El encanto es el punto común en este vestido, que parece recubrir a quien lo usa con la luminosidad y la gracia que envolvían los cuerpos de Adán y Eva en el paraíso.

 

Caminar en la India no es tarea fácil. Sus calles borbotean de comerciantes, niños, ciclistas, vehículos motorizados y otros medios de locomoción muy versátiles, propios a maniobrar en medio de esa explosión de vida. E incluso forman parte de ese escenario algunos animales, que vagan por la ciudad en busca de un lugar más fresco para descansar, huyendo del sol abrasador.

Así ambientado, le invito al lector a que me acompañe en un paseo por esas vías, una tarde especialmente caliente.

La escena que contemplamos nos sugiere al espíritu un pensamiento a primera vista inusual: «¡Madre mía, qué nostalgias del Paraíso!». Y no piense que se debe al calor inclemente o a la larga caminata. En realidad, aún no he mencionado un detalle que hace especialmente atractivo el conjunto ya descrito… Se trata del vestuario más usado por las mujeres en todo el país: el sari.

Para quien está habituado al monopolio sombrío de la ropa fabricada en serie, en que la tristona gama de colores grises desalojó al pulchrum de los colores, las mujeres indias envueltas en sus saris figuran como damas sacadas de un cuento de hadas, vestidas con lujo, elegancia y el encanto peculiar de Oriente, donde lo práctico y la belleza se funden con la sublimidad.

El sari es una vestimenta milenaria que consiste básicamente en una larga pieza de tela, en general de seda, que puede tener entre seis y ocho metros de longitud. Se utiliza atada de modo típico en la cintura, con una de sus puntas acomodada sobre el hombro. Hay registros en los que consta que el sari se remonta a dos milenios antes de Cristo y que tintes cuyo proceso de elaboración data de esa época son utilizados aún hoy día para la confección de los tejidos. Por increíble que parezca, gana en funcionalidad si lo comparamos a muchas ropas que poseemos: al mismo tiempo protege del calor los días calientes del verano y abriga durante el invierno.

El colorido de los saris puede ser perfeccionado con adornos en oro y detalles bordados con hilos de plata, o incluso con sencillos dibujos estampados. Existen más de ochenta tipos de esos tejidos, cuyas variaciones dependen también de las tradiciones de cada región india. El encanto, no obstante, es el punto en común de todos ellos, que parece recubrir a quien los viste de la luminosidad y la gracia que envolvían los cuerpos de Adán y Eva en al paraíso.

¡Ah, qué nostalgias de aquella inocencia y unión con el mundo sobrenatural existentes en el jardín de Edén, cuyo destello vislumbramos cuando ante nuestros ojos está un sari! Estos «luminosos» tejidos tal vez sean un resquicio de la belleza de las pieles con que el divino Sastre confeccionó, con tanto amor e indulgencia, los trajes que cubrían la vergüenza del pecado de nuestros primeros padres… Nos recuerdan el salmo que dice: «Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto» (Sal 103, 1-2).

Al terminar nuestro paseo por las calles de la India, surge en nuestra mente una conclusión: mucho más que adornar a una mujer, el sari enaltece la dignidad del ser humano, creado a imagen y semejanza del Altísimo. Y si trasponemos la maravillosa panoplia de los seres salidos de sus manos, encontraremos en el ápice la criatura perfectísima, en la cual se concentran todas las bellezas y cuyas cualidades no se pueden enumerar: María Santísima. Entonces entenderemos con cuánta razón el Apocalipsis la describe como «una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (Ap 12, 1). 

 

 

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3 COMENTARIOS

  1. De verdad, debo decir que no entiendo este articulo, cuando se refiere a Adan y Eva vestido como Hindues en el paraiso, conozco la India y su religion, y nuestro Señor Jesucristo vestido con su simple tunica de lino es mil veces mas atractivo. Quede perpleja!!!

    • ¡Salve María! Ciertamente la túnica inconsútil que vestía Nuestro Señor Jesucristo, tejida por las manos virginales de su Madre, supera cualquier otra vestimenta. Entretanto, Dios que es la suprema belleza y que nos hizo a su imagen y semejanza, se alegra al vernos vestidos de manera condigna a nuestra dignidad bautismal.

  2. Me ha gustado especialmente el artículo «En la India, un vestido de luz y esplendor». A través de sus líneas me he sentido en total consonancia con las ideas expuestas. Personalmente, aprecio la dignidad y la elegancia que aporta el sari, tan opuestas a la vulgaridad imperante en la actual moda occidental. En mis peregrinaciones a Lourdes, siempre me atrae el colorido de las numerosas damas indias que acuden a venerar a Nuestra Señora ataviadas con tan vistosa prenda. Y allí, ante la Gruta de Massabielle, imagino la sonrisa de Nuestra Señora al contemplarlas, haciendo gala de decoro y como si fuesen las más bonitas flores del jardín celestial.

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