Nuestra Señora en la lucha Revolución y Contra-Revolución

La Revolución está propulsada sobre todo por dos vicios: el orgullo y la impureza. Para aplastarla, es necesario practicar las virtudes opuestas, lo que sólo se logra por la gracia, concedida por Dios a ruegos de María Santísima.

Debemos considerar algunas cuestiones acerca de las relaciones entre la obra de San Luis María Grignion de Montfort y todo lo que explico en mi libro Revolución y Contra-Revolución (en adelante RCR).

La primera de ellas es el papel de Nuestra Señora en la Contra-Revolución y, particularmente, el de la esclavitud a la Madre de Dios, o sea, de la perfecta devoción predicada por San Luis.

Concepción gnóstica y revolucionaria del universo

La RCR presenta la Revolución como un movimiento nacido de un deterioro moral. Hay dos vicios fundamentales, el del orgullo y el de la impureza, que constituyen en el hombre una incompatibilidad con la doctrina católica, desde el siguiente punto de vista.

La Iglesia tal como es, la doctrina que enseña, el universo que Dios creó, y que podemos conocer mejor a través de los prismas de la Esposa Mística de Cristo, son temas que el hombre virtuoso, puro y humilde degusta. Está encantado y se alegra al ver que eso es así, y lo acepta todo de buen corazón.

Pero si una persona cede al vicio del orgullo, comienza a formarse en ella una incompatibilidad con diversos aspectos de la obra de Dios. Es una inconciliabilidad, al principio, con el carácter jerárquico de la Iglesia, luego con el de la sociedad civil; o en orden inverso. Después, una inconformidad con el carácter jerárquico de la familia. Y así se va desarrollando el igualitarismo hasta llegar a la cima del comunismo. Es decir, del orgullo nace toda una metafísica contraria a la doctrina católica, procedente de una viciosa incompatibilidad del alma con la obra divina.

Algo más o menos paralelo podría decirse de la impureza. El hombre impuro tiene los elementos necesarios para contrariar el orden establecido por Dios. Se siente llevado, por lo general, hacia el liberalismo. Le irrita la existencia de una regla, un freno, una ley que circunscriba el desbordamiento de sus sentidos. Por ello, todo lo que signifique ascesis empieza a parecerle averso. Naturalmente, surge una inquina contra el principio mismo de la autoridad como tal.

El resultado es que, a partir de la impureza y del orgullo, se forman los elementos necesarios para una visión diametralmente opuesta a la obra de Dios. Esta visión ya no difiere en uno y otro punto de la doctrina de la Iglesia, sino que, a medida que estos vicios se profundizan y, a lo largo de las generaciones, se van acentuando más, se va estructurando toda una concepción que no sólo es distinta, sino la más contraria posible. Y acaba siendo, en última instancia, la concepción gnóstica y revolucionaria del universo.

A partir de la impureza y del orgullo se forman los elementos para una visión opuesta diametralmente a la obra de Dios

La Revolución tiene como causa moral el orgullo y la sensualidad. Así pues, todo el problema de la Revolución y de la Contra-Revolución es, en el fondo, una cuestión moral. Lo que se dice en las líneas o en las entre líneas de la RCR es que si no fuera por el orgullo y la sensualidad, la Revolución como movimiento organizado en todo el mundo no existiría, no sería posible.

Toda preservación o regeneración moral procede de la gracia

Ahora bien, si en el meollo del problema de la Revolución y la Contra-Revolución se encuentra una cuestión moral y, por tanto, religiosa —porque todas las cuestiones morales son esencialmente religiosas, ya que una moral sin religión es la cosa más incoherente que se pueda imaginar—, se concluye que la lucha de la Revolución y la Contra-Revolución es, en su núcleo, una lucha religiosa.

Así pues, si nos encontramos en el terreno de la lucha religiosa, comprendemos mejor el papel de Nuestra Señora en la Contra-Revolución. Si una crisis moral da origen al espíritu de la Revolución, entonces es cierto que esa crisis sólo puede remediarse con la ayuda de la gracia.

La Iglesia nos enseña que los hombres no pueden cumplir de modo estable y duradero, en su integridad, los mandamientos de la ley de Dios con meros recursos naturales; para ello, necesitan de la gracia. Por otro lado, cuando alguien cae en un estado de pecado y se acumulan en él los apetitos hacia el mal, esta situación moral, a fortiori, no puede ser resuelta sin auxilios de carácter sobrenatural. El resultado es que toda preservación o regeneración moral verdadera procede de la gracia divina.

