Impostor: alguien que vive en medio de sueños, creyéndose lo que no es, con la candidez de un niño y la malicia de un demonio. El impostor quiere que su palabra sea creída e incluso que su autoridad sea reconocida. En él, la hipocresía enmascara la verdad, la disimulación camufla las actitudes y la astucia pretende dar apariencia de bien a las obras malas.
En el cortejo de los supremos jerarcas del orbe —los romanos pontífices—, algunos personajes quisieron en vano atraer hacía sí las miradas de su época. Estos impostores, vestidos de blanco, pasaron a la posteridad con el negro título de antipapas: aquellos que usurparon el título y las funciones del obispo de Roma, oponiéndose al Papa legítimo.
Un antipapa… ¡¿santo?!
El caso de San Hipólito, el primer antipapa, es especialmente curioso. Procedente de Alejandría, en el año 170 llegó a la Ciudad Eterna, donde fue ordenado por el papa Víctor I. El neopresbítero era un hombre al que le costaba inclinar la cabeza. ¿Cómo podía un gran teólogo someterse a los inexpresivos obispos de Roma? ¿Y cómo iba a aceptar la excesiva misericordia que éstos mostraban hacia los penitentes?
Vestidos de blanco, algunos personajes pasaron a la historia con el negro título de antipapas: los que usurparon el título del obispo de Roma
Cuando, en el 217, Calixto fue elegido sucesor de Pedro, los partidarios de Hipólito se separaron de la Iglesia y lo eligieron inválidamente. Así transcurrieron casi veinte años, hasta que la persecución de Maximino asoló la Iglesia y varios dignatarios fueron expatriados.
Según una piadosa tradición, ya en el exilio, el antipapa Hipólito se doblegó ante el papa Ponciano, por entonces reinante, reconociendo su supremacía. Poco después, ambos prefirieron la muerte a la apostasía. Y, habiendo unido el martirio a los que la vida había separado, Hipólito fue inscrito en la lista de los bienaventurados.1

Entre Pedro y César
De las grandes tentaciones que pueden afectar al hombre, una de las más peligrosas es considerarse una miniatura de Dios. Los emperadores romanos no estaban exentos de este peligro. De hecho, cuando veían en la religión una oportunidad para hacer valer sus poderes, incurrían en contra del mandato del Salvador: «Dad al César lo que es del César» (Mt 22, 21). Y al César no le corresponde elegir Papas.
El emperador Constancio, a mediados del siglo iv, exilió al papa Liberio a Tracia, tras unas desavenencias teológicas. Ahora bien, cuando un funcionario imperial era desterrado, perdía automáticamente sus cargos. Por lo tanto, al considerar concluidas las funciones de Liberio, Constancio decidió que el diácono Félix debía sucederle.
El pueblo romano no aceptó al antipapa y montó una revuelta. En el 365, ante la inviabilidad de la situación, el emperador buscó un arreglo: Félix compartiría el papado con Liberio en una especie de diarquía.2 Sin embargo, tales concesiones tienen la rara cualidad de no agradar a ninguna de las partes…
Obligado a retirarse, Félix terminaría sus días en los suburbios de Roma, ejerciendo aún funciones episcopales. No obstante, su comedia enseñó algo serio a la historia: los católicos distinguen la voz del pastor de la del mercenario.
La fuerza persuasiva de las armas
Al ser el obispo de Roma un auténtico príncipe soberano con poderes temporales, tampoco faltaron intentos de dominar la Sede Apostólica por su valor secular.
No faltaron los que quisieron dominar la Sede Apostólica por su valor secular, ni tampoco quien quisiera comprar el trono de Simón Pedro
Es lo que sucedió cuando falleció Pablo I, en el verano del 767, en donde el clima estaba caldeado en todos los sentidos. Dos partidos se habían formado en torno al lecho del moribundo: el del duque Toto de Nepi, apoyado por el ejército, y el del canónigo Cristóforo, respaldado por la nobleza romana. Valiéndose de la persuasión de las armas, Toto se adueñó del poder e hizo de su hermano laico, Constantino, el inválido sucesor de Pablo I. Cristóforo, sin embargo, corrió a implorar el auxilio del rey Desiderio y logró imponer el orden en la Urbe. El antipapa Constantino fue privado de la vista y, tras un nuevo intento de consagrar un antipapa, se garantizó la elección legítima de Esteban III.
«No hay mal que por bien no venga». Tras una turbulenta elección, el nuevo pontífice convocó en el 769 un sínodo para, entre otras cuestiones, deliberar sobre las elecciones pontificias. A partir de entonces, sólo el clero tendría derecho a voto, y únicamente los cardenales serían candidatos.
¿Cuánto cuesta ser Papa?
