La historia, cuando esté completa, formará en su conjunto el espléndido y conmovedor relato del empeño de Dios por relacionarse con los hombres y la correspondencia —o la falta de ella— que éstos han tenido al llamamiento divino. En este sentido, es pungente la expresión de las Escrituras: «¡Ojalá me escuchase mi pueblo! […] Volvería mi mano contra sus adversarios. […] Los alimentaría con flor de harina, los saciaría con miel silvestre» (Sal 80, 14-15.17).
Sin embargo, esa relación ha evolucionado claramente a lo largo del tiempo. En el Antiguo Testamento, primero observamos la comunicación de Dios con Israel a través de truenos, fuego y terremotos; luego su voz se hizo más humana, al resonar en los profetas. Por fin, inaugurada la Nueva Alianza, escuchamos a San Pablo proclamar: «Últimamente, en estos días, nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1, 2). Encontramos, en estas etapas, una característica recurrente: el Señor se manifiesta al género humano con una intimidad cada vez mayor.
Ahora bien, en los últimos siglos se han multiplicado —sin proporción con épocas anteriores— las apariciones marianas. Introducir a su Madre en esa convivencia divina con los hombres demuestra el empeño de la segunda persona de la Santísima Trinidad por considerarnos parte de su familia. Los mensajes transmitidos por Ella versan, esencialmente, sobre los mismos puntos; no obstante, la forma en que Nuestra Señora se comunica se vuelve cada vez más íntima, manifestando siempre más perdón, más misericordia, más afecto y más ternura.
De alguna manera, esta nueva relación fue inaugurada por la Madre del Buen Consejo: aunque el fresco tiene un origen mucho más remoto, su historia entra en el mundo cristiano occidental en 1467. Sin embargo, aquí no hay mensaje, no hay manifestaciones; hubo solamente un prodigio al principio, como presagio de innumerables milagros y gracias de sagrada convivencia. Paradójicamente, su elocuencia sin palabras es una comunicación más preciosa, personal, íntima, única para cada momento. Es el buen consejo de Ella para cada uno de sus hijos.
En la inmortal oración del acordaos, rezamos: «Jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio y reclamando vuestro socorro, haya sido abandonado de vos». Con razón, pues, Nuestra Señora de Genazzano se ha convertido en consejera de tantos Papas. Es el Consejo de Dios junto a cada persona, a quien ya no sólo le dice: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5), sino que indica cómo agradarle.
Sobre todo, la Madre del Buen Consejo, al ser nuestra Madre, siente especial compasión por nuestra flaqueza y nos concede no sólo su buen consejo, sino también la fuerza para ponerlo en práctica. Por eso, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira le atribuía un papel tan importante en estos días en que la debilidad humana alcanza un auge histórico. Será de sus manos de quien, en el Reino de María, brotará la fidelidad de los hombres a los llamamientos divinos.
Para los Heraldos del Evangelio, y para todos los que reciben su influencia, la convivencia con la Santísima Virgen se refleja de modo palpable en los ejemplos de vida de Dña. Lucilia, cuyo natalicio cumple en este mes de abril su sesquicentenario. Su presencia, llena de bondad y amor gratuito, en desuso en el mundo moderno, invita a una intimidad insospechada y a una reciprocidad enternecedora. ◊


