Preguntan los lectores

En el artículo «Actuando en el pasado, presente y futuro…», de la edición de enero, Mons. João dice que «podemos rezar por los fallecidos mucho después de su muerte para impedir que el demonio ejerza su acción sobre ellos, y para que reciban una gracia eficaz de conversión en la hora de su agonía o tengan una buena muerte, confiados en la misericordia divina y en la bondad maternal de la Santísima Virgen, para que sus almas salgan de sus cuerpos con tranquilidad, alegría y júbilo y puedan subir al Cielo de la manera más hermosa». Pero ¿y si la persona no se ha salvado? Rezamos para que haya tenido una buena muerte, se haya convertido en el último momento o se haya salvado. Pero si la persona no se convirtió, no se arrepintió de sus pecados a tiempo —o no quiso arrepentirse—, ¿tiene algún valor esa oración?

Verónica Dias Gonçalves – Vía revista.arautos.org

Cuando hablamos de oración, hemos de tener en cuenta dos elementos relacionados con ella: la eficacia y el mérito.

Se considera que la oración es eficaz cuando la súplica es escuchada favorablemente y alcanza su objetivo. En los santos evangelios hay numerosos relatos de peticiones hechas al Señor que Él respondía de inmediato: recuperación de la vista, liberación de endemoniados, curación de leprosos… Se trata de innumerables milagros fruto de una plegaria formulada con fe y humildad, como la del leproso: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Lc 5, 12).

Sin embargo, la oración no siempre es eficaz. Esto ocurre por varias razones, como: por falta de fe, de confianza o de perseverancia; porque lo que pedimos no conviene a nuestra salvación; finalmente, porque no depende sólo de Dios y de nosotros que la oración sea atendida, sino también de la persona por la que rezamos, ya que ésta, en ejercicio de su libertad, puede rechazar las gracias que nuestra oración le obtiene.

Según Santo Tomás, para que la oración sea eficaz se requieren cuatro condiciones: pedir por sí mismo, pedir cosas necesarias para la salvación, hacerlo con piedad y con perseverancia (cf. Suma Teológica. II-II, q. 83, a. 15, ad 2). La primera, que pareciera un incentivo al egoísmo, en realidad no es más que una precisión teológica. Siguiendo con el tema de la oración en la Suma Teológica, el Doctor Angélico nos anima encarecidamente a rezar por el prójimo:

«Debemos pedir en la oración lo que debemos desear. Pero debemos desear bienes no sólo para nosotros, sino también para los demás, pues esto pertenece a la esencia misma del amor debido al prójimo […]. A este propósito dice el Crisóstomo: “La necesidad obliga a cada uno a orar por sí mismo; la caridad fraterna nos exhorta a hacerlo por los demás”. Pero la oración más grata a Dios no es la que eleva al Cielo la necesidad, sino la que la caridad fraterna nos encomienda» (a. 7).

De este modo, queda claro que la oración hecha por el prójimo es sumamente agradable a Dios; pero no siempre es eficaz. ¿En qué consiste entonces su valor? El propio Santo Tomás nos responde:

«A veces, acontece que la oración a favor de otro, aunque se haga piadosa y perseverantemente, y se pidan bienes conducentes a la salvación, no los impetra porque hay algún impedimento por parte de la persona por quien se ora, según aquello de Jeremías: “Aunque se me pongan delante Moisés y Samuel, mi alma no está de parte de ese pueblo” (15, 1). Con eso y con todo, la oración será meritoria para el que ora por caridad, según aquello del salmo: “Mi oración se volverá a mí en mi seno” (34, 13), esto es, dice la Glosa interlineal: “Aunque a ellos no les aprovechó, yo no quedé sin recompensa”» (a. 7, ad 2).

Por lo tanto, en el caso planteado por Verónica, aunque la oración no sea eficaz en cuanto a la intención expresada, tendrá el valor de obtener méritos con vistas a la vida eterna para quien la hizo y, por consiguiente, le será muy provechosa. Adicionalmente, podemos decir que Dios, al recibir tal plegaria, tiene el poder soberano de aplicarla a cualquier otra intención conveniente para el bien de las almas y de la Santa Iglesia, razón por la cual una oración nunca se hace en vano.

 

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