Desde hace más de dos siglos, una bella y misericordiosa Reina instaló su palacio en un casi inaccesible desfiladero. ¿Qué misterioso encanto atrae desde allí a miles de peregrinos anualmente?

 

Erigida en el aire y equilibrándose elegantemente entre dos enormes montañas, la basílica de Nuestra Señora de Las Lajas parece desafiar las leyes de la física. En ese lugar el peregrino puede oír las armónicas melodías de una naturaleza recogida, que le invita a contemplar uno de los más sublimes prodigios de la Creación.

Despuntando sobre el lecho de un río, la construcción nos recuerda a las antiguas catedrales medievales edificadas con piedras y coronadas con puntas elevadas hacia el cielo en oración. Las numerosas imágenes de ángeles y santos dispuestas entre las columnas y arbotantes del frontispicio parecen introducirnos en una atmósfera grandiosa y filial, propia al encuentro con una reina.

En su interior, las altas y esbeltas columnas, encimadas por las bóvedas góticas, dibujan un solemne cortejo que conduce al ábside de la iglesia. No obstante, este santuario presenta una peculiaridad, que lo hace más atrayente y misterioso: su presbiterio no está adornado con bellos vitrales o pinturas, sino con la sencillez de las piedras, pues el templo se abriga en la montaña, como sirviendo de moldura a un tesoro escondido en las profundidades de la roca.

¿Por qué la parte principal del suntuoso edificio se revistió de pobreza y oscuridad? ¿Qué llevó a sus constructores a erigirlo en ese inhóspito lugar?

«¡Mamita, vea a esa Señora!»

En 1754, María Mueses de Quiñones, una indígena descendiente de los caciques de Potosí, Colombia, caminaba por los alrededores del corregimiento de Las Lajas, del municipio de Ipiales, cuando se desató una terrible tormenta. Afligida, corrió en busca de abrigo en una peligrosa ladera, cuyas piedras a menudo se desprendían, cayendo precipicio abajo hasta el río, que se volvía cada vez más violento y caudaloso.

Finalmente la pobre india encontró una gruta en el despeñadero, donde se refugió; sin embargo, su aflicción no disminuyó. En aquellos parajes, según se decía, eran habituales ciertas apariciones del demonio, de manera que, si salía de la cueva, corría el riesgo de caer al río, pero si se quedaba allí, podía encontrarse con el espíritu maligno. En esa situación, María suplicó la protección de la Virgen del Rosario, advocación muy popular en la región. Tras formular su oración, sintió que alguien le tocaba la espalda, aunque al girarse hacia atrás, no vio a nadie… Aterrorizada, salió apresuradamente, a pesar de que una misteriosa atracción la invitaba a no abandonar aquel sitio.

Días después María regresó a la cueva, esta vez llevando a la espalda a su hijita Rosa, la cual había nacido sordomuda. Al llega al lugar, se sentó para descansar; apenas se había acomodado cuando la niña —¡muda!— le dice: «¡Mamita! ¡Mamita! Vea a esa señora blanca [mestiza] con un niño [mestizo] en sus brazos». ¡María oía por primera vez la voz de su hija, con lo cual su corazón se llenó de alegría!, pero como no veía a nadie más allí, al júbilo por el milagro ocurrido le sucedió el temor. Entonces cogió a la niña y se marchó.

Tiempo después, María notó la ausencia de su hija. Por su instinto materno, intuyó dónde podría estar: sin duda ¡había ido a visitar a la «señora blanca»! Corrió apresuradamente en dirección a la cueva y allí encontró a Rosa arrodillada a los pies de la Señora, jugueteando familiarmente con un Niño que se había desprendido de los brazos de su Madre para entretenerse con la chiquilla. Abismada, María cayó de rodillas ¡a fin de contemplar a la Reina de los Cielos! De regreso a su casa, prefirió guardar silencio al respecto, pues recelaba el desprecio de vecinos y parientes.

Madre e hija empezaron a visitar diariamente aquel lugar, ofreciendo a la Señora flores silvestres que recogían por el camino y velas artesanales.

Maternal manifestación, rodeada de prodigios

Escultura de María y su hija Rosa

Esta piadosa costumbre había pasado inadvertida para los demás hasta que un día Rosa enfermó gravemente y murió. María lloraba desconsolada, porque acababa de perder al único fruto de su matrimonio, así como el apoyo de su viudez. No obstante, resuelta y llena de fe, decidió recoger el cuerpo sin vida de su hija y dirigirse a la cueva de la «señora blanca». Al llegar allí, depositó el cadáver a los pies de la Reina del Cielo y, recordándole todas las velas y flores con las que Rosa y ella misma la ornaban, le pidió la resurrección de su hija. La Virgen, conmovida con las súplicas al mismo tiempo maternas y filiales de María, le devolvió la vida a la niña.

