Fe, razón y mentalidad

La armonía entre fe y razón es uno de los elementos cruciales de la teología católica. Ya en el siglo ii, San Justino proclamaba que el cristianismo era «la única filosofía segura y útil» (Dialogus cum Tryphone judæo, c. viii, n.º 1), y Clemente de Alejandría denominó al Evangelio «la verdadera filosofía» (Stromata. L. I, c. 18, 90, 1).

Santo Tomás de Aquino elaboró la mejor síntesis sobre esa interrelación. Sin la fe, pocos alcanzarían el conocimiento de Dios, pues la vía puramente racional es ardua y difícil, rara vez inmune a las dudas e incluso a las falsedades. Sin embargo, la razón resulta indispensable para demostrar los preámbulos de la fe, esclarecer sus verdades y refutar a sus opositores.

Lutero abrió una escisión no sólo en la Iglesia, sino también en el propio connubio entre fe y razón. Profundamente antitomista, para él la razón es una «prostituta del diablo» y la fe una mera confianza subjetiva. Bastaría creersola fidespara salvarse. La Reforma protestante, al excluir de la fe el elemento razón, la despojó de su propia esencia. De hecho, la fe es un hábito de la mente, de modo que todo auténtico acto de creer consiste también en un acto intelectivo.

Bajo la arrogancia ilustrada, la Revolución francesa persiguió a la Iglesia y al clero con el fin de subvertir la religiosidad en un falso culto a la «diosa razón». En honor a esta deidad, representada por una meretriz, se celebraron festines blasfemos en varias catedrales convertidas en provocadores «templos de la razón».

La Revolución comunista se erigió en omnipotente, a la vez que insertó la religión y a los hombres de fe en la dialéctica opresor-oprimidos. En el fondo, en la visión marxista, la fe, la razón y el Estado se identificarían, ya que el pueblo necesitaría creer incondicionalmente en el Estado-Leviatán que marcaría las pautas de la «razón» para todas las cosas.

El siglo xx engendró varias revoluciones, como la estudiantil de mayo de 1968, la tribalista y las culturales de diversa índole, todas ellas con un denominador común: pusieron especial empeño en influir en las tendencias sensitivas humanas, promoviendo así una fe ciega en la irracionalidad, a veces bajo la máscara de la defensa de la «ciencia» y de la «ilustración».

Una solución genuinamente católica supondría el restablecimiento de la auténtica armonía entre fe y razón. Sin embargo, es necesario ir más allá. La fe está muerta si no está revestida de la caridad (cf. Sant 2, 17), y toda sabiduría que no viene de lo alto es «terrena, animal, diabólica» (Sant 3, 15). Por eso, es indispensable también moldear la mentalidad según las cosas del Cielo (cf. Col 3, 1), donde reside la verdadera sabiduría. En palabras del papa León XIV, «sólo en una vida conforme al Evangelio se realiza la adhesión a la verdad divina que profesamos, haciendo creíble nuestro testimonio y la misión de la Iglesia» (Discurso, 26/11/2025).

La fe únicamente es un anticipo de la visión beatífica, en donde la razón silogística dará paso a la intuición pura de la Santísima Trinidad. En la patria contemplaremos a Dios «tal cual es» (1 Jn 3, 2), por la luz de la gloria —lumen gloriæ— infundida en nuestro espíritu o, como afirman los teólogos, por un préstamo que se nos hace de la propia inteligencia divina. Ya no habrá fe, sólo la intelección, fruto de una completa metanoia, es decir, de un cambio radical de mentalidad. Ésta no será producida por revoluciones que distorsionen la racionalidad humana, sino infundida por el Espíritu Santo. ◊

 

León XIV de visita al monasterio de la Inmaculada Concepción de las Clarisas de Albano (Italia), el 15/7/2025

 

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