Durante siglos, en la época en que no existían los radares ni los demás aparatos sofisticados disponibles hoy en día, la navegación a vela dependía de los astros como principal punto de referencia. El piloto debía orientarse por la posición de las estrellas para mantener el rumbo del barco. Por eso, nadie podía tomar el timón y cruzar mares y océanos —a merced de los vientos, que a menudo eran contrarios— si antes no hubiera hecho un exhaustivo estudio de astronomía.
Del mismo modo, existe un requisito fundamental en cualquier responsabilidad que alguien vaya a desempeñar en la sociedad. Un médico, por ejemplo, tiene la obligación de saber cómo se desarrollan las enfermedades, cómo actúan los virus, cuáles son los remedios adecuados para la curación de las dolencias, e incluso debe estar al tanto de los descubrimientos de nuevas sustancias para resolver los posibles males que aparecieran. Si se relaja en este punto, quedará desactualizado y podría llegar a actuar contra los deberes de su oficio.
Asimismo, un abogado que no se interesa por el estudio del derecho y no busca a diario informarse sobre las leyes promulgadas o modificadas no estará capacitado para defender las causas que le correspondan y dejará de ser un profesional competente.
La obligación moral de conocer más a Dios
Ahora bien, mucho más importantes que el compromiso asumido con la profesión o función, como ocurre con la medicina, la abogacía o la marina, son los deberes para con Dios.
Todos comenzamos a existir en el momento en que fuimos concebidos, iniciándose el proceso de gestación en el seno materno. Sin embargo, si nuestros padres dieron origen a la parte vital, sabemos que la concepción humana no se opera sólo en ese ámbito meramente natural, sino que cuenta con el concurso de Dios, que crea el alma, cada una diferente de las demás, y la infunde en el cuerpo en ese instante.
Esto establece así una deuda que nos pone en la contingencia de conocer cada vez más a ese ser que nos creó, nos redimió y aún nos sostiene y nos ayuda en cada paso. Él puede darnos salud, vida y felicidad, además de todas las gracias que necesitamos.

Pero, lamentablemente, aun siendo personas bautizadas y que se acercan a los sacramentos —sobre todo las que van a misa y reciben la comunión—; aun sabiendo que el Señor vino a la tierra con el objetivo de salvarnos y creyendo que Jesús es el Redentor del mundo, que quitó los pecados de la humanidad, muchas veces nos falta conocer más a fondo quién es Él.
Es una obligación moral esforzarse por penetrar paso a paso en las maravillas que envuelven los principales misterios de nuestra fe
Es, por tanto, una obligación moral esforzarnos por adentrarnos paso a paso en las maravillas que envuelven los principales misterios de nuestra fe. Y como la Iglesia siempre se está enriqueciendo con panoramas y explicitudes inéditos, nos corresponde profundizar en cada momento en esa comprensión, que, por cierto, nunca será completa, puesto que se refiere a un ser infinito.
Incluso si viviéramos mil millones de años, estaríamos aprendiendo constantemente, y la eternidad misma será un continuo descubrimiento de nuevos aspectos de Dios. Por eso, por encima de las preocupaciones corrientes de la vida, nuestra atención y nuestro corazón deben aplicarse en empaparse de la doctrina católica y tratar de entender bien las leyes que rigen nuestra relación con el Creador y la del Creador con nosotros, para que volvamos a aquel del cual salimos. Esto forma parte de la santidad.
El ejemplo de los santos
Los santos se esfuerzan por crecer en el conocimiento de la gracia y del mundo sobrenatural, para convivir con Dios y enseñarlo a los demás
Los santos son aquellos cuya primordial inquietud consiste en saber más acerca de la gracia y del mundo sobrenatural, y en tener una noción fuerte y sustanciosa de la familiaridad que existe entre nosotros y Dios, para vivirla con mayor profundidad. Éste es el eje del pensamiento de todo hombre que aspira a la perfección.
San Odilón de Cluny, por ejemplo, que vivió en la Edad Media, se veía obligado a realizar largos viajes, en los que se desplazaba a caballo. Se diría que empleaba el tiempo libre durante esos recorridos en contemplar el paisaje y meditar; no obstante, a pesar de las incomodidades propias de cabalgar —sobre todo en una época en la que no existían los libros de bolsillo—, solía ir leyendo los escritos de los autores clásicos, con la intención de censurar lo que no tuviera utilidad para la religión católica y aprovechar todo lo que fuera valioso para enseñar a los demás. Y a veces, si aparecía un texto especialmente interesante, se esforzaba por memorizarlo.
