Un «no» de Dios, que se convirtió en una gesta

La ruta estaba trazada: de Poitiers iría a Lyon; de allí atravesaría el Piamonte para llegar a Bolonia, Rímini, Loreto y, finalmente, a la tan deseada Roma. Y desde la Ciudad Eterna pasaría a Canadá, Japón o cualquier otro remoto lugar del mundo donde no se hubiera oído hablar de Jesús y de su Madre. El ardor apostólico de San Luis María Grignion de Montfort no había encontrado un camino más rápido y directo para alcanzar sus esperanzas misioneras.

Era un camino rápido y directo, sí, pero ni mucho menos recto ni fácil. El joven sacerdote estaría expuesto a los ataques de los hombres y del clima, a las humillaciones, a la pobreza más aflictiva y al agotamiento corporal y psicológico. ¡Pero no le importaba! El desprecio de los clérigos, la desconfianza de las poblaciones, las noches bajo la fría luz de las estrellas: nada de esto le impediría dirigirse al Santo Padre para hablarle de la conquista del mundo pagano para la Santa Iglesia. Francia, su patria, no quería escucharlo; entonces se volvería hacia los gentiles, hacia la inmensa multitud de pueblos por bautizar.

Con tales propósitos, el P. Luis María entró, finalmente, en Roma. Unos días después, el 6 de junio de 1706, el papa Clemente XI recibió al peregrino y acogió con agrado su apasionada exposición. Le habló al Vicario de Cristo de los chinos que nunca habían oído el Evangelio, de los Santos Lugares de Jerusalén que no tenían dignos reverenciadores, del inmenso Canadá que esperaba más predicadores…

Mientras el P. Luis María exponía sus proyectos, el romano pontífice sonreía, pues veía en aquel hombre a un enviado de la Providencia para… Francia, donde la herejía y el cisma proliferaban. El jansenismo se había instalado allí con fuerza, apartando al pueblo fiel de Jesús Hostia, y el galicanismo amenazaba con separar a la nación francesa de la Iglesia romana. Por lo tanto, el campo de batalla no era Laponia, Mongolia o Indonesia.

«Tenéis, señor, —respondió el Papa al final de las palabras del P. Luis María— un terreno muy amplio en Francia para ejercitar vuestro celo; no vayáis a otro sitio». El fogoso sacerdote inclinó la cabeza y, refrenando su entusiasmo, obedeció.

Dios había puesto en el interior de San Luis María Grignion de Montfort ardientes anhelos de luchar por la conversión de las almas. Y el santo había interpretado la voz divina como un llamamiento a las misiones lejanas. Sin embargo, cuando oyó la orden del Santo Padre, no lo tomó como algo opuesto a las promesas del Señor. Más bien, subyugó su criterio a los juicios inefables del Altísimo. Había allí un grandioso y desconocido designio.

Se lanzó, pues, con valentía al apostolado entre sus compatriotas, especialmente en la Vandea y Bretaña. Y si hubiera vivido allí hasta finales de siglo, habría visto cumplida la augusta intención de Dios con ese aparente engaño. De hecho, únicamente en esas regiones fue donde la Revolución francesa encontró una oposición intrépida y organizada. Sólo del suelo regado por las predicaciones de San Luis María brotó la resistencia a esa irrupción de ateísmo que persiguió a la Iglesia y expulsó a Dios del altar. Sólo allí se escribió una épica y dolorosa gesta cristiana. 

 

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