El fuego santo de la fe de María

Catecismo de la Iglesia Católica

§149 Durante toda su vida, y hasta su última prueba, cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el «cumplimiento» de la Palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.

 

Uno de los momentos más bellos y simbólicos del Sábado Santo tiene lugar mientras, en la oscuridad y en el silencio, los fieles esperan el comienzo de la celebración. Las luces que suelen iluminar el templo parecen haber sucumbido, vencidas por densas sombras. Una única claridad permanece invicta: las brasas del fuego sagrado. En breve, junto a éste, empezará la ceremonia y en él se encenderá el cirio pascual, que transmitirá el lumen Christi a toda la iglesia.

Si bello es el simbolismo de ese fuego que vence a las tinieblas, ¡cuánto más lo es el de otro «fuego» que representa!

Leemos en los santos evangelios que, estando Jesús en la cruz, desde la hora sexta hasta la hora nona toda la tierra se cubrió de tinieblas (cf. Mt 27, 45). Se trata de tinieblas físicas, sin duda, pero más aún de tinieblas espirituales, pues la luz de la fe se desvanece en los corazones de los discípulos y de las Santas Mujeres. Sin embargo, como observa el Dr. Plinio, «hay una lámpara que no se apaga, ni parpadea, y que, sólo ella, arde plenamente, en esa oscuridad universal. Es la Virgen Santísima, en cuya alma la fe brilla tan intensamente como siempre. Ella cree. Cree enteramente, sin reservas ni restricciones. Todo parece haber fracasado. Pero Ella sabe que nada ha fracasado. En paz, espera la Resurrección. Nuestra Señora resumió y compendió en sí a la Santa Iglesia en esos días de tan extensa deserción».1

¿Cómo era, entonces, la fe de María? Podemos afirmar, con San Luis Grignion de Montfort, que fue mayor que «la fe de todos los patriarcas, profetas, Apóstoles y todos los santos».2 Por lo tanto, se trata de la mayor fe que ha existido en la historia. ¿Cómo se explica esto?

La fe es una virtud sobrenatural infusa, por la cual asentimos firmemente a las verdades reveladas, apoyados en la autoridad o testimonio de Dios. Ahora bien, Cristo, nuestro Señor, siendo la segunda persona de la Santísima Trinidad y estando su alma en la visión beatífica, incluso en su naturaleza humana ya veía esas verdades reveladas en la propia esencia divina y, por eso, no tuvo ni podría tener fe. Es en este sentido que la Santísima Virgen constituye el más alto y sublime modelo de fe que haya existido jamás.3

La fe de María fue sometida a una triple prueba: la de lo invisible, la de lo incomprensible y la de las apariencias contrarias. Y las superó de manera verdaderamente heroica, porque «vio a su Hijo en el establo de Belén y creyó que era el Creador del mundo. Lo vio huir de Herodes y no dejó de creer que era el Rey de reyes. Lo vio nacer en el tiempo y creyó que era eterno. […] Lo vio, finalmente, maltratado y crucificado, morir en el más ignominioso patíbulo y siempre creyó en su divinidad».4

En efecto, nunca ha habido ni habrá en la tierra una fe como la de María. ◊

 

Notas


1 Corrêa de Oliveira, Plinio. «Via-Sacra. XIV Estação». In: Legionário. São Paulo. Año XVI. N.º 558 (18 abr, 1943), p. 5.

2 San Luis María Grignion de Montfort. Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge, n.º 214.

3 Cf. Royo Marín, OP, Antonio. La Virgen María. Madrid: BAC, 1996, p. 274.

4 Roschini, OSM, Gabriel. Instruções marianas. São Paulo: Paulinas: 1960, p. 162.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Del mismo autor

Artículos relaccionados