Las pocas alusiones de las Escrituras con respecto a esa misteriosa figura, sumadas a los comentarios y las deducciones de los exegetas, nos desvelan una personalidad llena de humildad, modestia y fe.

 

El momento en que la figura de Apolo aparece en los Hechos de los Apóstoles coincide, probablemente, a finales del año 52 o principios del 53, época de plena expansión de la Iglesia. Aunque no había pasado mucho tiempo de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo —menos de veinte años— ya se podían encontrar comunidades cristianas esparcidas por toda la región del Mediterráneo ¡e incluso más allá!

San Pedro, el primer Papa, se había mudado a Roma hacía cerca de una década. En ese mismo período San Pablo iniciaba el último de sus tres viajes apostólicos. Salió de la ciudad de Antioquía —el «cuartel general» desde donde solía empezar sus jornadas— y recorrió «sucesivamente Galacia y Frigia, animando a los discípulos» (Hch 18, 23).

San Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, es quien nos relata las epopeyas de esos dos varones, pilares de la Iglesia. Sin embargo, en el decimoctavo capítulo de su obra interrumpe la narración para poner los ojos en otro sitio…

Primera mención respecto de Apolo

El autor de los Hechos dirige nuestra atención hacia la ciudad portuaria de Éfeso, situada a poca distancia de donde se encontraba el Apóstol y en la cual existía también una comunidad cristiana. San Pablo estuvo allí no hacía mucho tiempo y había dejado a dos grandes amigos y discípulos suyos: el matrimonio Priscila y Áquila.

Ruinas de la antigua Éfeso (Turquía)

En aquel lugar apareció un personaje que despertaba interés: «Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras. Lo habían instruido en el camino del Señor y exponía con entusiasmo y exactitud lo referente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan» (Hch 18, 24-25).

San Marcos había fundado una comunidad aún incipiente en Alejandría, ciudad costera de Egipto, próxima a Israel. Se supone, con razón, que Apolo fuera tan sólo un catecúmeno, que no había recibido más que el bautismo de Juan, pública invitación a la penitencia y preparación para el verdadero Bautismo cristiano.1

Apolo era un hombre impertérrito. Empezó a predicar con valentía en la sinagoga y la ortodoxia de su doctrina —aunque incompleta—, sumada al coraje con que hablaba, lo convirtió en una atracción en la ciudad. Priscila y Áquila, tras ser informados acerca de aquel personaje insólito, decidieron asistir también a uno de sus discursos y se llevaron muy buena impresión: «Cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios» (Hch 18, 26).

El texto sagrado deja trasparecer aquí un detalle muy bonito de la personalidad de Apolo: su humildad. Incluso siendo un hombre extremamente elocuente y versado en las Escrituras, no dudó en ponerse, como un niño, en la escuela de aquellos discípulos. Es probable que en este momento ya estuviera bautizado, tal vez por manos del propio Áquila.

Sobre esa actitud de Apolo, se expresa bellamente Mons. Gaume: «Dios bendijo esa predisposición, como bendice siempre a las almas humildes»2. De hecho, Apolo hizo un bien enorme a la comunidad de Éfeso. No obstante, se sentía inspirado a predicar en otra ciudad, donde también había un grupo de cristianos: Corinto.

Ante esa moción de la gracia, «los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien» (Hch 18, 27). Apolo embarcó enseguida hacia su destino, donde grandes pruebas lo esperaban…

Proficuo apostolado en Corinto

Corinto era una de las ciudades más importantes del Imperio romano. Situada en el istmo que une Peloponeso con el continente, tenía un doble puerto que le proporcionaba un intenso movimiento comercial. Los estudiosos estiman que el número de sus habitantes estaría en torno a cien o doscientos mil.

Para esa época, tal número significaba una cifra bastante considerable.3 Sin embargo, esa prosperidad, sumada al acentuado movimiento de viajantes, acabó creando un ambiente de gran desenfreno moral. «Corinto era algo así como la capital de la lujuria en el mundo mediterráneo».4

Pese a ello, el apóstol San Pablo había fundado en aquella ciudad una de sus comunidades más grandes, entre los años 50 y 51, en donde permaneció por lo menos un año y medio (cf. Hch 18, 11). A lo largo de ese período, enfrentó duros sufrimientos y fuertes oposiciones por parte de los judíos que vivían allí. Sus sinsabores llegaron a tal extremo que el mismo Jesús quiso aparecérsele para animarlo: «No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad» (Hch 18, 9-10).

