Beata Ana Catalina Emmerick – Esposa de Cristo crucificado

Atravesada por lo extraordinario de principio a fin, la vida de la Beata Ana Catalina Emmerick, además de estar impregnada de revelaciones y carismas maravillosos, brilla por su identificación con la pasión de Nuestro Señor Jesucristo en su Iglesia.

¡Con cuánta devoción deberíamos asistir a la santa misa! En este sublime sacramento se renueva el sacrificio del Calvario y Jesús se hace presente cada día en las sagradas especies, en cualquier parte del mundo donde un sacerdote pronuncie las palabras: «Esto es mi cuerpo», «Éste es el cáliz de mi sangre». Así, tras vivir en este mundo, el divino Redentor ascendió a la mansión celestial, pero permaneció entre los suyos, vivificando a la Iglesia mediante la Eucaristía.

No obstante, además de la presencia sacramental, el Señor ha querido hacerse visible a nosotros por medio de ciertas almas escogidas en las que representa vivamente su rostro sufriente, mujeres y hombres en los que imprime sus llagas, haciendo de su existencia una especie de memorial de su propia entrega.

La Beata Ana Catalina Emmerick fue una de esas almas elegidas por Dios para unirse a la pasión del Cordero inmolado.1

Infancia impregnada de fenómenos místicos

Ana Catalina compartía fecha de cumpleaños con la Santísima Virgen, el 8 de septiembre; nació en 1774 cerca de Dülmen (Alemania). Su infancia estuvo tan marcada por lo sobrenatural que la existencia corriente de un crío se confundía con una intensa vida mística.

El Señor ha querido hacerse visible a nosotros por medio de ciertas almas que representan vivamente su rostro sufriente

Su familia, sin embargo, no percibió nada de ello hasta el momento en que la niña aprendió a hablar. A partir de entonces se llevaron muchas sorpresas, pues todas las tardes, cuando su padre volvía del campo y, sentándose junto a la chimenea, ponía a la pequeña Anna Kathrinchen en su regazo, ella le contaba con mucho candor las historias que «había visto» ese día, la mayoría escenas del Antiguo Testamento o de la vida de la Sagrada Familia.

Cuando tenía 6 años, Santa Juana de Valois se le apareció con un niño muy hermoso, de la misma estatura que Ana Catalina, a su lado. La santa le dijo: «Mira a este niño. ¿Te gustaría casarte con él?». Ante su respuesta afirmativa, le aseguró que sería religiosa y que un día ese niño se desposaría con ella. Desde ese momento, incluso a tan tierna edad, la niña decidió que ingresaría en un convento.

Ana Catalina pasaba sus días en el campo cuidando de las ovejas. Allí era donde se le aparecía el Niño Jesús para jugar y hacerle compañía. A través de Él, supo, sin que nadie de la familia se lo dijera, que pronto tendría un hermanito. Quería hacerle algo para regalárselo en cuanto naciera, pero no sabía coser. Así que el «Niñito», como ella llamaba al divino Infante, le enseñó a coser un gorrito y otras prendas para su hermano, lo que sorprendió a su madre, porque nunca le había enseñado tales labores.

Un día, su ángel de la guarda la llevó a visitar a la reina María Antonieta, cuando ésta estaba en prisión, y a menudo la transportaba a Jerusalén y Belén, razón por la cual afirmaba que estos lugares le eran más familiares que su propia casa. Favorecida con el don de la hierognosis, es decir, la sensibilidad a lo sagrado, sentía la presencia de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, discernía la veracidad de las reliquias de los santos, percibía a distancia la presencia de un sacerdote, en virtud de su unción, y distinguía el agua bendita de la común.

Desposorio con el Señor marcado por la tribulación

No obstante, su vida mística excedía aún más estos impresionantes fenómenos. La Providencia la había elegido para llevar a cabo en ella una misteriosa y sublime misión: vivir en sí misma, como víctima expiatoria, el desposorio que Cristo hizo con su Iglesia.

Ana Catalina aspiraba ardientemente a ser religiosa, pero necesitaba una dote para entrar en cualquier convento, y su familia, además de no disponer de medios económicos, no quería ayudarla porque no estaba de acuerdo con su deseo. Pero ella comprendía que el fin de la vida consagrada es la unión con el Esposo celestial, y que sus sufrimientos, esfuerzos y mortificaciones contribuirían a la realización de este matrimonio místico.

También se daba cuenta de que no había recibido la vocación religiosa sólo para su propio beneficio, sino con vistas a las necesidades de la Santa Iglesia. Tenía que ser como un receptáculo de los tesoros de la gracia relacionados con el estado religioso, para mantenerlo íntegro en la Iglesia, en una época en que la viña del Señor estaba siendo tan devastada.

A partir de ese momento, empezó a preparar todo lo que le haría falta para las nupcias. Trabajó como costurera durante tres años, con la esperanza de reunir la cantidad suficiente para la dote, pero fue en vano. Casi siempre, el mismo día que ganaba algo, ese dinero iba a parar a manos del primer pobre que encontraba.

