Bondadosa protección en cualquier necesidad

Atendiendo solícitamente a todos los que recurren a ella en sus necesidades, grandes o pequeñas, Dña. Lucilia actúa de manera a formarlos en el camino de la cruz, en la resignación con la voluntad de Dios.

Más que un simple auxilio en las dificultades o la solución de algún problema intrincado, la acción maternal de Dña. Lucilia en favor de quienes le piden su socorro es mucho más profunda y eficaz de lo que podría parecer a primera vista.

En efecto, la madre verdaderamente católica no es aquella que enseña a sus hijos a huir del sufrimiento, sino la que les ayuda a amar la cruz en la cual el Salvador quiso morir para redimir al mundo, pues ésta abre el camino recto que nos llevará al Cielo: Per crucem ad lucem (por la cruz a la luz), reza el dicho. Y si hoy pudiéramos oír el suave timbre de voz de Dña. Lucilia, ciertamente ése sería su mensaje para nosotros, en medio de las tribulaciones de la vida diaria.

Una ayuda financiera…

Esto se constata cuando leemos el testimonio enviado por Patricia Gamarra, de Paraguay, en el que narra cómo Dña. Lucilia la ayudó en un grave aprieto financiero.

Cuenta ella: «Mi madre y yo estábamos pasando por una situación económica muy difícil. Además de haberme quedado sin trabajo, no me habían pagado un servicio anterior de todo un mes. Así que todas mis cuentas estaban un mes atrasadas.

»Entonces empecé a rezarle a Dña. Lucilia y en eso cayó en mis manos un artículo que narraba el caso de una mujer que también se quedó sin trabajo y que le pidió ayuda y enseguida milagrosamente apareció depositada en su cuenta bancaria la cantidad que necesitaba. Esto me llenó de confianza y me dije: “Bueno, pues se lo voy a pedir a ella… No creo que me pase lo mismo, pero sé que me va a ayudar de alguna forma, aunque sea dándome fuerzas para trabajar y oportunidades de trabajo”».

Las suaves y eficaces intervenciones de Dña. Lucilia en nuestras tribulaciones diarias nos enseñan que la cruz nos abre el camino recto hacia el Cielo

No obstante, Dios quería de Patricia una oración persistente: a cada momento que pasaba, todo iba de mal en peor. Un día, después de hacer una lista exacta —y voluminosa…— de cuánto le faltaba por pagar, exclamó llena de confianza: «Doña Lucilia, auxilio, ¡por favor!».

Al día siguiente recibió una llamada de su hermano, que le dijo: «Mamá me ha contado por lo que estáis pasando. He recibido algo de dinero y te voy a regalar cinco millones de guaraníes».

Patricia Gamarra con una réplica del «Quadrinho» de Dña. Lucilia

Patricia se quedó asombrada, ¡pues era exactamente la cantidad que necesitaba para saldar las cuentas atrasadas! E inmediatamente percibió que se trataba de una intervención de Dña. Lucilia, que movió a su hermano a un inusual acto de generosidad: «Le pedí tanto a Dña. Lucilia que me ayudara, y me ayudó».

… y una lección de fe

Sin embargo, no se limitó a eso la intercesión de tan bondadosa madre. Patricia, de casi no tener trabajo, comenzó a recibir tantas solicitudes que ahora le faltaba tiempo para atenderlas todas.

Además, necesitaba recibir el importe correspondiente a un mes de trabajo realizado por ella, que no le había sido pagado. Le escribió al deudor varias cartas de cobro, sin obtener respuesta alguna. Durante dos meses le había pedido insistentemente a Dios: «Por ​​favor, Señor, ¡que me paguen! ¡Por favor!». Pero no recibió respuesta ni de lo alto ni del deudor…

Entonces empezó a rezarle a Dña. Lucilia con más empeño, en esa intención. Pero se sintió llevada a hacer un acto de desapego y de confianza: «Señor, lo pongo en tus manos. Que se haga tu voluntad, y yo dejo esto de lado». Sólo en ese momento fue cuando recibió el pago.

Ese acto de abandono a la voluntad de Dios, Patricia lo atribuye a la intervención de su celestial protectora: «Creo que ella, por así decirlo, fue actuando en mi corazón para que yo rezara de esa forma. No sólo me consiguió el dinero que necesitaba, sino que también me dio la gracia de cambiar de actitud, de dejarlo todo en las manos de Dios realmente y confiar muchísimo más. Y estoy muy agradecida».

Así, el auxilio de Dña. Lucilia le dio una valiosa lección de fe a Patricia: cuando nos desapegamos de los bienes materiales y ponemos nuestra confianza únicamente en Dios, el resto viene por añadidura (cf. Lc 12, 31).

«Doña Lucilia, nos gustaría mucho tener una hija»

Si Dña. Lucilia siempre es tan solícita a la hora de auxiliar en las dificultades materiales, con mucha más razón pondrá empeño en ayudar a sus devotos en situaciones de perplejidad y sufrimiento. Veamos el conmovedor relato enviado por Eriane Dabela Trindade de Carvalho, natural de Parintins (Brasil) y actualmente residente en Ponta Grossa.

