El sacramento de la Confirmación – ¡Una Iglesia de soldados!

«Evangelio» y «combate»; «apóstol» y «soldado»; «cristiano» y «militante»… Tales conceptos pueden, a oídos de mucha gente, sonar antagónicos. Sin embargo, el fuerte vínculo que los une está sellado por un gran sacramento de nuestra fe.

¡La multitud se quedó atónita! ¡Rudos galileos se hacían entender por todos los extranjeros en su propia lengua (cf. Hch 2, 6-8)! Y quizá eso no fuera lo más admirable de la escena… Estaba claro que una fuerza sobrenatural se había apoderado por completo de las palabras y acciones de aquellos hombres. ¿Acaso, cincuenta días antes, éstos no habían huido vergonzosamente mientras su Maestro era condenado a la crucifixión? El líder de ese grupo, que ahora proclamaba ante el pueblo el nombre de Jesús como Señor y Cristo (cf. Hch 2, 36), ¿no era el mismo que lo había negado tres veces ante la pregunta de una simple criada?

Si antes el pánico los había mantenido confinados, desde aquel día su valentía los impelía a enfrentar a los mayores potentados y los tormentos más atroces por la gloria del Resucitado.

Ahora bien, ¿cómo se explica ese súbito cambio en el carácter de los seguidores de Cristo? Los Hechos de los Apóstoles nos narran el grandioso momento en el que ocurrió tal transformación: «De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo» (2, 24). En adelante ya no podían dejar de predicar a Jesucristo (cf. Hch 4, 20).

¡Había tenido lugar el primero de muchos «Pentecostés» de la historia de la salvación!

El Pentecostés se perpetúa en la Iglesia

¿El primero? ¡Sí! Aunque no verifiquemos hoy las manifestaciones milagrosas ocurridas en el cenáculo, el descenso del Paráclito se perpetúa de modo silencioso, pero continuo, en la Iglesia. De hecho, como enseña Santo Tomás de Aquino,1 el sacramento de la Confirmación otorga a la persona bautizada el Espíritu Santo para vigorizarla, tal y como se les dio a los Apóstoles el día de Pentecostés.

Cuando se hace la unción con el santo crisma en la frente del bautizado, acompañada de la imposición de manos por el ministro, y se pronuncia la fórmula específica —«Recibe por esta señal el Don de Espíritu Santo»2–, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que ya habitaba el alma cristiana por el Bautismo, la colma de la plenitud de sus dones. Por este motivo, la Confirmación bien puede ser llamada «Sacramento de la plenitud de la gracia».3

En efecto, si en el Bautismo adquirimos la vida espiritual en Cristo, por la Confirmación esa vida se vuelve más firme, con vistas a hacernos perfectos cristianos por acción del Espíritu Santificador.

Así como en la vida natural es necesario que los hombres crezcan desde el nacimiento hasta alcanzar la madurez, en la vida sobrenatural la Santa Iglesia nos anima a dejar la infancia espiritual para alcanzar la edad perfecta, configurándonos con el espíritu del Señor a través de ese sacramento.

Tal es la importancia de la Confirmación, muchas veces desconocida incluso por muchos católicos. Por tanto, aunque no es estrictamente necesario para la salvación, «los fieles están obligados a recibir este sacramento en el tiempo oportuno».4

Configurarse con Cristo, en orden al apostolado

Además de perfeccionar la gracia del Bautismo, la Confirmación imprime en el alma un carácter indeleble: el sello de soldado de Cristo.

Santo Tomás de Aquino5 aclara que esta marca distingue a quienes han alcanzado la madurez espiritual de quienes tan sólo han iniciado el camino. Los confirmados empiezan a poseer el auxilio necesario para sostener los duros combates propios a su estado, contra el demonio, el mundo y la carne.

