Fidelidad a la vocación laical

Catecismo de la Iglesia Católica

§898 Los laicos tienen como vocación propia el buscar el Reino de Dios ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según Dios. A ellos de manera especial corresponde iluminar y ordenar todas las realidades temporales, a las que están estrechamente unidos, de tal manera que éstas lleguen a ser según Cristo, se desarrollen y sean para alabanza del Creador y Redentor.

 

Las enseñanzas de este párrafo, un verdadero compendio de la vocación laical, corresponden al número 31 de la constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II. En él leemos los tres principales temas teológicos que fundamentan dicha vocación.

En primer lugar, el texto recuerda que los laicos son incorporados a Cristo por el bautismo. En efecto, recibir este sacramento, pórtico de la vida en el Espíritu, los convierte en miembros de la Iglesia y los purifica del pecado original y de los pecados personales, para que vivan una filiación divina indeleble y así, por la perseverancia en la fe, alcanzar el Reino de los Cielos.1

A continuación, declara que por el bautismo los laicos son constituidos en pueblo de Dios, destacando la nueva e irrevocable alianza establecida entre el Señor y los bautizados en la comunidad eclesial.

Finalmente, esta fundamentación teológica concluye enseñando que los laicos, «hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde».2

Los laicos participan en el oficio sacerdotal de Cristo ofreciendo sus vidas, actividades y sufrimientos, principalmente en la celebración de la sagrada eucaristía, como sacrificios espirituales. Se asocian a su profetismo dando testimonio de la fe, proclamando el Evangelio y denunciando sin temor el mal en los diversos ambientes de la sociedad. Por último, ejercen la realeza de Jesús al vencer en sí el reino del pecado y al hacer presente al Señor entre los hermanos, por la caridad y por la justicia.3

A la luz de estas enseñanzas, la figura de Dña. Lucilia Corrêa de Oliveira, homenajeada en este número, se presenta como un notable modelo de fidelidad a la vocación laica; su vida admirable se confirma por dos aspectos significativos. Por un lado, los testimonios la reconocen como ejemplo en la práctica de las virtudes, ya sea como esposa, sea como madre católica; por otro, numerosos fieles aseguran haber obtenido sorprendentes favores de Dios a través de su intercesión.

Estos dos antecedentes, técnicamente conocidos como fama de santidad y fama de signos o de milagros de que goza un fiel difunto, constituyen los dos requisitos obligatorios para iniciar las investigaciones diocesanas en las causas de beatificación y canonización, según lo dispuesto en el artículo 7 de la instrucción Sanctorum Mater, del Dicasterio para las Causas de los Santos.

De hecho, Dña. Lucilia forma parte de los fieles laicos que auténticamente han buscado «el Reino de Dios y su justicia» (Mt 6, 33), brillando por el ejemplo de virtudes y por la pureza de costumbres, cuyo reconocimiento, se augura, pueda ser ratificado algún día por la Santa Madre Iglesia. 

 

Notas


1 Cf. CEC 1213-1214; 1272.

2 Concilio Vaticano II. Lumen gentium, n.º 31.

3 San Juan Pablo II. Christifideles laici, n.º 14.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados