Santo Tomás de Aquino establece una interesante relación entre el don de consejo y la quinta bienaventuranza: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5, 7). Para comprenderla mejor, es necesario, ante todo, recordar el papel de los frutos del Espíritu Santo y las bienaventuranzas evangélicas en la vida espiritual de los bautizados, así como su significado en la teología.
Los frutos del Espíritu Santo son actos eminentes practicados por un alma que responde fielmente a las mociones del Paráclito mediante sus dones (cf. Suma Teológica. I-II, q. 70, a. 1). Pueden compararse con los frutos maduros de un árbol y se distinguen por la gran suavidad y dulzura que los acompañan. En su epístola a los gálatas, San Pablo enumera algunos de ellos: «El fruto del Espíritu es: caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, templanza» (5, 22-23).
Ahora bien, cuando los frutos del Espíritu Santo sobresalen por su perfección y excelencia, reciben el nombre de bienaventuranzas evangélicas (cf. Suma Teológica. I-II, q. 70, a. 2). Éstas constituyen el punto culminante, en la tierra, de la vida cristiana y, como consecuencia de las sublimes recompensas vinculadas a ellas, son ya un comienzo de la felicidad eterna. Representan, en cierto sentido, una síntesis del sermón de la montaña, donde Nuestro Señor Jesucristo las reduce a ocho (cf. Mt 5, 1-10).
Sin embargo, se trata de un número simbólico, pues todas las obras heroicas de los santos se cuentan entre las bienaventuranzas. Éstas son actos de virtud perfecta —y, por lo tanto, acciones concretas—, que se diferencian de las virtudes y de los dones, que, como hábitos operativos, disponen al hombre para realizar actos sobrenaturales (cf. Suma Teológica. I-II, q. 69, a. 1). Así, corresponden a los dones como la operación al hábito (cf. Super Sententiis. L. III, dist. 34, q. 1, a. 4, ad 1).
Al abordar la relación entre el don de consejo y la quinta bienaventuranza, Santo Tomás se basa en San Agustín, quien afirma: «El consejo es propio de los misericordiosos, porque el único remedio para liberarse de tantos males es perdonar y dar a los demás» (Suma Teológica. II-II, q. 52, a. 4). No obstante, el Doctor Angélico hace algunas consideraciones al respecto.
Santo Tomás afirma que el don de consejo dirige todos nuestros actos virtuosos, pero puede decirse que lo hace de modo especial cuando realizamos una obra de misericordia, como motivo que la inspira (I-II, q. 69, a. 3, ad 3).
En efecto, el don de consejo se ocupa propiamente de las cosas más útiles en orden a nuestro fin último, es decir, nos ayuda a elegir lo que nos conduce sin desviaciones al Cielo. Ahora bien, nada nos es más útil para alcanzar la vida eterna que la misericordia (cf. II-II, q. 52, a. 4), en el doble sentido enunciado por la quinta bienaventuranza: por las obras de misericordia para con el prójimo, obtenemos para nosotros la misericordia divina.
Explica el Aquinate (cf. Lectura super Matthæum, c. 5, lect. 3) que ser misericordioso significa tener un corazón que sufre como propio el infortunio ajeno, lo que nos lleva a socorrer al prójimo en sus necesidades temporales y, sobre todo, a exhortarlo a abandonar el vicio, el peor de los males. Quien actúa de este modo obtiene para sí la misericordia de Dios ya en esta tierra, por el perdón de los pecados y de la pena temporal, y especialmente en la vida futura. ◊

