¿Conformismo o intransigencia?

En el siglo VIII, el germen de la futura España católica periclitaba bajo el yugo de los infieles, pero un puñado de valientes se levantó contra la fatalidad y cambió el rumbo de la Historia.

Conformismo… Lamentable estado de espíritu que tantos desastres ha causado en la Historia. Convirtió a la mujer de Lot en una estatua de sal (cf. Gén 19, 26), llevó a Aarón a fabricar un becerro de oro en la falda del Horeb (cf. Éx 32, 1-6), atrajo sobre el sacerdote Elí la repulsa divina (cf. 1 Sam 2, 30-34), arrastró a Salomón a la idolatría (cf. 1 Re 11, 1-8). Tales errores, sin embargo, ponen de manifiesto una importante verdad: no puede haber unión entre la justicia y la iniquidad, ni comunión entre la luz y las tinieblas, ni concordia entre Cristo y Beliar (cf. 2 Cor 6, 14b-15).

En efecto, quien acepta ponerse de acuerdo con la impiedad enseguida se hunde en el lodo de sus mismos vicios. No obstante, los que ante el mal declarado elevan a los Cielos su acto de indignación y se disponen a luchar por el triunfo de la virtud, se convierten en auténticos héroes dispuestos a conquistar para Dios la victoria, el honor, la gloria y el poder que Él es digno de recibir (cf. Ap 5, 12-13).

Gracias a los méritos infinitos de la preciosísima sangre de Cristo, muchos gritos de inconformidad han resonado también a lo largo de los siglos, para regocijo y entusiasmo de los justos. Uno de ellos provino de lo que quedaba de la futura España en el siglo VIII: la batalla de Covadonga, cuyo XIII centenario conmemoramos este año.

La península ibérica tomada por los moros

En el 711, la península ibérica atravesaba una difícil coyuntura. Las rivalidades y disputas existentes entre sus varios reinos llevaron a algunos gobernantes a recurrir a la ayuda de los musulmanes que, en el ímpetu de sus primeras expansiones, ya dominaban el norte de África. Así que fueron convocados, cruzaron el estrecho de Gibraltar sin grandes dificultades y pronto empezaron a apoderarse de las ciudades por donde pasaban.

La conquista fue rápida y fácil. Los nobles visigodos, ciegos y obstinados en sus contiendas, «pactaban con [los invasores], les abrían las puertas de las ciudades y ponían en sus manos amplios y ricos territorios. Ingenuamente, se imaginaban que la permanencia de Táriq [general musulmán] en España sería de corta duración y que, una vez saciadas sus ansias de botín, volverían a su tierra».1 El resultado, empero, fue arrollador: con excepción de algunos núcleos cristianos en las montañas de Asturias y en las proximidades de los Pirineos, toda la península acabó siendo anexada al imperio islámico y subyugada a costa de saqueos, incendios y asesinatos.

Ahora bien, el motivo que llevó a los árabes a instalarse en aquellas tierras no fue únicamente político. Lo que realmente pretendían era imponer, al filo de la espada, su credo religioso y su forma de organización de la sociedad. Para ello, no tardaron en oprimir e incluso perseguir a los cristianos, que se vieron reducidos a una sofocante condición: aunque pudieran conservar su religión, les estaba prohibido construir nuevas iglesias, predicar la fe, celebrar el culto, llevar armas… sin contar con la obligación de pagar elevados impuestos.

Ante esta realidad, muchos renegaron de su fe y se pervirtieron al islam, movidos por la conveniencia. Otros se mantuvieron cristianos, pero no osaban presentar batalla a la impiedad instaurada. Muchas veces, los propios prelados promovían una especie de adaptación de los católicos a las nuevas circunstancias, arrastrando a sus ovejas a la capitulación.

En el norte español, sin embargo, un puñado de fieles, inflamados de santa inconformidad, se levantó para cambiar el rumbo de la Historia.

Primeras resistencias

En esa región se congregaron dos clanes dispuestos a enfrentar el dominio mahometano: los godos, que antes reinaban en aquel territorio y deseaban recuperar sus derechos violados, y la población montañesa local, que no quería aceptar la presencia de los infieles invasores y se negaba a pagarles el tributo exigido.

Estos pocos hombres eran, naturalmente, incapaces de enfrentarse a las tropas musulmanas, numerosas, disciplinadas y bien entrenadas para la guerra. No obstante, el arrojo y la osadía de un varón, llamado Pelayo, logró obtener lo que parecía imposible.

