Al contrario de lo que insinúa cierta concepción edulcorada y pusilánime de la religión, Nuestro Señor Jesucristo convida a sus discípulos a ser «la luz del mundo», es decir, a que brillen ante los hombres, para que éstos, al ver sus buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los Cielos (cf. Mt 5, 14-16). Más aún, los incita a explorar horizontes siempre más amplios y echar las redes en aguas más profundas (cf. Lc 5, 4).

De esto el Señor daba un constante ejemplo en su vida pública, realizando obras que suscitaban admiración (cf. Mt 9, 33; Mc 2, 12; 9, 15; 10, 24). También instaba a los suyos a ser grandes en el Reino de los Cielos (cf. Mt 5, 19) y afirmaba que son los violentos los que lo arrebatan (cf. Mt 11, 12).

Siguiendo las sendas del divino Maestro, San Pablo no dudó en presentarse a los destinatarios de sus cartas como modelo: «Sed imitadores míos» (Flp 3, 17; 1 Cor 11, 1). La humildad es la verdad, decía Santa Teresa, y por eso el Apóstol no escondió la luz bajo el celemín, sino que la manifestó a los demás sin recelos.

Pues bien, aquí se configuran dos virtudes que infelizmente andan algo olvidadas en el océano de mediocridad, incluso apostólica, de nuestros días: la magnanimidad y la magnificencia, las cuales significan, en resumen, tener el alma grande y desear realizar grandes obras.

Estas virtudes, como las demás, participan de la perfección divina, ya que Dios es sumamente magnánimo y magnificente. Aparte de esto, distinguieron a los santos precisamente porque ellos practicaron en grado heroico todas las virtudes.

Ambas refulgían incluso en San Francisco, el «pobrecito de Asís», el cual no escatimaba esfuerzos para que los vasos sagrados fueran preciosos, ornamentados de manera digna del cuerpo y sangre de Jesús. Llamado por su principal biógrafo, Tomás de Celano, como «el nuevo caballero de Cristo», el Poverello no dudó además de autodenominarse «heraldo del gran Rey».

Otro ejemplo de esas virtudes lo encontramos en San Juan María Vianney, tan simple e incluso inculto, pero sobre el cual afirmó un abogado que fue a visitarlo a Ars: «He visto a Dios en un hombre». Y el propio Cura de Ars reconocía su carisma: «¡Qué cosa tan grande es ser sacerdote! Si lo comprendiera enteramente, moriría».

Hasta lo mismo se puede decir del óbolo de la viuda (cf. Lc 21, 1-4), que aun siendo un acto ínfimo se convirtió verdaderamente magnificente al haber sido realizado con nobleza de alma.

Según Santo Tomás de Aquino, la magnificencia también se refiere al uso con rectitud de la razón en el arte, como en la preparación de conmemoraciones festivas o en la construcción de edificios apropiados a su fin (cf. Suma Teológica. II-II, q. 134, a. 1).

En este mundo cada vez más tendente a la mecanización, a la multiplicación de elementos superfluos y banales, al pauperismo en los modos de ser y de actuar, en fin, a la pusilanimidad y mezquindad, se hace necesario encaminarse hacia los grandes horizontes. Y la Iglesia tiene un papel fundamental en esa tarea, sobre todo cuando se la presenta como realmente es: «Gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5, 27).

 

Atardecer en la Casa Lumen Prophetæ, Mairiporã (Brasil)

 

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1 COMENTARIO

  1. Al Meditar en éste artículo,no puedo dejar de pensar en nuestros santos fundadores: ambos,de una grandeza de Alma sin par,llevaron y llevan a la perfección éste mandato divino: “vosotros sois la Luz del mundo,la sal de la tierra”… Lo vemos en su forma de hacer apostolado con las Almas en todos los campos: la música,la arquitectura,la catequesis de niños y adultos erc etc….y ahora, qué debemos hacer sus hijos? pués intentar imitar lo que en ellos vemos y que nos hace tanto bien!!! Decir”SÍ”cada día a lo que Dios nos pida por el bien de las almas y la Gloria de Dios!!! Para ello necesitamos aumentar la piedad y la unión con ellos.

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