Domingo de la Octava de Pascua – Domingo de la Divina Misericordia
En el segundo domingo de Pascua, San Juan recoge tres grandes lecciones de misericordia de Jesucristo para con su Iglesia.
Cuando el Señor se aparece en el cenáculo, sus primeras palabras son: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19). Con este saludo les transmite a los Apóstoles la serenidad que les había faltado durante su Pasión y muerte en la cruz, acobardados ante la perspectiva de perder sus propias vidas. La paz de Cristo era el antídoto sobrenatural que necesitaban.
Como efecto de esa paz, Jesús les comunica a los Apóstoles el divino Paráclito e instituye el sacramento de la penitencia, dándoles el poder de perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Establecía así el mas alto tribunal de la tierra, en el que el propio Cristo, en la persona de sus ministros, absuelve de sus culpas al penitente arrepentido.
Ocho días después, la paz también es infundida en el alma del apóstol Santo Tomás, el mismo que había pedido seguir a Cristo, recibiendo la revelación de que Él era «el camino y la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Sin embargo, después de la muerte de Jesús, dominado por el miedo, la incredulidad y la falta de confianza, ese discípulo se negaba a creer en su Resurrección. «Hemos visto al Señor», le decían sus hermanos; a lo que les contestaba: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20, 25). El divino Maestro lo llamó paternalmente hacia sí y atendió su petición, concluyendo: «No seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20, 27).
Ciertamente en la vocación de Tomás estaba el enseñar a los pueblos que el verdadero y único camino a seguir es el que él mismo aprendió de labios del Redentor. El Señor le permitió esta prueba para que, superado el obstáculo, el Apóstol se convirtiera en un testigo fiel de su persona y llevara la Buena Noticia hasta los confines de la tierra. De hecho, evangelizó Persia y la India, donde murió martirizado. Hay incluso misteriosos indicios de su predicación en América, recogidos en las tradiciones indígenas de este continente.
Quedémonos con las tres grandes lecciones que el Señor nos da en este domingo dedicado a su misericordia: buscar la paz de Cristo es el único camino a seguir para que la humanidad, sumergida en las tinieblas de la incredulidad, pueda reerguirse; si nuestra conciencia nos acusa de alguna falta, no dudemos en buscar el tribunal de la misericordia, que es la confesión, y entonces obtendremos la paz; cuando nuestra alma se sienta envuelta por las sombras de la incertidumbre, sigamos lo que Santo Tomás aprendió de Jesús: «Tened confianza, yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). ◊