Confianza ciega en el amparo sobrenatural

Asistidos por el maternal auxilio de Dña. Lucilia, muchos descubrieron que la solución para sus problemas está, ante todo, en el amparo que viene del Cielo. Así pues, recurren a su dilecta intercesora seguros de que serán atendidos.

No es nada extraño que a lo largo de la vida nos encontremos con situaciones difíciles o incluso casi imposibles de resolver y nos aflijamos al constatar la ineficacia de las soluciones humanas. En estas ocasiones, el desarrollo de los acontecimientos a menudo nos sorprende al dejarnos claro cómo vale la pena que pongamos nuestras esperanzas ante todo en el auxilio sobrenatural.

En este sentido, la intercesión de Dña. Lucilia en favor de los que la buscan se ha mostrado como un reflejo del amor del propio Dios, el cual desea, sobre todo, que sus hijos recurran a Él sin que jamás pierdan la confianza en sus eternos designios de misericordia y de salvación. Es lo que podemos constatar en los hechos que describimos a continuación, relatados con enorme gratitud por quienes, en las grandes o pequeñas aflicciones, se sintieron amparados por la bondad «luciliana».

Ayudando a una madre con la recuperación de su hijo

Doña Lucilia nunca se cansa de hacer el bien. Hasta se diría que está, en todo momento, buscando a algún necesitado al que pudiera socorrer. Y parece que tiene especial solicitud en relación con las madres que piden por sus hijos…

Nos cuenta Licia Aparecida Moreira, residente en la ciudad de São João do Itaperiú (Brasil), que a principios de noviembre recibió en su casa la visita de un par de misioneros de los Heraldos del Evangelio. En aquella circunstancia les narró una fatalidad por la que pasó su hijo Leonardo de Oliveira, de 23 años.

Sin duda, Dña. Lucilia seguirá ayudando en la completa recuperación de Leonardo
Leonardo de Oliveira junto con sus padres

El 2 de agosto de 2022, fue accidentalmente aplastado por una pesada plancha de hierro durante el trabajo, llegándose a fracturar dos vértebras y a quedarse sin el movimiento de sus miembros inferiores. Refiere Licia: «Perdió todo el equilibrio de su cuerpo, solamente permanecía sentado con nuestra ayuda, o apoyado en almohadas. No conseguía moverse por sí mismo, ni siquiera pasar de la cama a la silla de ruedas».

Tras haberles comentado a los misioneros esta preocupación suya y que estaba pensando buscar un tratamiento en otro estado, ellos le entregaron una fotografía de Dña. Lucilia, aconsejándoles —a la madre y al hijo— que le hicieran una novena a esta bondadosa señora, pidiéndole que intercediera en la recuperación del joven.

Unos días después, Licia envió un mensaje a los misioneros donde les comunicaba que la misma semana en la que los habían visitado, su hijo empezó a mostrar signos de mejoría: había adquirido más firmeza en su cuerpo, ya podía mantenerse sentado solo y desplazarse de la cama a la silla de ruedas; en fin, presentaba los primeros indicios de que podría volver a llevar una vida independiente. Y el 20 de diciembre comenzó a mover las piernas, ¡antes completamente inertes!

Aunque todavía falte un largo camino por recorrer para que Leonardo recupere la movilidad normal, Licia sigue rezándole a Dña. Lucilia y confiando en su intercesión, pues a ella le atribuyó estas auspiciosas mejoras, las cuales llenaron de esperanza a la familia.

No es mera casualidad

Carmen Iris Urbano Pacheco, de Perú, también nos transmite su gratitud a Dña. Lucilia, que la socorrió con prontitud en un apuro económico.

Siendo propietaria de una tienda, cierto día le faltó el dinero necesario para saldar una deuda, de cuyo importe únicamente tenía la trigésima parte… Muy afligida, recurrió enseguida al amparo de Dña. Lucilia: «¿Y ahora qué hago? ¡Mamita, ayúdame! Tengo que pagar esa cuenta. ¡Ayúdame, ayúdame!».

