Los Magos llegaron a Belén, tras largas jornadas bajo el sol abrasador del Oriente Próximo, en busca del Rey más glorioso de todos los tiempos, y lo encontraron en una vivienda humilde. Sin embargo, en ningún momento experimentaron el más mínimo movimiento de decepción. Al contrario, entraron en la casa con toda solemnidad y adoraron a aquel frágil niño que, no obstante, dejaba ver en sus rasgos y en su mirada el esplendor de la divinidad. En aquella noche brilló la gala más sublime de toda la historia, jamás superada por las refinadas cortes cristianas que florecerían más tarde.

