6 de enero – Solemnidad de la Epifanía del Señor
(Celebración trasladada en algunos lugares al domingo 4 de enero)
Quien se acerca a la ciudad alemana de Colonia, enseguida divisa las torres de su catedral, que parecen desafiar los vientos y las tormentas que durante siglos se abaten sobre ellas. Al contemplarlas, casi dan ganas de preguntarles: «¿Quién os ha hecho tan robustas y esbeltas? ¿Qué acontecimientos memorables habéis presenciado? ¿A qué santos y a qué pecadores habéis albergado entre vuestras sagradas paredes?». Si pudieran hablar, tal vez nos responderían: «Tenemos, en efecto, mucho que contaros, pero eso no es nada comparado con lo que Melchor, Gaspar y Baltasar, que en el interior de la catedral descansan, pueden contaros. Nosotras casi tocamos el cielo; pero ellos realmente tocaron al propio Rey del Cielo. Es a ellos, sí, a quienes debéis pedirles: “¡Contadnos vuestra historia”».
Quizá los Reyes Magos contestaran a nuestra súplica con una sola frase: «Responder a la llamada de Dios siempre es una aventura, pero vale la pena correr el riesgo». De hecho, este expresivo enunciado, atribuido a Santa Teresa Benedicta de la Cruz, bien podría resumir sus vidas. Analicemos los tres elementos que la componen.
Primero: Dios llama. En el caso de los Reyes de Oriente, este llamamiento no se produjo mediante la aparición de un ángel ni una locución divina, sino de forma discreta y suave: una estrella apareció en el cielo. Pero para ellos eso lo decía todo. El Señor quería que siguieran ese misterioso astro, pues los llevaría hasta el lugar donde había nacido otro rey. ¡Cuán pronta y fiel fue la respuesta de los Magos a la invitación divina! Son un perfecto modelo de docilidad a la gracia, porque nos muestran cómo hemos de estar atentos a las señales de lo alto, siendo flexibles a los planes del Padre celestial, incluso sin conocerlos del todo.
Segundo: existen riesgos. ¿Conocían los peligros del viaje? Sin duda alguna. Pero ningún obstáculo es insuperable para quien se ha hecho esclavo de la gracia. Ni las penurias del desierto, ni la larga travesía en caravana por lugares peligrosos, ni siquiera la perfidia de Herodes o la hipocresía de los fariseos y los escribas lograron desviarlos del camino que los conduciría al verdadero Rey.
Tercero: vale la pena. Cuando llegaron ante el Niño Jesús, su Santísima Madre y San José, pudieron exclamar con toda propiedad: «¡Ha valido la pena!». ¿Qué son los peligros, las pruebas y los sufrimientos comparados con la recompensa de contemplar al propio Dios?
En esta solemnidad de la Epifanía, los Reyes Magos nos recuerdan que en ciertos momentos de nuestra vida Dios también nos llama. Este llamamiento puede exigirnos ciertas renuncias y, al mismo tiempo, la disposición a lanzarnos a una santa aventura. Habrá riesgos, habrá perplejidades, habrá sufrimientos. Sin embargo, cuando el demonio quiera hacernos desistir de nuestro «peligroso viaje», recordemos que vale la pena. Cuando lleguemos al Cielo, el Niño Jesús nos recibirá con los brazos abiertos, como antaño acogió a los Reyes de Oriente. ◊