Condición para el triunfo de la Contra-Revolución

De modo que vemos claramente el papel de Nuestra Señora. Al ser el canal por el que pasan todas las gracias que vienen de Dios, entendemos que el auxilio de sus oraciones es indispensable para que la Revolución sea derrotada y se establezca el Reino de María.

Virgen de la Medalla Milagrosa – Iglesia de San Antonio, Cádiz (España)

Las gracias se podrán obtener de esa manera, pero si no son correspondidas por los hombres, se hace inevitable que la Revolución triunfe. Por consiguiente, esa afluencia de gracias sobre las almas fieles es un elemento fundamental para que la Revolución sea derrotada. Depende de Dios, evidentemente, pero Él ha querido, por un acto libre de su voluntad, que eso dependiera de la Santísima Virgen, para gloria de Ella y de su divino Hijo. De ahí que la devoción a Nuestra Señora sea la condición para que la Revolución sea aplastada y triunfe la Contra-Revolución.

La afluencia de gracias sobre las almas es elemento esencial para derrotar a la Revolución , y el canal para esas gracias es Nuestra Señora

Insisto en este aspecto porque es muy importante: si tomamos una humanidad fiel a las gracias que reciba a través de María Santísima para la práctica de los mandamientos y esta práctica se convierte en un fenómeno general, es inevitable que la sociedad acabe estructurándose bien, pues con el estado de gracia viene la sabiduría, y con la sabiduría todas las cosas se encauzan.

No es preciso hacer muchos estudios de sociología, economía y finanzas para lograrlo. Con el estado de gracia —no sólo por el movimiento natural, espontáneo e intrínseco de cada hombre— todo tiende a regularizarse, y los estudios necesarios se harán excelentemente y alcanzarán su resultado.

Cuando hay un rechazo de la gracia, nada camina. Y si algo marcha es peor que si no anduviera. Un ejemplo de esto lo tenemos en la civilización contemporánea: se construyó sobre el rechazo de la gracia y ha conseguido unos resultados estrepitosos; sin embargo, aunque este orden de cosas parezca ser una afirmación del hombre, en realidad lo devora. Los países de los grandes logros son los países de la psicosis. Es decir, sin la gracia, el hombre, o bien no construye nada, o bien edifica una prisión, una cámara de tortura, un palacio de delicias en el que sufre más que en un campo de concentración.

Intensidad de gracias proporcional a la devoción a la Virgen

Dicho esto, podemos afirmar que cuanto mayor sea la devoción a Nuestra Señora, más abierto estará el canal de gracias. Si es una devoción totalmente auténtica, será infalible que la oración sea atendida y que las gracias lluevan sobre un determinado individuo o país.

No obstante, si la devoción a la Santísima Virgen conlleva restricciones o es defectuosa, entonces la gracia también encuentra, implícitamente, cierta resistencia por parte del hombre. En ello, éste ya se muestra ingrato, y acaba sucediendo que toda vida, la savia de la sociedad, se va extinguiendo.

A menudo se dice que, en la economía de la gracia, Jesucristo es la cabeza del Cuerpo Místico y Nuestra Señora el cuello, porque todo pasa a través de Ella. La imagen es totalmente cierta en la vida espiritual de una persona. Imaginemos a alguien con poca devoción a la Madre de Dios: se asemeja a un individuo con una cuerda atada al cuello, la cual le permite un hilito de respiración. Cuando no tiene devoción, se asfixia. Si, por el contrario, posee una gran devoción a la Virgen María, su cuello queda enteramente libre, el aire entra en sus pulmones a plenos haustos y puede vivir con normalidad.

El Dr. Plinio en 1994

No digo que sea algo automático, sino que, cuando hay correspondencia a la gracia, por fuerza todo sale bien. No basta con trabajar, estudiar, organizarse. El problema fundamental es que exista esa correspondencia.

En sentido opuesto, podríamos afirmar lo mismo acerca del demonio. Porque su papel en el estallido y el progreso de la Revolución ha sido enorme. Consiguió tentar al hombre, induciéndolo a una posición revolucionaria y a extremos revolucionarios, que están por debajo incluso de la miseria humana, y a llevar a cabo una Revolución como la actual, la cual es peor que el presente grado de decadencia de la naturaleza humana. Si el demonio no hubiera estado ahí para tentar al hombre, el proceso no habría resultado tan terrible como es.

