Con tal que encuentre buena voluntad en un alma, nunca me hastiaré al considerar sus miserias. Mi amor se alimenta consumiendo miserias; el alma que más me aporta, siempre que su corazón sea contrito y humilde, es la que más me agrada, porque me da la oportunidad de ejercer más plenamente mi oficio de Salvador.
Pero lo que quiero decirte en particular, Benigna mía, es que un alma nunca debe tener miedo de Dios, porque Dios es todo misericordia; el mayor placer del Sagrado Corazón de tu Jesús consiste en llevar hasta su Padre a los numerosos pecadores; son mi gloria y mis joyas. ¡Amo tanto a los pobres pecadores!
Escucha, Benigna mía, alegría mía, y escribe esto: el mayor placer que las almas pueden darme es creer en mi amor; cuanto más creen en él, tanto mayor es el placer que me dan; y si quieren que mi placer sea inmenso, que no pongan límites a su fe en mi amor. […]
Tienen una idea demasiado estrecha de la bondad de Dios, de su misericordia, de su amor por sus criaturas. Miden a Dios por las criaturas, pero Dios no tiene límites; su bondad no tiene fronteras. ¡Oh! ¡Los hombres pueden servirse de Dios y no lo hacen! ¿Por qué? Porque el mundo no lo conoce. Soy un tesoro infinito que mi Padre ha puesto a disposición de todos. Los que me rechazan no comprenderán su desdicha sino en la eternidad. Amo a los hombres; los amo tiernamente como mis hermanos muy queridos; aunque exista una distancia infinita entre ellos y yo, no hago cuenta de ello.
No puedes concebir el placer que siento cumpliendo mi misión de Salvador. Cuando los pecados han sido perdonados, se vuelven manantiales de gracias para el alma, porque son perpetuas fuentes de humildad. Todo contribuye al progreso del alma, todo; hasta sus imperfecciones son, en mis manos divinas, como piedras preciosas, pues las transformo en actos de humildad, que inspiro al alma a que los haga.
Palabras de Nuestro Señor Jesucristo a
sor Benigna Consolata. In: A Brief Sketch of the Life and
Virtues of Our Dear Sister Benigna Consolata Ferrero.
Washington: Georgetown Visitation Convent,
1921, pp. 66; 70-71.