El golfo de Salónica y el istmo de Corinto vistos desde el Acrocorinto

Ese era el contexto con el cual se topó Apolo, prácticamente un año después de la salida de San Pablo.5 Sin embargo nada de eso desalentó a aquel gran predicador: «Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con las Escrituras que Jesús es el Mesías» (Hch 18, 27-28).

Bien instruido respecto a las verdades evangélicas, Apolo predica en Corinto con el mismo éxito que había obtenido en Éfeso, llegando a convertirse en obispo de aquella ciudad.6

Absurda disputa

En realidad, su popularidad entre los fieles de Corinto creció de tal forma que terminó suscitando una especie de división: unos decían ser de Pedro, otros de Pablo, otros de Apolo, otros de Cristo…

Esa absurda actitud tuvo varias causas, y la primera de ellas fue la superficialidad de los propios corintios. ¿Cómo pudieron llegar a igualar a los Apóstoles con el Señor hasta el punto de equiparar la autoridad de aquellos con la de Él? Es difícil encontrar una respuesta.

La misma superficialidad hizo que los corintios, al ver la gran elocuencia de Apolo, lo creyeran superior a San Pablo, que predicaba de un modo más sencillo y sin emplear los recursos de la retórica (cf. 1 Cor 2, 1-5).

Como si eso no bastara, hallamos un factor externo: la creación de los partidos entre los corintios probablemente también sería inflada por ciertos judíos «conversos», que habían llegado a la ciudad poco después de Apolo y buscaban pretextos para atacar a San Pablo y su título de Apóstol (cf. 2 Cor 10, 9-10; 11, 5-7; 12, 11-13). La maldad de esos elementos infiltrados queda bien expresada en la segunda Carta a los corintios, en la cual son llamados «falsos apóstoles, obreros tramposos, disfrazados de apóstoles de Cristo» (11, 13).

Conviene recordar que Apolo no tuvo ninguna culpa en el surgimiento de la disputa. Si hubiera habido cualquier mala intención en su apostolado, podemos estar seguros de que San Pablo —hombre de carácter notablemente fogoso, intransigente y sincero— habría hecho críticas al respecto, como llegó a hacerlo incluso con relación a San Pedro (cf. Gál 2, 11). Sin embargo, vemos lo contrario: todas las referencias a Apolo en las cartas paulinas muestran gran estima y confianza.

De cualquier forma, los partidos se habían constituido y la situación en Corinto se hizo insostenible. Fue entonces cuando Apolo decidió salir de la ciudad, para encontrarse con San Pablo en Éfeso.7

Encuentro con San Pablo

Al llegar en presencia del Apóstol, Apolo le contó toda la división que estaba sufriendo la comunidad de Corinto.8 Sus noticias vinieron a sumarse a las de varios otros discípulos.

Ante eso, San Pablo resuelve escribir su primera Carta a los corintios, en la cual, por una parte, los reprende por estar creando facciones y, por otra, muestra cómo Apolo fue su colaborador en la predicación del Evangelio: «Pues si uno dice “yo soy de Pablo” y otro, “yo de Apolo”, ¿no os comportáis al modo humano? En definitiva, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Servidores a través de los cuales accedisteis a la fe, y cada uno de ellos como el Señor le dio a entender. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; de modo que, ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer» (3, 4-7).

La humildad del Apóstol, sumada al deseo de eliminar los partidos entre los corintios, hizo que declarara que su trabajo no valía nada. De hecho, sin el auxilio de la gracia, no hay apostolado que dé verdaderos frutos.

San Pablo predicando en el areópago, por Liborio Guerini – Catedral de Faro (Portugal)

No obstante, es una inmensa gloria ser instrumento en las manos de Dios para anunciar el Evangelio. Y gloria también enorme es el secundar al gran doctor de los gentiles en su predicación. De esta manera, Apolo tuvo el insigne mérito de regar la semilla bendita que Pablo plantó.

En otro fragmento de esa misma carta encontramos datos aún más elocuentes: «Por lo que respecta al hermano Apolo, le he pedido encarecidamente que vaya a vosotros junto con los hermanos. Pero se ha decidido rotundamente que no vaya ahora; irá cuando sea oportuno» (16, 12).

Este pasaje deja trasparecer, en primer lugar, la confianza que San Pablo depositaba en Apolo. En la misma carta en que critica la división producida en torno a su persona, afirma que permitió su regreso a Corinto y, como si eso no fuera suficiente, le pidió encarecidamente que volviera. Pero Apolo no quería que las atenciones se desviaran de lo principal: Nuestro Señor Jesucristo.