Poco después encontramos al gran Santo Tomás de Aquino, quien fue enviado con 5 años al monasterio benedictino de Montecassino. Se trata de un lugar privilegiado, tanto por su ubicación —pues se encuentra en un monte imponente, grandioso y altanero, que domina las comarcas circundantes— como por la bendición con la que la virtud practicada por San Benito marcó aquella región.
La familia de los condes de Aquino se había establecido en las cercanías como señores feudales. En aquel tiempo, la orden benedictina tenía tanta fama que las familias nobles consideraban una excelente carrera que uno de sus hijos llegara a convertirse en abad.
El niño, que desde su infancia había manifestado una profunda inclinación piadosa e intelectual, ya era un prodigio… Andando de un lado a otro por el monasterio, paraba a los monjes y les preguntaba: «¿Quién es Dios?». Los religiosos respondían: «Dios es un ser eterno», «Dios es el ser omnipotente».
Y, guardando esos datos, más tarde sería el extraordinario varón que escribió 147 voluminosas obras, entre ellas la famosa Suma Teológica, explicitando como nadie hasta entonces el conocimiento de la doctrina católica.
Así, podemos concluir fácilmente que la vida de Santo Tomás giró en torno a este único punto: ¿quién es Dios?
Ya en el siglo xx, el papa San Pío X solía enseñar el catecismo semanalmente a los niños que iban a hacer la primera comunión. Sin embargo, afirmaba que necesitaba dos horas de estudio previo para dar una buena clase. De hecho, ésa es la recomendación a los párrocos y catequistas contenida en su encíclica Acerbo nimis: prepararse con estudio y seria meditación.1

Finalmente, si analizamos con lupa la obra del Dr. Plinio, nos daremos cuenta de que en su núcleo se encuentra esa búsqueda por saber quién es Dios y cuál debe ser nuestra relación con Él. Por eso, siempre que podía, dedicaba un período del día para leer. Y cuando, ya en sus últimos años, no podía hacerlo porque su vista estaba debilitada, pedía a algunos de sus hijos que grabaran la lectura del texto del libro para escucharla.
Grave falta en el descuido de la enseñanza de la doctrina
No obstante, a veces sucede que las personas encargadas del cuidado de las almas no se ocupan de la educación religiosa de aquellos a quienes dirigen e incluso, con el pretexto de no asustarlos, silencian verdades de fe como, por ejemplo, la noción de pecado y la existencia del Infierno.
Me sorprendió leer una vez en el famoso Catecismo Mayor, elaborado por San Pío X, una advertencia muy fuerte, enunciada con toda precisión: «Es ciertamente necesario aprender la doctrina enseñada por Jesucristo, y faltan gravemente los que descuidan aprenderla».2
Los que son responsables de otras almas tienen la obligación de enseñarles la doctrina cristiana, y son culpables ante Dios si descuidan este deber
Y justo en el siguiente párrafo aparece esta afirmación no menos categórica: «Los padres y los patrones tienen obligación de procurar que sus hijos y dependientes aprendan la doctrina cristiana, e incurren en culpa delante de Dios si descuidan esta obligación».3
Por lo tanto, si incurre en pecado el patrón que en su industria o empresa no se preocupa por dar instrucción católica a sus empleados, ¡cuánto mayor es la responsabilidad de aquellos que, como superiores religiosos y pastores, no se dedican a explicar la doctrina a sus subordinados y consciente y voluntariamente descuidan su formación moral! Así, por la negligencia de algunos, un mayor número de almas se pierden…

Recordemos el episodio narrado por la Madre Mariana de Jesús Torres, una de las fundadoras de la orden concepcionista de Quito (Ecuador). Como ocurre a veces con los fundadores, a quienes Dios suele revelar acontecimientos futuros referentes a su obra, tuvo una visión mística en la que contempló, en medio de los tormentos eternos del Infierno, a muchas monjas de su convento que en vida habían ejercido el oficio de maestras de novicias. Todas habían cometido un único pecado mortal: descuidaron su obligación de dar la debida formación a sus subordinadas.4
Beneficios de profundizar en ella
Ahora bien, también es cierto lo opuesto: todo bautizado que se esfuerza cada día por progresar en la lectura y en la comprensión de la doctrina católica adquiere una especie de «barniz» en su alma, fácilmente perceptible en signos externos para un observador atento. Además, la enseñanza de esta doctrina nos ayuda en la práctica de la virtud y, como obra de misericordia espiritual prescrita por la Iglesia, puede considerarse un sacramental, mediante el cual se transmite la gracia.
