La única obra escrita por Jesús

Las únicas palabras escritas por el divino Redentor, como lo registran los evangelios, nos muestran sus intenciones más profundas para con la humanidad pecadora.

V Domingo de Cuaresma

Se estaba celebrando la que era considerada por muchos la más santa de las conmemoraciones judías: la fiesta de las Tiendas. Con todo el pueblo reunido en torno de Jesús, se creó un momento oportuno para que sus enemigos intentaran hacerlo caer en una trampa.

Le presentaron una mujer sorprendida en flagrante adulterio, argumentando que, según Moisés, debía ser apedreada (cf. Jn 8, 3-5). Sin embargo, la ley promulgada por el gran profeta del Antiguo Testamento —«Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, serán castigados con la muerte: el adúltero y la adúltera» (Lev 20, 10)— presuponía la implicación de dos personas. ¿Dónde estaba el segundo delincuente?

¿No sería éste quizá uno de los acusadores que, a ejemplo de sus predecesores —ancianos agostados por el mal (cf. Dan 13, 52)— había logrado chantajear a una débil hija de Israel para que prevaricara?

El hecho es que Nuestro Señor Jesucristo se encontraba ante una maquiavélica cuestión: absolver a la adúltera, quebrantando la ley mosaica, o condenarla, infringiendo la ley romana, que vedaba a los judíos el derecho de vida y muerte.

Convencidos de que habían acorralado al divino Maestro, los fariseos lo observaban con atención. Pero Él, «inclinándose, escribía con el dedo en el suelo» (Jn 8, 6).

La actitud de Jesús y el contenido de la inscripción suscitan discusiones entre los exegetas; no obstante, merece la pena destacar el hecho de que es la única mención en los evangelios a que haya escrito algo. Se inclinó y escribió. ¿Habrá sido una manera de desdeñar a quienes querían condenarlo?

San Jerónimo1 comparte la hipótesis de que las palabras que el Señor trazó en el suelo, delante de todos los circunstantes, revelaban los pecados cometidos por los acusadores, merecedores del mismo castigo que la adúltera. Enriqueciendo su censura escrita con la grave, armoniosa y clara respuesta: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra» (Jn 8, 7), el Salvador produjo un sorprendente efecto: «se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos» (Jn 8, 9).

Al no haber más acusadores ni testigos, el juicio concluía, conforme a las legislaciones mosaica y romana. Había sido una vergonzosa derrota para los fariseos. El justo y divino Juez se dirige entonces a la rea para pronunciar la sentencia, añadiendo una recomendación: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más» (Jn 8, 11).

Si el apóstol virgen, por designio divino, no nos dejó como legado en su evangelio las palabras escritas en las «páginas» de esa sublime obra compuesta por Nuestro Señor Jesucristo durante su aplastante victoria sobre los maestros de la ley y los fariseos, no podemos negar que entre líneas se lee claramente, con letras brillantes, su título: El perdón. ◊

 

Notas


1 Cf. San Jerónimo. Adversus pelagianos. L. II, n.º 17: PL 23, 553.

 

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