Delicada flor de las relaciones humanas

Las amistades siempre tienen repercusión ante la Providencia y en la historia, por insignificantes que parezcan a nuestros propios ojos. Así lo demuestran diversos ejemplos que han iluminado las páginas del Antiguo Testamento.

Al crearnos con instinto de sociabilidad, el divino Artífice imprimió en el alma humana la necesidad de la ayuda mutua. En la admiración recíproca por los dones recibidos por cada uno, estamos llamados a servirle mejor, amarle y alabarle.

Esa interdependencia no se reduce a mera conveniencia, sino que se revela como una realidad evidente e innegable. Nadie es, por sí solo, su propio maestro ni su propio médico; somos, por naturaleza, seres contingentes. Y esa dependencia trasciende el plano material: en el ámbito sobrenatural, nos necesitamos unos a otros para recorrer el camino de la virtud y cumplir nuestra vocación.

En este vasto entramado de dependencias, la amistad surge como un apoyo sublime en la búsqueda de la santidad. El mismo Dios humanado quiso disfrutar de la amistad de los Apóstoles (cf. Jn 15, 15) y de Lázaro (cf. Jn 11, 11), como íntimos suyos. Sin embargo, mucho antes de la Encarnación, el Antiguo Testamento ya nos ofrecía, en sus páginas, luminosas enseñanzas al respecto, entre las que destaca el siguiente pasaje del Eclesiástico:

«Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable. Un amigo fiel es medicina de vida, y los que temen al Señor lo encontrarán. El que teme al Señor afianza su amistad, porque, según sea él, así será su amigo» (6, 14-17).

Al crearnos con instinto de sociabilidad, el divino Artífice imprimió en el alma humana la necesidad de la ayuda mutua. En la admiración recíproca por los dones recibidos, estamos llamados a servirle, amarle y alabarle.
Almuerzo en la Casa de Formación Thabor, Caieiras (Brasil)

Consideremos detenidamente cada una de estas frases, partiendo de tres ejemplos veterotestamentarios de verdadera amistad.

«Lo amó como a sí mismo»

La leal unión entre David y Jonatán llama la atención como el ejemplo de amistad más conocido en la Antigua Alianza.

El rey Saúl, padre de Jonatán, había prevaricado y traicionado su misión, razón por la cual el profeta Samuel le había advertido de que Dios elegiría a otro monarca en su lugar. Al percibir, pues, signos de predilección divina hacia David, quien de hecho había sido ungido por el profeta, Saúl se llenó de envidia y empezó a albergar un odio mortal contra él.

Jonatán, sin embargo, se había encariñado con David y lo amaba como a sí mismo (cf. 1 Sam 18, 1). Aunque la subida al trono del hijo de Jesé significara que perdería la corona, a la que tenía derecho por herencia, en ningún momento envidió a aquel a quien había tomado por amigo. Al contrario, le dijo: «Tú reinarás sobre Israel y yo seré tu segundo» (1 Sam 23, 17). Y no temió enfrentarse a su propio padre: avisó a David de los planes y estratagemas urdidos contra él, y lo protegió para que no fuera asesinado por Saúl.

A partir de frases de un diálogo entre Jonatán y Saúl, San Elredo de Rieval destaca la belleza de la actitud adoptada por el primero: «Cuando [Saúl] pronunció sentencia de muerte contra David, Jonatán salió en defensa de su amigo con estas palabras: “¿Por qué ha de morir David? ¿En qué ha pecado? ¿Qué ha hecho?”. […] El rey loco de ira al oír esto, blandió su lanza contra Jonatán, con intención de matarle. […] Y vomitando toda su ponzoña con ánimo de envenenar el corazón del joven, inyectándole el estímulo de la ambición, el aguijón de la envidia y el incentivo del celo y de la amargura, añadió: “Mientras viva el hijo de Jesé no estará seguro tu reino”. ¿Quién no hubiera vacilado ante tales palabras o hubiera sentido envidia? ¿Qué amor, qué bondad, qué amistad no habría quedado enturbiada, disminuida, borrada? Pero aquel joven tan amante, velando por los derechos de la amistad, se mantiene firme ante las amenazas, paciente en los insultos y, despreciando el trono por amor de su amigo, se olvida de la propia gloria y piensa sólo en la generosidad».1 Despreciando la gloria y el poder, prefirió el honor de su amigo al suyo propio.

«Un amigo fiel es un refugio seguro, y quien lo encuentra ha encontrado un tesoro» (Eclo 6, 14). Podemos afirmar sin duda que Jonatán, cuya amistad era más preciosa para David que cualquier otro afecto terrenal (cf. 2 Sam 1, 26), salvó no sólo la vida de su amigo, sino también la de su descendencia, de la que siglos más tarde nacería el Mesías.

¡Una amistad más preciosa que siete hijos!

Si nos remontamos a la genealogía del Hombre-Dios, expuesta al principio del Evangelio de San Mateo (cf. Mt 1, 1-16), tal vez resulte extraño que Rut, bisabuela del rey David y una de las pocas mujeres mencionadas allí, no fuera judía, sino moabita. No obstante, mereció el honor de ser antepasada del Mesías, como se constata en su historia.

Rut —nombre hebreo que significa «amiga»— se casó con Mailón, hijo de una viuda judía llamada Noemí. Ésta también tenía un segundo hijo, Kilyón, casado con otra mujer moabita de nombre Orfá. Sin embargo, sucedió que ambos hijos de Noemí murieron, dejándola completamente sola.Resignada a su suerte, la anciana llamó entonces a sus jóvenes nueras e insistió en que regresaran con sus familias, donde podrían contraer nuevo matrimonio y comenzar una nueva vida.