Con gran emoción y alegría, la indígena y su hija salieron corriendo hasta el pueblo de Ipiales para anunciar lo sucedido. Ya era entrada la noche cuando llegaron allí, y las campanas de la iglesia parroquial empezaron a tocar milagrosamente. Curiosos, los fieles fueron acercándose al pequeño templo y, una vez reunida la multitud, oyeron el relato de María, mientras constataban que la niña, antes muerta, estaba allí con vida. El párroco, el P. Gabriel Villafuerte, le advirtió severamente a María de que si se trataba de un engaño, sería arrojada al río sin piedad…

Días después se organizó una peregrinación desde Ipiales hasta la cueva, distante 7 km. Los fieles llegaron al lugar con los primeros rayos del sol; sin embargo, de la cueva salían luces de una extraordinaria belleza, aún más fulgurantes que las del astro rey. Ya no cabía ninguna duda, pues todos pudieron contemplar extasiados el milagro: la pintura de la Virgen había aparecido impresa en la roca tal como está descrita en el Libro del Apocalipsis: «Una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza» (12, 1). Sujetaba el Rosario en la mano derecha y al Niño en la izquierda y estaba flanqueada por otros dos «mestizos», que la tradición identifica como San Francisco y Santo Domingo. Era el 15 de septiembre de 1754.

La firma de Dios en la Creación

Al contemplar la Creación, vemos que el Padre quiso grabar una marca indeleble de su Hijo en sus obras: «En Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. […] Todo fue creado por Él y para Él» (Col 1, 16). Sin embargo, el divino Artífice no podría dejar de asociar a tal plan a la más perfecta de sus criaturas, pues, si todo fue hecho a imagen del Hijo, éste vino al mundo por medio de la Virgen: «Fue Ella quien lo amamantó, alimentó, mantuvo, crio y sacrificó por nosotros».1

De este modo, así como «la Encarnación de la segunda Persona de la Santísima Trinidad y la creación de María constituyen un único e indisociable designio en la mente de Dios»,2 también podemos considerar al conjunto de la Creación como la obra maestra del Altísimo hecha a imagen de Jesús y de María.

Nuestra Señora de Las Lajas, Ipiales (Colombia)

Ahora bien, si los pintores suelen firmar sus cuadros, ¿no habrá deseado el Señor plasmar su huella en semejante obra? En ese sentido, analizando la imagen de Nuestra Señora de Las Lajas grabada en la piedra, el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira comentó que ese era «el punto del universo donde Dios firmó, como un artista, su obra. Y la firmó con la figura de su Madre».3 No podría ser de otra manera: Dios coronó la Creación con una marca marial.

Algunos misterios de una singular pintura

Esa elevada analogía se ve reflejada en la misteriosa naturaleza de la propia pintura. Recientes estudios y perforaciones hechas en la piedra muestran que la imagen está impresa de tal modo que sus formas y colores penetran en el interior de la roca. Es decir, si extrajéramos una fina capa de la pintura encontraríamos detrás la misma imagen. Además de esto, lleva expuesta a la intemperie desde hace más de ciento cincuenta años sin haber sufrido ningún deterioro.

Un hecho pintoresco ilustra este milagro permanente. En cierta ocasión algunos devotos locales, movidos por una imprudente preocupación filial, decidieron lavar la pintura con cepillo y jabón a fin de «preservarla». Tan pronto como el párroco se enteró del intento fue corriendo hasta el lugar, pero ya era demasiado tarde. La limpieza había terminado exitosamente y la imagen… ¡estaba intacta!

Hay también otros misterios que envuelven a esta representación de la Santísima Virgen y que el paso de los siglos se ha encargado de aumentar. En las fotografías antiguas se puede ver al Espíritu Santo grabado en la parte superior de la pintura; no obstante, ese detalle ha ido despareciendo a lo largo del tiempo, sin que se sepa el motivo.4 De igual manera, una fuente de agua que brotaba milagrosamente a los pies de la pintura ya no se encuentra allí hoy día. Algunas voces populares mencionan profecías y palabras dichas por la Virgen, pero ninguna de ellas ha llegado hasta nosotros…5

Construcción de una iglesia «flotante» para Nuestra Señora

Tras la aparición de la imagen, el lugar se convirtió en un punto de referencia para las almas piadosas en busca de auxilio sobrenatural; y las gracias allí recibidas se han ido multiplicando. Entonces se edificó una humilde capilla, que pronto dio lugar a una iglesia; pero el número cada vez más grande de devotos hizo necesaria la construcción de un tercer templo.

En 1896 llegó a aquella diócesis, cuya sede se encontraba en la ciudad de Pasto, el prelado español Ezequiel Moreno y Díaz,6 cuyo episcopado estuvo marcado por la defensa de la Iglesia contra el liberalismo y por la edificación de una iglesia a la altura de Nuestra Señora y de la creciente afluencia de peregrinos.

En enero de 1916 se inició la construcción del actual edificio neogótico, cuyo arquitecto, valiéndose de simples campesinos que poco sabían de construcción, logró erigirla «flotando» en un precipicio de la cordillera de los Andes. Infelizmente, a causa de las guerras que asolaron Colombia, el santo obispo no pudo ver terminado el proyecto.

