La razón en la clausura

De las castas nupcias entre la fe y la razón procede la sabiduría, que no es más que una participación en el propio conocimiento de Dios.

En lo alto del firmamento, resplandeciendo con especial intensidad, el astro rey esparcía sus rayos sobre las inmensas vastedades del desierto, recorridas por un solitario viajero, sediento y cansado. Sin embargo, su viaje parecía haber llegado definitivamente a su fin. Acababa de encontrarse con un robusto y antiguo monasterio, cuyas paredes daban la impresión de haber resistido los embates más impetuosos de los hombres, del tiempo y del sol.

Lentos y fuertes golpes hicieron temblar la puerta, que enseguida se abrió para el viandante. Dos miradas se cruzaron: la del vigoroso transeúnte, de carácter infatigable, lógico y sensato; y la de un venerable monje, vivaz, intuitivo y esperanzado, cuya edad sólo podía percibirse por la blancura de su cabello y de su barba. El caminante dio muestras de querer entrar en la clausura.

En esa metáfora, ¿tiene el huésped, es decir, la razón, algún papel en la doctrina católica, o la clausura es un privilegio de la fe?

No obstante, querido lector, antes de continuar con nuestra historia, creo que conocer los nombres de estos dos personajes nos será provechoso. El peregrino se llama razón; el monje, fe. El desierto es la vida del hombre en esta tierra; el monasterio, la Iglesia; y la clausura, la doctrina católica.

Además, conviene plantearnos dos preguntas. ¿Tiene el huésped —es decir, la razón— algún papel en la doctrina católica, o la clausura es un privilegio de la fe? Por otra parte, la razón, que vaga tan libremente por el desierto, ¿no se estaría condenando así a una perpetua prisión? Veámoslo.

El oficio de la razón

La razón es la facultad por la cual el hombre supera en excelencia a todos los demás animales, pues sólo él puede conocer y cuestionar la naturaleza de las cosas. Preguntas como «quién soy», «de dónde vengo», «hacia dónde voy» son tan antiguas como la propia humanidad, que busca continuamente desentrañar los misterios que la rodean.

De esta investigación surge la ciencia, un conjunto de proposiciones correctas metódicamente relacionadas entre sí por sus causas y principios. Por tanto, lo que la razón indaga es la verdad.

«Monjes en una iglesia en ruinas», de Charles-Caïus Renoux – Museo de Bellas Artes, Grenoble (Francia)

Pero ¿qué es la verdad? Por un lado, consiste en la correspondencia o adecuación de aquello que está en el pensamiento con la realidad. Si, por ejemplo, en un día soleado alguien nos dice que está lloviendo, sólo por cortesía no lo llamaremos mentiroso. ¿Por qué? Porque su pensamiento no se corresponde con la realidad.

Sin embargo, la verdad también posee un carácter trascendental, porque se fundamenta en el Verbo de Dios, que declaró: «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Jn 14, 6). Toda verdad tiene su origen en la Verdad suprema, que es Dios, como confiesa poéticamente el Águila de Hipona: «Allí donde hallé la verdad, allí hallé a mi Dios».1

Ahora bien, si la razón se dedica a buscar la verdad, su finalidad última sólo puede consistir en alcanzar la Verdad suprema, es decir, Dios. No obstante, ¿sería la razón capaz de conocer a Dios aún en esta tierra, o únicamente lo veremos en el Cielo tal cual es (cf. 1 Jn 3, 2)?

La fe acude en ayuda de la razón

Conocemos lo que nos rodea a través de los cinco sentidos: sin la vista no sabríamos qué son los colores, y sin el tacto no distinguiríamos entre lo liso y lo áspero. Pero el hecho de que el Altísimo escape a la percepción de nuestros sentidos no impide que lo conozcamos de alguna manera: «Lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras» (Rom 1, 20).