Finalmente, con 28 años, fue aceptada en el convento agustino de Agnetenburg de Dülmen, muy a disgusto de la comunidad, cuya caridad y espíritu religioso se hallaban en un estado deplorable, y que no quería recibir a una muchacha pobre y enfermiza, que sólo les daría problemas.

Sufrimientos en el convento de Agnetenburg

La mediocridad de las monjas de Agnetenburg enseguida creó un clima de vejación, envidia e incomprensión en torno a la nueva hermana. Sufría al pensar que, involuntariamente, era causa de pecado para las demás. También veía el quebrantamiento del silencio y del voto de pobreza, así como los ruinosos efectos espirituales de la inobservancia de la regla, y durante horas lloraba de dolor en la capilla por las imperfecciones de sus hermanas en la vocación y por los sufrimientos de la Iglesia.

Dios eligió a Ana Catalina para llevar a cabo en ella una misteriosa y sublime misión: vivir en sí el desposorio que Cristo hizo con su Iglesia

Ana Catalina sufría hemorragias estomacales que le hacían expulsar sangre. Una vez se cayó y se fracturó los huesos de la cadera en varias partes, lo que la obligó a permanecer en cama durante casi cuatro meses. Era la campanera del convento, pero tras este accidente le costaba mucho subir las escaleras para desempeñar su oficio y, por eso, la comunidad la acusaba de perezosa e inútil. Para empeorar aún más su reputación entre las hermanas, una fiebre muy alta la aquejó dos meses más, durante los cuales tuvo que guardar cama de nuevo.

Reconstrucción de la habitación utilizada por la beata en los últimos años de su vida, con el mobiliario original – Iglesia de la Santa Cruz, Dülmen (Alemania)

En ese convento se exigía que cada hermana se encargara de su propio desayuno. Como sor Ana Catalina no tenía medios para comprarse nada, esperaba a que todas las hermanas tomaran la refección, para recoger en la cocina los granos que pudieran haber caído en el suelo y así molerlos para ella. Ocurrió que varias veces no encontró nada con qué alimentarse. Sin embargo, en algunas de esas ocasiones, al regresar a su celda, que cerraba con llave antes de salir, encontraba inexplicablemente algunas monedas en el alféizar de la ventana.

Una hermana que convivió con ella en esa época testificó que su mayor satisfacción era dar algo a quien lo necesitara. Esta religiosa le preguntó por qué no se preocupaba por ella misma. Y le respondió: «Ah, siempre recibo mucho más de lo que doy». Dejaba así una muestra nada pequeña de su modestia.

En muchas ocasiones, conoció en visiones toda la Historia Sagrada, desde la caída de los ángeles del Cielo hasta la vida y pasión del Señor

Hubo numerosas situaciones en las que se produjeron malentendidos entre ella y las demás religiosas. Como sor Ana Catalina nunca se justificaba, una vez la acusaron injustamente de robo, entre otras faltas. Sin quejarse, se arrodilló ante cada hermana y pidió perdón por la infracción que no había cometido. Cuando, tiempo después, se presentó la oportunidad de aclarar el supuesto robo, acudió a la superiora, quien le respondió que no diría nada a las demás, pues ya no quería pensar en lo que «había sido olvidado», dejando que permaneciera mancillado el honor de sor Ana Catalina.

«¿No soy yo suficiente para ti?»

Una de sus privaciones más dolorosas era la de no tener un director espiritual. Imploraba a Dios que le enviara alguien con quien pudiera abrir su interior, pues temía mucho ser engañada por el demonio. El P. Lambert2 no podía desempeñar ese papel con la necesaria soltura, ya que no hablaba alemán. Trataba de tranquilizarla, pero sus perturbaciones regresaban pronto. Un día, mientras la beata rezaba en la iglesia pidiendo un confesor, oyó una voz que le preguntaba: «¿No soy yo suficiente para ti?». Era su divino Esposo rogándole que sufriera, como la Iglesia, la carencia de asistencia espiritual, es decir, la falta de santos pastores.

Uno de los aspectos más notables de su vida eran sus constantes éxtasis. Estando en el jardín, en el claustro, en la iglesia o en su celda, al considerar la misericordia de Dios para con los pecadores o al pensar en cuánto Él es ofendido, caía inmediatamente al suelo, arrebatada. A veces, al meditar, miraba a lo alto y veía a Dios. En otras ocasiones, su ángel de la guarda le ordenaba que exhortara a las monjas a retomar la observancia. Entonces, todavía en éxtasis, andaba entre las hermanas citando partes de la regla sobre el silencio, la obediencia, el oficio divino o la clausura, que tantas quebrantaban. También sufría en sí la falta de fervor del clero, y exclamaba, llena de dolor: «Los dedos consagrados de los sacerdotes serán reconocibles en el Purgatorio; sí, incluso en el Infierno serán conocidos y arderán con un fuego particular. Todos descubrirán el carácter sacerdotal y colmarán de desprecio a su dueño».3

En numerosas ocasiones, sor Ana Catalina Emmerick tuvo visiones de toda la Historia Sagrada, comenzando por la caída de los ángeles del Cielo, la creación y el diluvio, pasando por los patriarcas, llegando a la vida y pasión de Nuestro Señor Jesucristo y adentrándose en el futuro, al contemplar escenas del Apocalipsis. Gracias a sus visiones, los arqueólogos descubrieron los restos de la ciudad de Ur, de Caldea, y encontraron la casa de la Virgen en Éfeso.