El proveedor de ventas al que le debía tal cantidad llegaría a su tienda a primera hora de la mañana para cobrar. Sin embargo, por diversas razones tan sólo se presentó en el local a las tres de la tarde. Carmen vio en ese imprevisto el auxilio de Dña. Lucilia, ya que en ese ínterin logró, con gran asombro, vender todo lo necesario para cancelar la deuda.

«No sé cómo, pero el hecho es que Dña. Lucilia me ayudó a reunir todo el dinero que me hacía falta. Ese día se lo agradecí mucho a ella, y siempre se lo agradeceré», declara llena de reconocimiento. Y concluye: «Cuando les conté este episodio a otras personas, me dijeron que no era una casualidad».

Ahora Carmen recurre, confiada, a su intercesora para resolver una cuestión familiar: «Sé que con su ayuda lo conseguiremos». Y deseosa de que otras personas se beneficien de ese maternal amparo, añade: «Sé que Dña. Lucilia, mi mamita, nos estará guiando a cada uno de nosotros y a todo aquel que anhela tener un corazón como el de ella, que es para nosotros un ejemplo».

«Me siento una hija predilecta de Dña. Lucilia»

La bondad de esta extremosa señora se manifestó también en Fátima Clara María Rodríguez de González Zúñiga, de Lima, la cual ya había sido favorecida por su intercesión en la curación de una toxoplasmosis ocular. Habiendo comprobado cómo Dña. Lucilia atiende a quien la busca, decidió pedirle ayuda con otro problema de salud.

Con inigualable solicitud, Dña. Lucilia atendió la petición que le fue hecha
Fátima Rodríguez con la biografía de Dña. Lucilia en sus manos

Así nos lo narra: «Hace unos años sufrí un accidente automovilístico y me llevaron a Urgencias. No me fracturé nada, pero quedé con el brazo derecho magullado». El dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo, especialmente durante el invierno o cuando sujetaba algo pesado; sólo podía levantar el brazo hasta cierta altura, sin contar con otras limitaciones motrices. Le diagnosticaron bursitis, acompañada de calcificación en el tendón subyacente. Se siguieron varias sesiones de fisioterapia, que aliviaban el dolor durante un tiempo, pero pronto volvía el mismo tormento. Hasta las mantas que le rozaban el brazo al acostarse eran un suplicio.

Un día por la mañana, mientras se quitaba el abrigo para empezar las tareas domésticas, hizo un movimiento brusco con el brazo y oyó un crujido en el hombro, seguido de un dolor tremendo. Con la otra mano intentó sujetar el brazo afectado y se dirigió a su habitación, donde esperó a que su esposo terminara de trabajar para almorzar y la llevara a Urgencias. Mientras tanto se confió a la divina voluntad del Señor y a la maternal intercesión de Dña. Lucilia.

Apenas había terminado de rezar cuando su perrito se le acerca deseoso de un poco de atención. Como sentía mucho dolor, quiso apartarlo y, en un acto reflejo, estiró el brazo derecho. Entonces se dio cuenta de que el dolor había desaparecido y que había recuperado el movimiento completo del miembro, una constatación acompañada de un gran consuelo sobrenatural.

Desde aquel día los constantes y agudos dolores que sufría no volvieron más. Y así termina Fátima su relato: «Me siento una hija predilecta de Dña. Lucilia. A veces basta con mirar su fotografía para sentir que me comprende, y entonces le comunico mis preocupaciones».

Y Fátima Rodríguez no es la única que tiene esta convicción. De hecho, todos los que acuden a Dña. Lucilia sienten los torrentes de amor y de bondad que de ella emanan, y adquieren la certeza de que jamás serán confundidos.

Una vez más, ¡no me desamparó!

El año pasado Solange Calero Chávez, residente en España, nos contó cómo Dña. Lucilia había socorrido a su hermana Yiceth en su recuperación de una delicada cirugía cerebral. Ahora nos relata una gracia obtenida por medio de esta bondadosa señora a favor de su sobrino Franko André Parra Flores, de 17 años, que vive en Perú.