Los factores determinantes de la Contra-Revolución y de la Revolución, que son la gracia y el demonio, dependen del imperio de María

Ahora bien, este factor de propulsión tan fuerte de la Revolución está completamente en dependencia de Nuestra Señora. Basta con que Ella tenga un mínimo acto de imperio que el Infierno entero tiembla, se confunde, retrocede y desaparece. Por el contrario, basta que Ella comprenda que, para castigo de los hombres, conviene dejarle al demonio cierto radio de acción, y éste progresará tanto como Ella se lo permita.

Por lo tanto, los factores determinantes de la Contra-Revolución y de la Revolución, que son la gracia y el demonio, dependen del imperio y del dominio de la Santísima Virgen. Vemos, pues, una vez más, su papel en esta lucha.

Verdadera Reina del universo…

Cabe añadir que la mediación de María Santísima no debe considerarse únicamente desde el punto de vista de la oración. Ella no es sólo la que reza por todos los hombres, sino la Reina del universo, y esta realeza es verdadera.

Alguien podría objetar: «Dr. Plinio, llamar Reina a Nuestra Señora es mero verbalismo, porque Ella hace todo lo que Dios quiere, es su esclava. Por ello, en última instancia, la Santísima Virgen no es Reina, sino simplemente como un cristal transparente e inerte a través del cual pasan los rayos divinos. El verdadero Rey es Dios».

Aquí entra una sutileza que hay que tener en cuenta. Imaginemos un director de un colegio cuyos alumnos son sumamente insubordinados; los castiga e impone una dictadura férrea. Más tarde se marcha y le dice a su madre lo siguiente:

«Sé que gobernarás este colegio de una manera diferente a mí, porque yo gobierno con vara de hierro y tú tienes un corazón materno. Quiero que ahora gobiernes tú y no yo. Te entrego la dirección».

Esta mujer dirigiría el colegio como el director quería, pero con su propio método, que al mismo tiempo representaría su voluntad como distinta de la de él, pero por el cual ella haría enteramente la voluntad del director.

Así es Nuestra Señora como Reina del universo. Jesucristo le dio a Ella, que es únicamente Madre y no tiene el papel de juez, una realeza cuya misericordia va más allá de la justicia que Él, en su posición de Juez, quiere ejercer. Entonces, Nuestro Señor la coloca, con todas las indulgencias, todos los extremos de misericordia de una Madre —que la autoridad paterna de sí no abarca—, como Reina del universo, para gobernarlo. Y la voluntad del Hijo es que su Madre haga algo que Él no podría realizar.

La Coronación de la Santísima Virgen, de Jacopo di Cione – Galería Nacional, Londres

Por lo tanto, en cuanto distinta de Nuestro Señor, María, Reina del universo, es quien mejor realiza la voluntad de Él.

… que guía los acontecimientos y dirige la historia

Por consiguiente, existe un régimen verdaderamente marial de gobierno del universo, lo que explica el papel de Nuestra Señora como la que dirige, regula el curso de los acontecimientos terrenales, decreta lo que debe suceder. Siempre, por supuesto, inspirada por Dios y en unión con Él.

Más que mediadora omnipotente y suplicante, Ella es verdaderamente la Reina que guía los acontecimientos y dirige la historia

María Santísima es infinitamente inferior al Todopoderoso, eso es evidente, pero Él quiso libremente darle ese papel como un acto de liberalidad. De ella depende la duración de la Revolución y de la Contra-Revolución, y es Ella quien interviene en los hechos para que la Revolución no triunfe. Basta recordar, por ejemplo, la batalla de Lepanto.

¡Cuántos otros acontecimientos de la historia de la Iglesia ha habido en los que la Santísima Virgen dejó claro que era una intervención directa suya la que influía en los episodios! Y entonces se comprende que, más que una mediadora omnipotente y suplicante, es verdaderamente la Reina que guía los acontecimientos y dirige la historia.

Cuando la Iglesia canta respecto de la Madre de Dios: «Tú sola destruiste todas las herejías del universo entero», afirma que su papel en esa destrucción fue como único. Quien promueve la eliminación de las herejías dirige los triunfos de la ortodoxia; quien gobierna una y otra dirige la historia. Ella es verdaderamente la Reina. Y esa realeza de Nuestra Señora nos da una visión más de su papel en toda la problemática Revolución y Contra-Revolución. 

Extraído, con adaptaciones, de:
Dr. Plinio. São Paulo. Año XX.
N.º 237 (dic, 2017), pp. 24-29.

 

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