«No sólo me dio lo que necesitaba, sino también la gracia de cambiar de actitud, de dejarlo todo en las manos de Dios»

«Nuestra devoción a Dña. Lucilia empezó en 2018, cuando, en Ponta Grossa, conocimos a los Heraldos del Evangelio. Profundizamos en la historia de sus fundadores y floreció una honda devoción por Dña. Lucilia, a través de la lectura de la obra escrita por Mons. João sobre ella. Nuestro amor crecía cada vez más y comenzamos a recurrir a ella como una segunda naturaleza, en las necesidades más corrientes; nos pusimos bajo su chal, en la certeza de que ella es nuestra portavoz ante la Virgen, y ambas están unidas al Sagrado Corazón de Jesús.

Eriane y Aurora de María junto a la tumba de Dña. Lucilia en el cementerio de la Consolación, São Paulo

»Teníamos, por entonces, cuatro hijos; y grande era nuestro deseo de tener una niña. Cuando viajamos a São Paulo por primera vez, fuimos a rezar a la tumba de Dña. Lucilia, en el cementerio de la Consolación. Estando allí, me arrodillé y sentí la inspiración de confiarle nuestro anhelo. Así que escribí una notita, en la que hice la siguiente oración: “Doña Lucilia, nos gustaría mucho tener una hija, y para eso recurro a usted. Si nos responde e intercede ante la Virgen, le prometo que la niña se llamará María Lucilia”».

Deseo cumplido en medio de reveses

A sus amados, Dios no sólo les concede lo que piden, sino que lo hace de la manera más conveniente para que alcancen cierto grado de perfección. No era en el éxito indoloro donde Eriane vería cumplido su deseo, sino en medio de reveses, que ella, auxiliada por Dña. Lucilia, superaría con ejemplar firmeza.

«Sucedió que un tiempo después quedé embarazada. Ahora bien, para mi perplejidad, perdí al bebé… ¡Nunca me había pasado! Pero un sacerdote nos orientó, haciéndonos ver la voluntad de Dios y superamos esta fase.

»Al poco volví a quedar embarazada. Al realizar un examen, la médica dio un 98 % de posibilidades de que fuera un niño. Acepté la voluntad de Dios, no sería una niña… ¡Que se haga su voluntad!

Después de aparentes fracasos y muchas contrariedades, Dña. Lucilia no dejó de atender a Eriane: ¡le consiguió la hija que quería!

»Pasado un tiempo, fui a hacerme otro examen y el obstetra que analizaba los resultados me preguntó si ya sabíamos si era niña o niño. Le comentamos la estimación que nos habían dado de que fuera niño. Nos miró y dijo: “Anda, ¡qué va! No es un niño, ¡es una niña!”.

»¡Fue extraordinario! Una alegría inmensa para nosotros. Para cumplir la promesa hecha a Dña. Lucilia, le pusimos María Lucilia a nuestra primera hija, nacida después de cuatro varones».

Una intervención «luciliana» más: ¡otra niña!

Respondiendo siempre de una manera superabundante a las peticiones que se le hacen, Dña. Lucilia obtuvo aún para Eriane la gracia de ser madre de otra niña. Esta vez, sin embargo, las alegrías de la maternidad se vieron acrisoladas por los sufrimientos resultantes de una enfermedad que le dio la oportunidad de comprobar una vez más la extremosa solicitud de su celestial protectora.

En efecto, este último embarazo fue especialmente complicado debido al diagnóstico de placenta percreta, una peligrosa anomalía que supone un grave riesgo para la vida de la madre y del feto.

Además, Eriane sufrió dos serias hemorragias, la primera de las cuales fue tan fuerte que pensó que había perdido al bebé. En consecuencia, varios médicos le recomendaron que abortara para que salvara su vida. Ella nos cuenta una de esas propuestas: «Tras hacerme una ecografía, el médico me dice: “Mira, tendrás que abortar, sino te morirás”. Le respondí: “Doctor, esa posibilidad de aborto no existe. ¡No existe! ¡Esto es un crimen!”».

Los médicos podían insistir todo lo que quisieran sobre el gran peligro de muerte al que se exponía con su embarazo, pero ella estaba muy decidida a seguir el ejemplo de Dña. Lucilia, quien, en una situación similar, prefirió salvar la vida de su hijo Plinio, aunque fuera a costa de la suya, y le dio al médico una categórica contestación: «¡Doctor, esa propuesta no se le hace a una madre! ¡Ni siquiera debería haberla pensado! A un hijo mío, ¡no lo mataré jamás! Aunque tenga que morir, no mataré a mi hijo».

Ayuda a llevar la cruz hasta el final

De hecho, Eriane tenía una solución mucho mejor para el problema: su confianza en el auxilio de Dña. Lucilia se afirmaba cada vez más; estaba segura de que esta bondadosa madre cuidaría de ella y de su hija.