Orfá se entristeció mucho, pues estimaba a su suegra, pero al final acabó marchándose. Rut, en cambio, no quiso abandonarla y le respondió: «No insistas en que vuelva y te abandone. Iré adonde tú vayas, viviré donde tú vivas; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios; moriré donde tú mueras, y allí me enterrarán. Juro ante el Señor que sólo la muerte podrá separarnos» (Rut 1, 16-17). Así pues, abandonando su nación y sus costumbres, se puso al servicio de Noemí.

Desde ese momento, la compañía de Rut pasó a ser la herencia de su suegra. Y Dios recompensó tal acto de generosidad concediendo a Rut que se casara con un pariente acaudalado de Noemí, llamado Booz, y diera a luz un hijo. Así, la tristeza de la virtuosa viuda se transformó en consuelo, como narra la Sagrada Escritura: «Las mujeres dijeron a Noemí: “Bendito sea el Señor, que no te ha dejado sin protección. El nombre del difunto seguirá vivo en Israel. El niño será tu consuelo y amparo en la vejez, pues lo ha dado a luz tu nuera, que te quiere y ha demostrado ser para ti mejor que siete hijos”» (Rut 4, 14-15).

La amistad leal y desinteresada de Rut hizo honor al elogio del Eclesiástico: «Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable»
Noemí y Rut, de Julius Schnorr von Carolsfeld

La amistad leal y desinteresada de Rut hizo honor, finalmente, al elogio del Eclesiástico: «Un amigo fiel no tiene precio y su valor es incalculable» (Eclo 6, 15).

«El espíritu de Elías se ha posado sobre Eliseo»

Al recorrer un poco más las páginas de la historia de Israel, nos encontramos con las figuras de Elías y Eliseo, no sólo unidos por un vínculo de maestro y discípulo, sino como dos almas atraídas por el mismo fuego del celo divino, fundidas en una alianza de inquebrantable amistad.

Respecto a Elías, las Escrituras afirman: «Dichosos aquellos que te han visto y se han engalanado con tu amistad» (Eclo 48, 11 Vulg.), lo cual se aplica muy especialmente a Eliseo, quien no sólo convivió con él, sino que también se puso a su servicio en una relación de profunda afección.

El llamamiento de Eliseo a la misión profética, narrado en el Primer Libro de los Reyes, revela la prontitud de un espíritu que, al encontrar un verdadero amigo, lo abandona todo sin dudarlo. Estaba trabajando en el campo cuando Elías se acercó y echó su manto sobre su elegido. Éste, dejando inmediatamente el arado, corrió tras quien así lo tomaba para sí y, después de despedirse de sus familiares, partió para servirlo, abrazando una comunión de vida (cf. 1 Re 19, 19-21). Eliseo encontró en Elías un «otro yo».

Caminando juntos, tres veces le ordenó Elías que lo dejara seguir solo, y las tres veces recibió la misma negativa: «¡Vive Dios! ¡Por tu vida, no te dejaré!» (2 Re 2, 2.4.6). La adhesión, llena de afecto, de Eliseo a Elías no dejó de crecer día a día, como lo demuestra claramente el episodio del rapto de este gran profeta en un carro de fuego (cf. 2 Re 2, 11-12). El relato bíblico revela la angustia ante la inminente separación de aquellos que eran una sola alma y un solo corazón.

Gracias a esta amistad auténtica, puesta a prueba en la comunión de ideales, Eliseo heredó una doble porción del espíritu de Elías, razón por la cual la comunidad de los profetas, al verlo separar las aguas del Jordán, exclamó: «El espíritu de Elías se ha posado sobre Eliseo» (2 Re 2, 15). He aquí un sello tangible de la unión de esas dos almas.

«Un amigo fiel es medicina de vida, y los que temen al Señor lo encontrarán. El que teme al Señor afianza su amistad, porque, según sea él, así será su amigo» (Eclo 6, 16-17). Eliseo, por su celo en el amor, se convirtió en otro Elías, inmortalizando aquel vínculo en la comunión con el espíritu de su maestro.

La seriedad de las relaciones humanas

Estos ejemplos de verdadera amistad nos muestran cómo ésta constituye la cúspide de las relaciones humanas, llegando a ser a menudo necesaria para el cumplimiento de los designios divinos en la historia.

En efecto, de no haber sido por la fidelidad de Rut a Noemí, el rey David no habría nacido y el linaje del Mesías se habría interrumpido. El propio David quizá ni siquiera habría subido al trono de no ser por la leal amistad de Jonatán. ¿Y qué habría sido de los israelitas si no hubieran existido Elías y Eliseo para transmitirles la palabra de Dios y liberarlos del pecado de la idolatría? Es más: la amistad entre ambos constituyó el primer filón eliático, que, germinado entre los profetas del monte Carmelo, floreció siglos después en la orden del Carmen.

Se comprende, pues, la seriedad de nuestras relaciones con el prójimo, las cuales repercuten —en mayor o menor medida según la vocación de cada uno— ante la Providencia. Que por intercesión de la Santísima Virgen se establezca cuanto antes entre los hombres una relación impregnada de mutuo respeto y afecto leal y vigoroso, que debe caracterizar la era marial prometida por Ella en Fátima. 

 

Notas


1 San Elredo de Rieval. La amistad espiritual. L. III, n.º 93-94. 2.ª ed. Burgos: Monte Carmelo, 2012, pp. 94-95.

 

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