Podemos concluir que el obispo de Corinto aceptaba con veneración la superioridad de Pablo, a quien el propio Jesús había elegido para que fuera el Apóstol de las gentes. Apolo se reconocía un mero pedagogo, mientras que el padre de la comunidad de Corinto era San Pablo. Por cierto, esa verdad también se encuentra mencionada en la carta, poco después de la reprensión sobre los partidos (cf. 1 Cor 4, 15-16).

Y esas fueron las razones por las que Apolo, como ejemplo de humildad, no quiso volver a Corinto.

Sumergido nuevamente en el misterio

Después de esos episodios, la figura del elocuente alejandrino desaparece otra vez. ¿Habría regresado a Corinto junto con San Pablo, en el año 57? Es posible, pero no hay documentos que nos den esa seguridad al respecto.

La próxima pista de Apolo data de mucho tiempo más tarde, cuando ya se acercaba el fin de la vida de San Pablo. Se trata de la última mención acerca de él en la Sagrada Escritura, encontrada en la Carta a Tito: «Provee con generosidad de cuanto sea necesario a Zenas el maestro de la ley y a Apolo, para que no les falte de nada» (3, 13).

Tito fue el primer obispo de Creta y, en esa época, residía en aquella isla.9 San Pablo le escribe para garantizar que Apolo y Zenas —de este último no se conoce nada más— fueran asistidos en su viaje. Una vez más vemos la estima que el Apóstol nutría por su elocuente colaborador.

A lo que parece, tanto Apolo como Zenas se encontraban por entonces con Pablo y debían tener que hacer algún viaje pasando por Creta, tal vez de regreso a Alejandría.10

Y aquí, el fogoso y elocuente predicador, discípulo y auxiliar del apóstol San Pablo, se sumerge nuevamente en el misterio. ¿Habrá regresado una vez más a Corinto, para cuidar de su rebaño? ¿O acaso, ya próximo de la ancianidad, habrá permanecido hasta el final de sus días en Alejandría? ¿Por qué no fue galardonado oficialmente por la Iglesia con el título de santo?

Dichas preguntas, de momento, siguen sin respuesta…

Sin embargo, por lo poco que conocemos de este personaje, cuyo nombre merece figurar en los Libros Sagrados, ya nos revela un ejemplo de humildad, modestia y fe, que el Espíritu Santo quiso concederle a la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

 

Notas

1 Cf. GAUME, Jean-Joseph. Biographies Évangéliques. Paris: Gaume e Cie, 1893, v. II, p. 197.
2 Ídem, ibídem.
3 Este número comprende únicamente a los hombres libres. Se estima que en Corinto habría también cerca de 400 000 esclavos (cf. LEAL, SJ, Juan et al. La Sagrada Escritura. Texto y comentario por profesores de la Compañía de Jesús. Nuevo Testamento. Hechos de los Apóstoles y Cartas de San Pablo. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1965, v. II, p. 330). La Biblia de la Universidad de Navarra habla de 100 000 habitantes, sin hacer referencia a los esclavos (cf. SAGRADA BIBLIA. Nuevo Testamento. Pamplona: EUNSA, 2004, p. 963).
4 TURRADO, Lorenzo. Biblia Comentada. Hechos de los Apóstoles y Epístola a los Romanos. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1975, v. VIa, p. 183.
5 Cf. TURRADO, Lorenzo. Biblia Comentada. Epístolas paulinas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1975, v. VIb, p. 3.
6 Cf. DÍDIMO EL CIEGO. Fragmentos a la primera Carta a los corintios. In: BRAY, Gerald (Dir.). La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia. Nuevo Testamento. Madrid: Ciudad Nueva, 2001, v. VII, p. 264. Aunque Dídimo haya vivido casi tres siglos después de Apolo, su testimonio tiene un valor considerable, debido al hecho de ser natural de Alejandría, y coterráneo, por tanto, de éste. Además, no se encuentra en el Nuevo Testamento ni en Eusebio de Cesarea afirmaciones que contradigan ese dato.
7 No es posible establecer la fecha exacta en la que Apolo dejó Corinto, sin embargo, su marcha no fue posterior al año 57, pues en ese año fue cuando San Pablo dejó Éfeso (cf. TURRADO, Biblia Comentada. Epístolas paulinas, op. cit., pp. 4-5).
8 Cf. Ídem, p. 5.
9 Cf. EUSEBIO DE CESAREA. Historia Eclesiástica. L. III, c. 4, n.º 5. Madrid: BAC, 2008, p. 124.
10 Cf. TURRADO, Biblia Comentada. Epístolas paulinas, op. cit., p. 424.

 

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