Preguntan los lectores

No me gusta usar esta palabra, pero a falta de una mejor… ¿Hay personas «predestinadas» a ser santas desde el principio? Sé que Dios tiene ciertas preferencias: ama mucho más a la Virgen María que a mí, ama mucho más a San José que a mí, ama mucho más a la Hna. Dulce que a mí… ¿Será que, entre las muchas moradas celestiales, estoy destinado a tener solamente una «choza»? Me gustaría intentar comprenderlo un poco más.

André Moraes – Vía correo electrónico

Estimado André, su pregunta es excelente. Santa Teresa del Niño Jesús se enfrentó a una duda idéntica: «Durante mucho tiempo me pregunté por qué Dios tenía preferencias, por qué no todas las almas recibían el mismo grado de gracias» (Manuscrito A, 2r).

¿Quiere saber cuál fue la respuesta que encontró? Enseguida lo veremos. Por ahora, volvamos a su pregunta. Por lo que describe, podemos discernir una tentación del demonio para desanimarle: «¿Tener solamente una “choza”?». ¿Habrá chozas en el Cielo?…

El Apocalipsis resuelve este problema, pues afirma que la Jerusalén celestial está hecha enteramente de magníficas piedras preciosas, con esplendores que no podemos imaginar. Allí, los ángeles cantan sin cesar un cántico nuevo, y los justos se alegran siempre en la presencia de Dios; no hay llanto ni dolor (cf. Ap 21).

En esta tierra, especialmente en el mundo moderno, vivimos entre competiciones, comparaciones y envidias. En el Cielo, todo es distinto: podría llamarse el Reino de la admiración, donde unos se regocijan por el bien de los otros. Al fin y al cabo, somos «un solo cuerpo» (Rom 12, 5) y «si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Cor 12, 26).

Si algunas personas reciben más de Dios que otras o son más amadas por Él, no hay ninguna injusticia. El Señor nos creó gratuitamente, sacándonos de la nada mediante un enorme acto de amor y dándonos la promesa de la felicidad eterna, una recompensa «sobremanera grande» (Gén 15, 1).

Así, ante la superioridad de la Virgen y de otros santos, la reacción de los bienaventurados es de gozo y no de tristeza, pues la grandeza del que está arriba proclama la magnificencia de aquel que los creó a todos. Un penitente como San Agustín se alegrará por toda la eternidad de la inocencia intacta de Santa Teresa, quien cantará la bondad de Dios por sacar del fango a tal pecador, haciendo de él uno de los faros de la Santa Iglesia.

Partiendo de estas premisas, consideremos ahora las palabras de la santa de Lisieux:

«Jesús […] puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que Él ha creado son hermosas, que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan su perfume a la humilde violeta ni su encantadora sencillez a la margarita… Comprendí que si todas las florecillas quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su adorno primaveral. […]

»Así es el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él quiso crear grandes santos, que pueden compararse con los lirios y las rosas; pero también creó otros más pequeños, y éstos han de contentarse con ser margaritas o violetas destinadas a alegrar la vista de Dios. […] La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos… Comprendí igualmente que el amor del Señor se revela tanto en el alma más sencilla, que no se resiste en nada a su gracia, que en el alma más sublime» (Manuscrito A, 2v).

Y concluye diciendo: «Así como el sol ilumina a la vez a los cedros y a cada florecilla, como si fuera la única en la tierra, así el Señor se ocupa también particularmente de cada alma como si no hubiera otra semejante» (Manuscrito A, 3r).

Finalmente, André, ¿puedo darle un consejo? Sea muy devoto de la Santísima Virgen. Póngase en sus manos, pues Ella lo guiará maternalmente por las vías de la santidad. 

 

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