Sin embargo, el estudio de la teología nunca puede ser independiente de las demás materias que forman el «universo» de la Iglesia, limitándose únicamente a un aspecto específico. Es indispensable tener como fondo una visión de conjunto, para captar mejor las partes.
Al conocimiento de los principios y de las especulaciones variadas y llenas de hipótesis aún sin resolver, hay que añadirle el amor por los sacramentos, el análisis de la exégesis y de la historia, el conocimiento de la liturgia en su perfección. Todo se coordina en un colosal edificio, totalmente monolítico, que es la Iglesia, de cuya influencia sobrenatural proviene la distribución de las gracias.
¿Cómo enseñarla con provecho?
Surge aquí una pregunta: ¿cómo impartir de modo provechoso un curso sobre doctrina católica?
En los primeros tiempos del cristianismo, aquel que creía en la Santísima Trinidad y en los demás artículos del credo era en poco tiempo aceptado en las aguas bautismales y se convertía en miembro de Cristo. Hoy en día, con respecto a la preparación para el bautismo, la primera comunión y la confirmación, la catequesis debe ser seria, pero no conviene retrasar durante años la admisión de una persona en el seno de la Iglesia. Por lo tanto, expuestas y explicadas las principales verdades de la fe, es conveniente encaminar rápidamente al catecúmeno a que dé los pasos necesarios para la recepción de los sacramentos.
Pero cuando se trata de ofrecer una educación sólida, el estudio debe durar hasta el momento de la muerte. Y quien enseña, por mucho que ya conozca la doctrina católica, debe hacer un esfuerzo previo para conocer bien la materia, mediante la lectura asidua.
No se trata, pues, de crear una doctrina nueva, sino de tomar lo que está en el Evangelio y transmitirlo de manera muy clara, viva y atrayente, haciendo que el tema resulte agradable. Cada uno podrá hacer uso de los recursos y dones recibidos de Dios, ora siendo meticuloso en las descripciones, ora adaptándose a las apetencias de los alumnos para aplicar a ese núcleo concreto lo leído en tesis, ora combatiendo la indolencia de los oyentes y estimulándolos, de modo que cada uno aporte su contribución al explicar lo aprendido.
Mostrar al mundo el verdadero rostro de la Iglesia
Hay, no obstante, un punto esencial en esta formación, sobre el que nunca se insistirá lo suficiente: además del conocimiento que debe ser transmitido, es indispensable presentar no sólo una doctrina, sino también un tipo humano, un estilo de vida, una forma de ser. Así se lo ordenó el ángel del Señor a los Apóstoles: «Marchaos y, cuando lleguéis al Templo, explicad al pueblo todas estas palabras de vida» (Hch 5, 20).

Lamentablemente, las generaciones actuales muestran poco interés por estudiar la doctrina de la Santa Iglesia y es raro ver a alguien con un libro de esta índole en sus manos. Por el contrario, al considerar la situación de la humanidad en nuestros días, se nos parte el corazón al constatar la existencia de un verdadero complot de la prensa internacional para deshonrar y desfigurar a nuestra Madre.
En un mundo que busca desfigurar la fisonomía de la Iglesia, estamos llamados a mostrar el verdadero rostro de nuestra santa Madre
En esta circunstancia, la Providencia nos llama a la misión supremamente bella y honrosa de mostrar al mundo el verdadero rostro de la Iglesia, en toda su inmortalidad, dignidad y santidad.
Por eso debemos tener como objetivo la formación integral del hombre, con vistas a constituir modelos que puedan dar a la sociedad una noción auténtica del decálogo, del amor a Dios, de lo que significa ser católico apostólico romano y de dónde se encuentra la solución a los problemas de los días actuales.
Pidámosle a la Santísima Virgen, en nuestras oraciones, gracias muy especiales para que haya un auténtico entusiasmo de corazón —y no sólo de inteligencia— por aprender la doctrina católica, y que este estudio, realizado con maestría, habilidad y arte, traiga como beneficio la transformación de las mentalidades, de modo que la tierra se acerque cada vez más al Cielo. ◊
Fragmentos de exposiciones orales
pronunciadas entre 2000 y 2007.
Notas
1 Cf. San Pío X. Acerbo nimis: AAS 37 (1904-1905), 624-625.
2 Catecismo Mayor de San Pío X. Madrid: Imp. del Asilo de Huérfanos del S. C. de Jesús, 1906, p. 5.
3 Idem, p. 6.
4 Cf. Pereira, OFM, Manuel Sousa. Vida admirable de la Madre Mariana de Jesús Torres y Berriochoa. Quito: Fundación Jesús de la Misericordia, 2008, t. ii, pp. 98-99.