Reflexión, estabilidad, decisión, bondad y firmeza

En ese santuario suyo de Las Lajas, ¿qué lección nos da la Virgen?

Interior del santuario de Nuestra Señora de Las Lajas, Ipiales (Colombia)

Diariamente presenciamos cómo la vulgaridad toma cuenta de todos los ámbitos de la vida: en la forma de alimentarse, de hablar, de vestirse, de festejar e incluso de saludarse. Vulgaridad esa que rebaja al hombre, haciéndole esclavo de sus pasiones y lo subyuga a la dictadura de los instintos. Al procurar en las criaturas una felicidad que no le pueden dar, cuanto más el ser humano trata de deleitarse con ímpetu de las cosas de la tierra, más encuentra la amargura y el descontento.

Ahora bien, en la imagen de Nuestra Señora de Las Lajas vemos reflejado un espíritu diametralmente opuesto a ese, pues su semblante «es casto, sobrio y elevado. No se trata de un cuerpo que mantiene presa al alma, sino de un alma que brilla dentro del cuerpo como el sol en lo alto de la montaña. […] Ella tiene una mirada profunda, inteligente, de una persona meditativa y recogida. Se nota ahí una estabilidad y una continuidad de temperamento y de voluntad extraordinarias. Es verdaderamente la “Señora de las rocas y de las situaciones”. No hay cosa que la sacuda».7

Ella nos «invita, sobre todo, a la reflexión, así como a la estabilidad, la decisión, la bondad y la firmeza».8 Una reflexión seria y profunda de la realidad que nos eleva a la estabilidad de quien confía en la Providencia. Con su bondad maternal y regia, María Santísima nos hace un llamamiento a que nos mantengamos firmes ante las dificultades.

¿Qué pedirle a Nuestra Señora de Las Lajas?

En una de sus cartas pastorales, San Ezequiel Moreno dejó palabras llenas de fuego y entusiasmo dirigidas a Nuestra Señora, muy apropiadas para nuestros días.

«¡María! ¡Madre! ¡Virgen pura, Virgen santa, Virgen inmaculada! Contened la corriente del error y del vicio que se desborda por todas partes. Triunfad de vuestros enemigos y nuestros. Y mientras dura la lucha, ayudad a los que combaten, fortaleced a los desalentados y débiles, consolad a los que sufren, proteged a todos».9

Ante esta Reina, cuya realeza ostenta «un carácter de victoria sobre el mal, así como de protección, amparo y estímulo a sus hijos en la lucha contra el demonio, el mundo y la carne»,10 pidamos, sobre todo, la gracia de ser portadores de su espíritu y de su mentalidad, de manera que nos volvamos como la piedra en la que está grabada la imagen de la Reina del universo. Así pues, junto a la «Señora de las rocas» podremos enfrentar imperturbables y confiados cualquier intemperie, pues nada nos sacudirá. 

 

Notas

1 SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT. Traité de la vraie dévotion à la Sainte Vierge, n.º 18.
2 CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. Maria Santíssima, o Paraíso de Deus revelado aos homens. São Paulo: Arautos do Evangelho, 2020, v. II, p. 57.
3 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 25/5/1979.
4 Cf. LÓPEZ REINA, Javier J. (Ed.). Las Lajas. La Virgen y la basílica. Ipiales: AWAQ, 2017, p. 213.
5 Esto se ve detallado más específicamente en la Carta pastoral de San Ezequiel Moreno y Díaz sobre Las Lajas, de 1899: «¿Cuál es la historia de la Virgen de Las Lajas? Hemos preguntado, hemos buscado antecedentes, y lo único que se nos ha contestado ha sido: los hubo, pero manos sacrílegas se los llevaron. Algunos de ellos fueron a parar, no sabemos cómo, a persona conocida que confiesa los tiene; pero hasta ahora nada ha comunicado y nada de útil y provechoso nos reportan» (SAN EZEQUIEL MORENO Y DÍAZ. Octava carta pastoral. In: Cartas pastorales, circulares y otros escritos. Madrid: Hija de Gómez Fuentenebro, 1908, p. 187).
6 San Ezequiel Moreno y Díaz nació en Alfaro, España. Tras años de luchas por los intereses de la Iglesia en Colombia, le diagnostican un cáncer; y con el objeto de recibir tratamiento de su enfermedad regresa a España, donde fallece el 19 de agosto de 1906. Fue beatificado en 1975 por el Papa Pablo VI y canonizado en 1992 por el Papa Juan Pablo II.
7 CORRÊA DE OLIVEIRA, Plinio. Conferencia. São Paulo, 31/7/1978.
8 Ídem, ibídem.
9 SAN EZEQUIEL MORENO Y DÍAZ. Decimonovena carta pastoral. In: Cartas pastorales, circulares y otros escritos, op. cit., p. 494.
10 CLÁ DIAS, op. cit., p. 563.

 

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