De todos modos, el sufrimiento y la incomprensión por parte de algunos médicos acompañaron a Eriane durante los largos meses de gestación, pero en ningún momento le faltó el amparo de Dña. Lucilia para llevar esta pesada cruz.

«En fin —narra ella—, el embarazo continuó, durante el cual casi no me levanté de la cama. Necesitaba permanecer en reposo: no podía hacer esfuerzos, no podía caminar demasiado, tenía que hacerlo todo con cuidado. Y para una madre que tiene otros niños en casa, era bastante complicado. Pero Dña. Lucilia no nos abandonó en ningún momento».

«Confío en Dña. Lucilia, todo saldrá bien»

Un día, estando en São Paulo, Eriane tuvo una hemorragia tan fuerte que tuvo que ser ingresada de urgencia en un hospital de la ciudad paulista de Caieiras. Ante la gravedad de su situación, el equipo médico decidió derivarla al Hospital de las Clínicas, de São Paulo, donde podría recibir un tratamiento más adecuado y seguro. Al llegar allí, un especialista enseguida la advirtió: «Mira, la probabilidad de que sobrevivas a este parto es muy pequeña; de verdad, muy pequeña».

Después de darle detalladas explicaciones, el mismo médico le sugirió que se quedara ya hospitalizada ese día, es decir, unas doce semanas antes de la fecha prevista para el parto. Ella le respondió: «No, no voy a estar ingresada, pues tengo otros hijos. Voy a quedarme en casa. Confío en la Virgen, confío en Dña. Lucilia, todo saldrá bien».

A pesar de la situación, y probablemente porque Dña. Lucilia estaba allanando el camino, el médico jefe concordó con la decisión de Eriane: «Está bien, entonces puede irse a casa, ¡pero descanse! Y vuelva el 2 de enero, para que pueda dar a luz el día 3. ¡No puede pasar ni un día más! Está usted en riesgo. Por lo tanto, tenga mucho cuidado».

Siempre amparada durante la prueba

Así pues, regresó a su casa, pasó la Navidad y el Año Nuevo con su familia y regresó al hospital el día acordado. «Entonces comenzaron los sufrimientos — continúa el relato—, durante los cuales rezaba mucho, pidiendo el auxilio de Dña. Lucilia. La operación del parto empezó a las siete de la mañana y terminó a las cinco de la tarde; recibí al menos siete bolsas de sangre. Pero sentía muchas gracias, me sentía acompañada todo el tiempo por Dña. Lucilia. Es como si me dijera: “Hija mía, estás pasando por una gran prueba, pero estoy aquí. ¡Estoy aquí!”».

En verdad, la vida de todo cristiano debe ser un continuo asentimiento a la voluntad divina, hacia la plena identificación con Cristo crucificado. Y, en el camino del Calvario, todos los sufrimientos que podamos juntar a los suyos, son ávidamente recogidos por la Providencia…

En el momento en que la cruz se nos presente, no dejemos de elevar la mirada al Cielo; desde allí, como esperamos, Dña. Lucilia nos ayudará

Así ocurrió también con Eriane. Después de dos días en la UCI, se estaba recuperando en la enfermería, ante la expectativa de recibir el alta al día siguiente, cuando le diagnosticaron una peligrosa infección. Sigamos con su narración:

«Me llevaron nuevamente a la UCI, para hacerme análisis y combatir la infección. Como empecé a tener convulsiones, los médicos decidieron hacerme una tomografía y descubrieron que tenía una trombosis. ¡Y todo ello en vísperas de recibir el alta!

»Después de más pruebas, los médicos decidieron abrir un acceso en mi cuello para inyectarme un medicamento, pues mi presión estaba bajando demasiado y casi estaba perdiendo el conocimiento. Pero, en medio de todo esto —con el auxilio de la gracia y la asistencia de un sacerdote heraldo—, en ningún momento me desesperé. Veía con una tranquilidad muy “luciliana” el ajetreo de los médicos y la preocupación de mi esposo.

»Sé que me recuperé. En los momentos en que empezaba a preocuparme por mis otros hijos o por mi marido, hacía una breve meditación, imaginándome que estaba bajo el chal de Dña. Lucilia, abrazada y consolada por ella, y todo pasaba.

»Finalmente, salí de la UCI ya recuperada, tomando antibióticos, pero libre del acceso en el cuello y de todo lo demás. Volví a ver a mi pequeña. Después de diecisiete días de hospitalización pude regresar a casa llevándome a Aurora de María conmigo».

*     *     *

La vida del hombre en la tierra es una lucha, como bien lo definió el sabio Job (cf. Job 7, 1) cuando, en medio de atroces sufrimientos, alzó la mirada a Dios. Nuestro caminar hacia el Cielo, por tanto, estará siempre bañado por el sufrimiento, el dolor y las incertidumbres.

En el momento en que la cruz se nos presente, no dejemos también de elevar la vista al Cielo, donde la bondadosa mirada de Dña. Lucilia, como esperamos, escudriña el horizonte en busca de hijos por quienes interceder. ◊

 

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