¿Necesitamos pedir gracias?

Catecismo de la Iglesia Católica

§2010 Puesto que la iniciativa en el orden de la gracia pertenece a Dios, nadie puede merecer la gracia primera, en el inicio de la conversión, del perdón y de la justificación. Bajo la moción del Espíritu Santo y de la caridad, podemos después merecer en favor nuestro y de los demás gracias útiles para nuestra santificación, para el crecimiento de la gracia y de la caridad, y para la obtención de la vida eterna. Los mismos bienes temporales, como la salud, la amistad, pueden ser merecidos según la sabiduría de Dios. Estas gracias y bienes son objeto de la oración cristiana, la cual provee a nuestra necesidad de la gracia para las acciones meritorias.

 

El párrafo 2010 del Catecismo de la Iglesia Católica destaca tres relevantes aspectos teológicos con relación a la gracia.

En primer lugar, resalta la importancia de buscarla ardorosamente, porque, al ser una dádiva de Dios, nos libera del pecado y nos fortalece en la práctica de las virtudes, para así alcanzar la vida eterna.

En segundo lugar, este párrafo subraya que los bienes temporales —salud, amistad, éxito profesional, confort material y muchos otros— «pueden ser merecidos según la sabiduría de Dios». Probablemente alguien se preguntará: ¿cómo podemos conocer el criterio de la sabiduría divina para que merezcamos tales bienes? La respuesta es sencilla.

San Ignacio de Loyola1 enseña una regla de discernimiento llamada tanto cuanto, la cual nos exhorta a usar las cosas de este mundo «tanto cuanto» nos ayuden a cumplir nuestro fin último, es decir, amar y servir a Dios y, mediante esto, salvar nuestra alma. Por eso, «tanto cuanto» los bienes materiales nos impidan alcanzar esa meta, debemos dejarlos de lado. En resumen, se nos invita a pedir gracias para aceptar la sabia y santa voluntad de Dios y así alcanzar nuestra finalidad.

Por último, ese párrafo nos enseña que, ya sean bienes espirituales o bienes temporales, siempre debemos pedirlos por medio de la oración. Comparándose a una vid, el Señor declara: «El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). Por lo tanto, como sarmientos de esa divina vid, sólo produciremos frutos espirituales y obras meritorias al unirnos amorosamente a Jesús. Y dicho vínculo se establece por la oración, que nos obtiene las gracias para perseverar en la práctica del bien.

De hecho, es verdad de fe católica que tenemos una necesidad imperiosa de rezar. Hasta el punto de que San Alfonso María de Ligorio afirma que la gracia inmerecida de nuestra salvación eterna depende de nuestras oraciones. He aquí su célebre máxima: «El que reza, ciertamente se salva; el que no reza, ciertamente se condena».2 Y añade: «Todos los bienaventurados, excepto los niños, se salvaron por rezar. Todos los condenados se perdieron por no rezar; si hubieran rezado, no se habrían perdido».3

Ante este grandioso panorama, invoquemos a María Santísima, cuyo poder de intercesión es infalible. En verdad, no hay gracia que Ella no nos obtenga de manera maternal y misericordiosa de su divino Hijo Jesús. 

 

Notas


1 Cf. San Ignacio de Loyola. Ejercicios espirituales, n.º 23.

2 San Alfonso María de Ligorio. Del gran mezzo della preghiera. Parte prima, c. 1.

3 Idem, ibidem.

 

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