La Santísima Trinidad podría ser comparada a un consejo, es decir, a la armonía de divinas Personas que se contemplan, viven y actúan hacia un fin supremo. Al ser íntimamente difusivo, el Sumo Bien quiso expandir su bondad al máximo y envió al mundo a su propio Hijo, «Consejero admirable» (cf. Is 9, 5), para asumir nuestra humanidad y elevarla a la divinidad. Para ello se valió de otro consejo, la Sagrada Familia, «trinidad» terrena y modelo absoluto de sociedad humana.

Jesús también quiso constituir para sí un consejo, que inicialmente estuvo formado por doce Apóstoles y luego, bajo el impulso del Paráclito, éstos condujeron a una multitud de almas hacia el seno de la Iglesia, extendiéndola por todo el orbe.

La palabra consejo, por extensión del término, denota también un precioso don del Espíritu Santo, que lleva al alma en gracia a juzgar casos particulares discerniendo el fin sobrenatural. Tal es ese don que Noé realizó todo lo que Dios le había ordenado (cf. Gén 7, 5), Abrahán obedeció sin entender (cf. Heb 11, 8), Moisés oyó la voz de lo alto y la hizo resonar en el pueblo.

Después de la Ascensión de Cristo, la multiforme gracia divina continuó iluminando a numerosos santos pastores que apacentaron la grey del Señor. Entre ellos destacan los fundadores, como Benito de Nursia, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola… Sin embargo, la mayor guía del pueblo fiel fue la Santísima Virgen. No sólo por su participación en la Encarnación y en la Redención de la humanidad, sino también por sus constantes intervenciones en las manecillas del reloj que marcan los tiempos de la Historia, ya sea a través de la devoción popular, por medio de apariciones, como en Lourdes o Fátima, o incluso de milagros, como los ocurridos en torno al icono de la Madre del Buen Consejo de Genazzano.

Tras la aparición de este fresco en Italia, la Consejera admirable enseguida obró una serie de prodigios. Más tarde la soberana Reina, bajo la misma advocación, conquistó dos destacadas victorias que salvaron a Occidente de la usurpación otomana: la de Lepanto, bajo la dirección del almirante Juan de Austria, y la de Viena, mediante el cetro del rey de Polonia, Juan Sobieski. En ambos casos, los comandantes, embebidos del don de consejo, recibieron una misma aclamación: «Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan» (Jn 1, 6).

El consejo es el único de los siete dones que se distingue con el adjetivo buen. De hecho, esto es así porque existen malos consejos… A través de éstos pulularon traiciones, corrupciones y tiranías que sacudieron el mundo. Basta recordar la sugerencia de la serpiente en el paraíso, pasando por las insidias de los fariseos contra Jesús, hasta llegar a las persecuciones a la Iglesia, que aún hoy en día difunden sus intrigas. Para ello, el demonio y sus secuaces constituyen no ya consejos, sino conciliábulos, como aquel infame que se reunió para crucificar al Mesías.

De cualquier manera, ante tal escenario, bien podría la Consejera admirable darles este buen consejo a esos impíos perseguidores: «¡No toquen a mis hijos! Como en el pasado, sigo suscitando santos y héroes que, bajo mi patrocinio, siempre vencerán». Si no directamente, sin duda Ella intervendrá por medio de otros «Juanes»…

 

Monseñor João Scognamiglio Clá Dias, EP, fotografiado en julio de 2020 junto a una copia del fresco de Mater Boni Consilii

 

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