Sin escatimar esfuerzos, reunió a los jefes de la región y les mostró quiénes eran sus enemigos. Reprobó la ignominiosa sumisión manifestada hasta entonces y consiguió excitar el coraje de los astures, moviéndolos a la lucha. Por su celo, fue elegido comandante de la resistencia.

Tan pronto como se enteraron de esa elección, los moros enviaron contra Asturias un fuerte ejército, bajo el mando de Alkama. Por su parte, don Pelayo, reunió a los suyos y se refugió en Covadonga.

Confianza en el auxilio del Cielo

Situada en el interior del monte Auseva, Covadonga era una especie de gruta natural y espaciosa. Según tradiciones antiguas, el lugar estaba dedicado a la Virgen desde antes de la invasión de los árabes y es posible que su nombre sea una variante de la expresión latina cova dominica, que significa cueva de la Señora. «Allí se retiró Pelayo con cuantos soldados podían caber en aquel agreste recinto, colocando el resto de sus gentes en las alturas y bosques que cierran y estrechan el valle regado por el río Deva, y allí esperó con serenidad al enemigo».2

La elección de ese campo de batalla fue estratégica para los guerreros cristianos. En la gruta, estarían protegidos por las rocas y tendrían una amplia visión del movimiento de sus adversarios. Además, el terreno que tenían enfrente era fuertemente escarpado y casi intransitable, y encima bastante apretado para que en él cupieran la totalidad de las tropas enemigas. Se trataba de un lugar ideal para una emboscada, lo que Pelayo vio con claridad, pero Alkama y los suyos no.

A pesar de ello, los cristianos estaban lejos de depositar su confianza en esa circunstancia. Contaban, sobre todo, con el auxilio de la Virgen María, cuya protección sería determinante para la victoria.

Santa Cueva, Covadonga (España)

Milagrosa victoria

Debido a las condiciones del terreno, Alkama sólo logró acercar a la cueva a un reducido número de soldados, proporcional al contingente de don Pelayo. El resto de la tropa quedó expuesto a los ataques de los cristianos escondidos en las colinas laterales…

Iniciada la batalla, enseguida se sintió la ayuda sobrenatural: ¡las flechas lanzadas contra la cueva rebotaban en la roca y se volvían de rechazo contra los propios arqueros! Al mismo tiempo, desde lo alto de las breñas los cristianos hacían rodar contra los infieles enormes peñascos y pesados troncos de árboles.

Los astures, a quienes les fortalecía la fe y les consolaba la idea de que Dios luchaba por ellos, se mantenían firmes en sus puestos, hasta que el desaliento tomó cuenta del ejército de Alkama. Éste huyó con sus soldados, muchos de los cuales cayeron bajo el ataque de los cristianos escondidos en los desfiladeros de aquel estrecho valle. Las propias crónicas musulmanas detallan la magnitud de la derrota sufrida por los suyos… Después de todo, ¡la victoria era de Dios y de Nuestra Señora!

¡Había empezado la Reconquista!

Aquel día los moros sufrían su primer revés. A partir de entonces, muchos visigodos decidieron aliarse a don Pelayo y en ese rincón de Asturias se formó un valiente núcleo de resistencia al islam.

800 años después, toda la península era, finalmente, liberada del yugo del Creciente, gracias a ese primer impulso de intransigencia nacido de entre los astures. Sin duda, tan decisivo acto de fidelidad fue el que obtuvo para Dios y la cristiandad la reconquista de España.

«¡Sálvame, Reina de misericordia!»

La sabiduría de la Iglesia, que al tenderle la mano al pecador desea sacarlo del lodo de sus miserias y llevarlo por el camino de la verdad, nos invita a cada paso a amar con caridad perfecta el bien y todas sus manifestaciones, y, en consecuencia, execrar el mal con entera radicalidad.

Pero, concebidos en el pecado original, es comprensible que a menudo sintamos los impulsos de la molicie, la indiferencia o la pereza arrastrándonos al conformismo… En esos momentos, recurramos al socorro materno de María: verdadera fuente de la gallardía de D. Pelayo, Ella no nos abandonará en nuestras pugnas espirituales. Al contrario, siempre estará a la distancia de un simple grito: «¡Sálvame, Reina de misericordia!». 

 

Notas


1 MARTÍN HERNÁNDEZ, Francisco; MARTÍN DE LA HOZ, José Carlos. Historia de la Iglesia en España. Madrid: Palabra, 2009, p. 44.

2 GRACIA NORIEGA, José Ignacio. Don Pelayo, el rey de las montañas. Madrid: La Esfera de los Libros, 2006, p. 155.

 

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