El caso de Benedicto IX, cuyo nombre aparece tres veces en la lista de Papas, es excepcional. Elegido en 1032, tuvo que huir de las revoluciones que sacudieron Roma en 1044, que resultaron en su deposición y en la elección de Silvestre III como pontífice. Menos de un año después, regresó al solio pontificio… por poco tiempo, ya que vendió el cargo, dos meses más tarde, por mil quinientas libras de oro.3
¡Qué triste precio ése con el que Benedicto tasó el trono de Simón Pedro! En realidad, se mostró aliado de otro Simón, el Mago, quien ya en los comienzos de la Iglesia quiso comprar con dinero el poder divino (cf. Hch 8, 18-23), preludiando así la vergonzosa lista de hombres que comerciarían con bienes espirituales.
A pesar de tan aberrante simonía, Benedicto IX fue reelegido en noviembre de 1047. Cansado, no obstante, de una existencia tan agitada, renunció definitivamente al año siguiente, no sin dejar huella en la historia por su mal ejemplo. De él surgiría una larga disputa entre los partidarios de los emperadores alemanes y los defensores del clero romano. Aprovechando el conflicto, aparecerían diez antipapas durante un siglo.
Para evitar una recaída en desastres similares y reafirmar que la Iglesia está en el mundo sin ser del mundo, Nicolás II promulgó un decreto el 13 de abril de 1059 sobre la elección del Papa.4 Aunque el emperador fuera consagrado por el Papa, no podría nombrar al romano pontífice.
Parecía que todo se había resuelto. Pero el hombre es de barro.
¿Tres Papas y una Iglesia?
Los disturbios que siguieron a la muerte de Gregorio XI en 1378 fueron los primeros síntomas de la grave enfermedad que había infectado al papado en aquella decadente Edad Media. Tras setenta años de pontífices exiliados en Aviñón, el mundo se dividía entre los que aspiraban a la solución romana y los que ansiaban un sucesor francés.
Sin embargo, el elegido fue un italiano, Urbano VI, cuya actitud exagerada no tardó en servir de pretexto para que se eligiera otro cardenal, el español Pedro de Luna, que tomó el nombre de Benedicto XIII.
Dos elegidos… ¿Quién era el Papa? Para deshacer el enredo era necesaria la renuncia voluntaria de ambos. Pero ninguno quería dejar su cargo. Intentaron resolver el asunto en Pisa, donde, en 1409, un concilio ilegítimo eligió a Alejandro V como Papa. Al tratar de desatar el embrollo, la situación se complicó aún más: en lugar de dos, había tres pretendidos pontífices.
Aunque manos enemigas parezcan robar el timón de la barca de Pedro, el mal perecerá y la Iglesia seguirá surcando el mar de los siglos
En busca de una solución definitiva, se convocó un concilio en Constanza. El antipapa de Pisa fue destituido. El verdadero pontífice renunció al papado. Y Benedicto XIII, eternamente obstinado, sería depuesto. En noviembre de 1417, fue elegido el nuevo Papa: Martín V.
¿Qué nos enseñaron los antipapas?
El mal de los antipapas parecía mortalmente herido. De hecho, Félix V, que parece haber sido el último de esos impostores registrados por la historia, se reconciliaría con la Iglesia en 1449. Pero ¿sería realmente el último antipapa? Sólo lo sabremos en el fin del mundo…

La tiara pontificia siempre será codiciada por la ambición de los hombres, sedientos de todas las coronas, sean del tipo que sean. Pero también los poderes demoníacos, auxiliados por sus secuaces terrenales, siempre procuran adueñarse de las llaves de Pedro, aquellas llaves que pueden abrir el Cielo y cerrar los abismos eternos. Sería su mayor triunfo… si no existiera la promesa divina de que la Iglesia prevalecerá sobre las puertas del Infierno (cf. Mt 16, 18-19).
Los más de cuarenta antipapas que han surgido a lo largo de estos dos mil años de cristianismo —y todos los demás que aún pretenden usurpar la Santa Sede— nos han dejado o nos dejarán, al menos, una edificante enseñanza: aunque manos enemigas parezcan robar el timón de la barca inmortal de Pedro, las fauces del Infierno no la devorarán. El impostor morirá, y la Iglesia seguirá surcando el mar de los siglos. ◊
Notas
1 Cf. Paredes, Javier (Dir.). Diccionario de los Papas y Concilios. Barcelona: Ariel, 1998, p. 21.
2 Cf. Idem, p. 36.
3 Cf. Idem, p. 153.
4 Cf. Daniel-Rops, Henri. A Igreja das catedrais e das cruzadas. São Paulo: Quadrante, 1993, p. 198.