Casa de la Santísima Virgen en Éfeso (Turquía)

Disolución del convento

En diciembre de 1811, debido a la secularización y al racionalismo que se habían extendido por Alemania, nefastas influencias de la Revolución francesa, las autoridades civiles disolvieron el convento de Agnetenburg.

Gracias a sus visiones, los arqueólogos descubrieron los restos de la ciudad de Ur, de Caldea, y encontraron la casa de la Virgen en Éfeso

Las monjas se fueron una a una del monasterio, sin ningún pesar, pero sor Ana Catalina no quiso abandonarlo y allí se quedó sola, totalmente desamparada, ya que estaba tan enferma que no podía levantarse de la cama. No fue hasta la primavera siguiente cuando el P. Lambert acudió en su ayuda y la instaló en la casa de una viuda.

La salida de Agnetenburg resultó muy dolorosa para ella, porque, fiel a su voto de clausura, había decidido a toda costa no dejarlo. En cierta ocasión afirmó: «Cuando tuve que abandonar el convento, pensé que cada piedra de la calle estaba a punto de levantarse contra mí».

Los años de vida que le quedaban los pasaría prácticamente postrada en cama, en medio de extraordinarias visiones y atroces sufrimientos.

«Sufre como yo he sufrido»

A los 38 años recibió los estigmas de la pasión en las manos, en los pies y en el costado. También se le imprimieron en su pecho dos cruces. Anteriormente, con 24 años, mientras rezaba en la iglesia de los jesuitas de Coesfeld, había sido bendecida con la corona de espinas. Muchas veces no podía levantarse de la cama porque sus pies estaban místicamente clavados en la cruz.

Jesús cargando la cruz, de Simone Martini – Museo del Louvre, París

Si Nuestro Señor Jesucristo consumó su holocausto entre contradicciones y persecuciones, los sufrimientos de su esposa no serían diferentes, pues Él deseaba conformarla enteramente a sí mismo. La beata sentía su cuerpo mutilado, quemado, gangrenado y carcomido; sentía que le habían cortado los dedos y se retorcía de dolor. El divino Redentor le mostró más de una vez que ésa era la situación en que se encontraba su Cuerpo Místico.

Entre febrero de 1818 y abril de 1823, dictó sus visiones al literato Clemente Brentano. Éste quería conocerla, por curiosidad, tras haber escuchado relatos de sus dones místicos y estigmas, pero ya en su primer encuentro se quedó profundamente impresionado. A su vez, ella discernió en él a la persona a quien debía dictarle todas sus visiones, confesándoselo al cabo de unas semanas: «Me sorprende hablar contigo con tanta confianza, comunicándote tantas cosas que no puedo revelar a los demás. Desde el primer momento, no me resultaste extraño». Gracias a los escritos de Clemente Brentano, las visiones de Ana Catalina Emmerick han llegado hasta nuestros días.

Los fenómenos extraordinarios que ocurrían con ella, los estigmas, los sangrados, las marcas que aparecían en su cuerpo, los éxtasis, su discernimiento de los espíritus, todo esto llamó la atención de muchos médicos y estudiosos y, en contra de su voluntad, se llevaron a cabo innumerables investigaciones eclesiásticas y científicas.

En el último año de su vida, sus dolores se habían intensificado más allá de lo imaginable. Gemía constantemente. El 15 de enero, el Niño Jesús se le apareció y le dijo: «Tú eres mía; tú eres mi esposa. Sufre como yo he sufrido, y no preguntes por qué».

Poco menos de un mes después de esta visión, el 9 de febrero de 1824, Ana Catalina Emmerick entregaba su alma a Dios, dejándonos, además de los relatos de sus revelaciones, un extraordinario ejemplo de vida. 

 

Notas


1 Los datos biográficos contenidos en el presente artículo han sido tomados de la obra: Schmöger, CSsR, Karl Erhard. Life of Anne Catherine Emmerich. Fresno: Academy Library Guild, 1867, t. i.

2 El P. Jean Martin Lambert se había negado a firmar la Constitución Civil del Clero durante la Revolución francesa, por lo que se había refugiado en Alemania. Fue nombrado confesor del duque von Croy, de Dülmen, y capellán del convento agustino de Agnetenburg. Sor Ana Catalina lo conoció mientras ejercía el oficio de sacristana y adquirió gran confianza en él.

3 Schmöger, op. cit., p. 391.

 

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