«Una noche mi cuñada llamó por teléfono a mi esposo, un poco llorosa, y le dijo que había llevado a su hijo al médico por un problema en la mano, que le estaba doliendo mucho. Fue a la consulta y allí mismo le hicieron las pruebas, que arrojaron un resultado inesperado». En efecto, según la especialista, el joven había desarrollado el síndrome del túnel carpiano, ocasionado por la comprensión del nervio mediano, uno de los principales de las manos. Los síntomas provocan dolor, hormigueo, disminución de la sensibilidad en los dedos e incluso debilitamiento de la mano y entumecimiento muscular, creando dificultad de realizar algunos movimientos.

Al oír tal descripción, Franko se quedó muy angustiado y preocupado por su futuro, pues estaba estudiando ingeniería informática y robótica, y sus manos constituían su principal instrumento de trabajo. Innumerables dudas asaltaban al joven… ¿Cómo sería su vida a partir de entonces? Siendo aún tan joven, ¿por qué le sobrevino tal enfermedad? ¿Qué haría en aquella situación? Su madre, Rosana Flores de Parra, trataba de calmarlo, pero en vano.

Rosana le contó a su cuñada lo sucedido y ésta, intentando ayudarla, le aconsejó un «remedio» muy eficaz: «Le hablé de Dña. Lucilia, recordándole cómo había intercedido por mi hermana. Y le dije: “Voy a pedirle que interceda por Franko”. Me puse a orar en mi pequeño altar diciendo: “Doña Lucilia, protege a mi sobrino. Así como fuiste tan cuidadosa con tu hijo, el Dr. Plinio, por favor cuida de mi sobrino con tu santa intercesión maternal y, si fuese posible, pídele a nuestro Sagrado Corazón de Jesús que lo sane por completo».

Al terminar la oración, Solange telefoneó nuevamente a su cuñada, porque había tenido la idea de sugerirle que buscara la opinión de otro especialista. La tarde del día siguiente, recibía una llamada de Rosana con la siguiente noticia: «Le hemos consultado a otro neurólogo, le volvieron a hacer las pruebas a Franko y el médico nos dijo que el diagnóstico anterior estaba errado».

El doctor le recetó un antiinflamatorio. Con base en el análisis de los resultados de las pruebas hechas posteriormente, aseguró que los dolores que sentía el joven ciertamente se debían a una contusión sufrida durante la práctica de algún ejercicio físico. Para despejar cualquier duda, Rosana consultó a un tercer médico, quien le dio el mismo diagnóstico.

Todo indicaba que, desde el principio, Franko no padecía ninguna afección grave, pero no deja de ser significativo que todo se hubiera aclarado después de una fervorosa oración a Dña. Lucilia. Convencida de ello, Solange le dijo a su cuñada: «¡Ves la maravillosa intercesión de Dña. Lucilia! Por eso le tengo tanto cariño y fe. Siempre que le pido algo, ella me escucha».

Y así concluye su relato: «Gracias a los Heraldos del Evangelio por darme la oportunidad de conocer a esta magnífica mujer, a la cual no me canso de agradecerle lo que hizo por mí. Cada detalle de su vida es único y ejemplar. Mi familia y yo rezamos para que Dña. Lucilia sea elevada a los altares, por su gran amor»

 

Mutuo amor en Jesús y María

Innúmeras veces el autor tuvo la oportunidad de asistir a los momentos en que Dña. Lucilia se encontraba con su hijo, el Dr. Plinio. Una era la relación entre ellos cuando el Dr. Plinio pronunciaba conferencias públicas o se reunía con sus seguidores. En esas ocasiones el trato entre ambos parecía común. Otras eran las manifestaciones de bienquerencia mutua que el autor pudo comprobar cuando frecuentó la casa de Dña. Lucilia durante la crisis de diabetes que acometió al Dr. Plinio en 1967.

