón? En ese momento de angustia, tal vez el primer Papa se acordara de la Santísima Virgen y hacia Ella corriera apresuradamente.

Podemos imaginar esa conmovedora escena. Nuestra Señora se encontraba en compañía de San Juan cuando sonaron unos golpes en la entrada de la casa. Al abrírsele la puerta, Simón no pronunció una sola palabra. Ni era necesario, pues sus lágrimas hablaban por sí solas. María, al ver su sincero arrepentimiento, lo miró con indescriptible afecto… y tampoco necesitó decir nada. Todo estaba resuelto.

«A diferencia del infame Judas Iscariote, que se ahorcó sumido en el fango de la traición y de su obstinado orgullo, él [San Pedro] experimentó el insondable abismo de amor que abrasaba el Corazón de María. Y comprendió que, en cualquier situación de la vida, fuera bueno o malo el estado de su alma, siempre encontraría allí un océano de misericordia, bondad y cariño, siempre que acudiera a Ella con espíritu contrito y humillado».2 ◊

 

Notas


1 Menéndez, RSCJ, Josefa. Un llamamiento al amor. México: Patria, 1949, p. 318.

2 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. ¡María Santísima! El Paraíso de Dios revelado a los hombres. Lima: Heraldos del Evangelio, 2021, t. ii, p. 504.

 

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