En la esfera personal, el cristiano, revestido del Espíritu de Fortaleza, «avanza hacia la más alta santidad con la valentía que triunfa sobre toda resistencia. Sus límites de criatura, sus debilidades personales no se toman en cuenta».6 ¡Dios mismo es su fuerza (cf. Sal 45, 2)!

Ya en el ámbito de la sociedad, la Iglesia espera de los confirmados la disponibilidad de todas sus potencias para el servicio y el triunfo de la Iglesia militante.7 Para ello, la gracia sacramental los sostiene para que nunca teman «las penas, ni los suplicios, ni los peligros de muerte, ni la formidable negación de Cristo por parte de la sociedad moderna. El alma cristiana sigue siendo invencible como la Iglesia ante la creciente apostasía de las naciones».8

Este sacramento los insta a que «de palabra y obra, sean testigos de Cristo y propaguen y defiendan la fe».9 Lejos de constituir un mero proselitismo, profesar la fe cristiana se convierte en un deber «quasi ex oficio».10

Simbolismos del rito sacramental

Tantos tesoros espirituales son distribuidos durante un rito repleto de simbolismo, que pretenden significar maravillosamente la misión de apóstol y militante de la que está investido el carácter del sacramento.

La Confirmación es conferida mediante la unción del crisma en la frente, que se realiza con la imposición de manos y la proclamación de la debida fórmula. El óleo mezclado con bálsamo perfumado simboliza cómo el católico debe exhalar el buen olor de Cristo en medio de la sociedad. Además, desde tiempos remotos, el aceite ha sido considerado un elemento que confiere fuerza y ánimo.

Como explica Santo Tomás,11 la unción en forma de cruz marca al fiel como a un soldado con el sello de su general; y por eso debe ser un signo manifiesto, conferido en un lugar del cuerpo que rara vez esté cubierto, para que mostremos, sin ningún respeto humano, nuestra pertenencia al Señor. Por otra parte, hay dos actitudes que impiden la libre confesión del nombre de Cristo: el temor y la vergüenza. Y si ambas nos traicionan especialmente en esa región del cuerpo, por palidez y rubor, ahí quedamos marcados, para que ni por una ni por otro omitimos la confesión de nuestra fe.

Los padrinos tienen un papel especial en esta batalla. De hecho, según el Doctor Angélico, aquel que es recibido para la lucha necesita un instructor valiente que lo entrene. De manera similar, quien recibe este sacramento es sujetado del hombro por su padrino, quien debe, por así decirlo, ejercitarlo para el combate.

¡Id al mundo entero!

Por lo tanto, la Santa Iglesia incentiva de muchas maneras el recuerdo de nuestra misión de apóstoles y militantes, de la que, desde su fundación, está tan sedienta. Ella misma, como tierna madre, ya nos ha dado los medios. El mismo Espíritu que transformó a los primeros príncipes de la Iglesia viene en nuestra ayuda en este precioso sacramento. «Invade las almas en la medida en que las encuentra dispuestas a recibirlo»;12 no se lo impidamos.

Que la Santísima Virgen, su fidelísima Esposa, la cual logró interceder por su primer advenimiento, nos obtenga de Él la perfecta fidelidad al llamamiento divino para predicar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15). Ya sea en los púlpitos de las iglesias, sea en los ambientes de trabajo y estudio o en las tareas rutinarias del día a día, que lo hagamos siempre como auténticos soldados de Cristo. ◊

 

Notas


1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. III, q. 72, a. 7.

2 CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA. Ritual de la Confirmación. Madrid: Libros Litúrgicos, 2012, p. 43.

3 SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., a. 1, ad 2.

4 CIC, can. 890.

5 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., a. 5, ad 1.

6 PHILIPON, OP, Marie-Michel. Os Sacramentos na vida cristã. Rio de Janeiro: Agir, 1959, p. 74.

7 Cf. Ídem, p. 84.

8 Ídem, ibidem.

9 CIC, can. 879.

10 SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., ad 2.

11 Ídem, a. 9-10.

12 PHILIPON, op. cit., p. 64.

 

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