El Dr. Plinio en marzo de 1968

En ese período, Dña. Lucilia asistía a la parte final de las comidas de su hijo, que las hacía recostado en el sofá de su despacho debido a la enfermedad. Algunos discípulos del Dr. Plinio también le hacían compañía en ese momento. Ella entraba con discreción y compostura, saludaba a los presentes y permanecía en un lado, recogida, mirándolo.

Terminado el postre, las personas se retiraban, y ellos dos se quedaban a solas. Como la sirvienta dejaba la puerta entreabierta, el autor pudo, a través de una rendija, observar muchas y muchas veces una escena conmovedora: Dña. Lucilia se aproximaba al sofá del Dr. Plinio y se inclinaba sobre él, quedando un brazo de distancia entre los dos. Entonces él cogía su mano, la besaba varias veces y le hacía unas caricias un poco «truculentas», dando palmaditas con cierta fuerza y diciendo:

—¡Mãezinha querida, mãezinha querida de mi corazón!

Y ella, al contrario, le acariciaba sus manos con mucha suavidad y sólo decía:

—¡Filhão, filhão querido! ¡Cuánto te quiero, hijo mío! ¿Estás bien?

—Sí, mãezinha; y ¿cómo ha dormido usted esta noche?

—Dormí muy bien.

Ella, a veces poniéndole la mano en el rostro le acariciaba con mucho afecto y decía:

—Hijo de mi corazón, ¿sabes que tu madre te quiere mucho?

—¿Y mi mãezinha sabe cuánto la quiero yo?

Así pasaban diez minutos, contados en el reloj, de gestos de agrado y cariño. Los dos casi que ni conversaban, sólo convivían. Y quien lo observaba veía en esa bienquerencia exuberante un extraordinario amor a Dios. En el fondo, ella le hacía una compañía sin igual en el campo de la virtud, y él, a su vez, en reconocimiento a la inocencia de ella, le retribuía con extraordinaria afectividad.

Después de ese tiempo establecido entraba la empleada, cogía la silla de ruedas y comenzaba a moverla diciendo:

—Ya es la hora, señora. Los médicos aconsejan que el Dr. Plinio descanse.

Doña Lucilia respondía de forma imperiosa:

—No, no, Mirene. ¿Qué es esto? No quiero irme. Déjame aquí. Voy a quedarme con él.

El Dr. Plinio, percibiendo que la empleada no conseguiría vencerla, se volvía hacia ella y, mirándola con bienquerencia, intervenía:

—Mamá, lamentablemente los médicos me han recomendado reposo. ¿Qué le vamos a hacer? Con mucho pesar me tengo que despedir de usted, pero no hay remedio…

Ella, entonces, lo comprendía:

—Está bien, filhão. Me despido, pero con dolor en el corazón.

Doña Lucilia en la misma fecha

Ella iba alejándose, mientras hacía un gesto de adiós. Al final, cuando llegaba a la puerta, besaba la palma de su mano y soplaba el beso en dirección a él.

En ese corto intervalo, lo que de hecho dejaba encantado al autor era el ver a los dos, madre e hijo; ella, una señora de 92 años, y él, un señor de 60, conviviendo en una intimidad total, pero con extraordinaria reverencia del uno para con el otro.

En diversos comentarios hechos ya al final de su vida, explicó el Dr. Plinio que esta reciprocidad de afecto estaba fundamentada en Nuestro Señor Jesucristo y en María Santísima y, podría haber dicho también, en la Santa Iglesia. «Éste era el cimiento de nuestro mutuo amor maternal y filial: se trataba de un amor en Jesús y María. Es decir, que era conforme al amor de Jesús y María, una pálida imitación humana del amor de Jesús y María, que, dicho sea de paso, pertenecen a la humanidad: Nuestro Señor es el Hombre-Dios, y Ella, una criatura humana, siendo, por lo tanto, algo enteramente bueno, santo, como debe ser». 

Extraído, con adaptaciones, de:
CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio.
El don de la sabiduría en la mente, vida y obra
de Plinio Corrêa de Oliveira
.
Città del Vaticano-Lima: LEV;
Heraldos del Evangelio, 2016,
t. I, pp. 166-171.

 

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