Por consiguiente, aunque no logremos saber cómo es Dios en sí mismo, al menos podemos, por analogía con las criaturas, conocer algo de su insondable perfección, reflejada en el orden del universo. La perennidad de las montañas nos da una idea de la eternidad divina, la inmensidad del universo refleja su infinitud, la multitud de seres vivos indica su superabundante dadivosidad, y así sucesivamente. La creación, por tanto, postula la existencia de Dios como un hecho comprobado por la razón.

Hay dos clases de verdades que el Señor nos ha revelado: unas están al alcance de la razón; otras la exceden, y requieren el asentimiento de la fe

Pero si podemos llegar al conocimiento de Dios y de la verdad sólo por la razón, ¿para qué sirve la fe? Hay dos clases de verdades que el Señor nos ha revelado: algunas están al alcance de la razón —por ejemplo, el alma y su inmortalidad, la existencia de Dios y su perfección, la necesidad de practicar la virtud—; otras la exceden —como el misterio de la Santísima Trinidad, la unión hipostática de las naturalezas divina y humana en Nuestro Señor Jesucristo, el mundo de la gracia, la resurrección futura y los seres angélicos—, y requieren el asentimiento de la fe.

Alegoría de la fe, detalle de «Fe, esperanza y caridad», de Heinrich María von Hess – Museo del Hermitage, San Petersburgo (Rusia)

No obstante, la bondad divina dispuso que las primeras también fueran objeto de la fe. ¿Por qué? Porque, debido a su sublimidad, pocos serían los hombres que las podrían alcanzar por la simple razón.

¿Cómo encontrarían tiempo para hacer un curso de filosofía aquellos que con dificultad sacan de la tierra su sustento y están ocupados en mil tareas? Además, los hombres se dejarían influenciar fácilmente por falsos argumentos, los que los llevaría a desviarse de la verdad, si ésta no estuviera de antemano establecida por la fe. Finalmente, no todos estarían dispuestos a embarcarse en tal investigación, ya que la pereza y las pasiones desordenadas no son ajenas a la naturaleza humana. De ahí que Santo Tomás concluya que la humanidad «permanecería inmersa en medio de grandes tinieblas de ignorancia, si para llegar a Dios sólo tuviera expedita la vía racional».2

Además de esas verdades alcanzables con esfuerzo por la razón, el Creador también nos ha revelado, como dijimos, otras que escapan a nuestro entendimiento. El Altísimo lo hizo así para que nos alejáramos de la presunción, madre del error. De hecho, muchas personas juzgan como verdadero sólo lo que ven, y desprecian como fantasía todo lo que no captan con los sentidos. «Para librar, pues, al alma humana de esta presunción y hacerla venir a una humilde investigación de la verdad, fue necesario —explica el Doctor Angélico— que se propusieran al hombre, por ministerio divino, ciertas verdades que excedieran plenamente la capacidad de su entendimiento».3

Cabe añadir una última consideración: dado que la certeza conferida por la fe se funda plenamente en la autoridad divina, su testimonio debe recibir mucho más crédito por nuestra parte que las alegaciones de la razón, aunque éstas nos resulten más evidentes. Debido a la debilidad de nuestra inteligencia causada por el pecado original, a menudo emitimos juicios erróneos e imprecisos, mientras que Dios nunca se equivoca ni puede engañarnos. Por eso, Santo Tomás4 afirma que sin la fe viviríamos inmersos en la mentira.

La razón acude en ayuda de la fe

La razón fundamenta ciertos preámbulos de la fe, ayuda a comprender en profundidad sus verdades y defenderlas al ser atacadas

Acabamos de afirmar que la fe se cimenta en la autoridad divina. Pero ¿esto no es una conclusión dictada por la fe? ¿No estaríamos entrando aquí en un círculo vicioso? Paradójicamente, la noción de la autoridad e infalibilidad de Dios nos la da la propia razón. Ésta nos prueba, como hemos visto, que Dios existe y, acto seguido, nos demuestra que no incurre en mentira. En resumen, la razón fundamenta ciertos preámbulos de la fe.

A través de ella, el hombre también puede tener una comprensión más profunda de las verdades de la fe, valiéndose de analogías: la luz material es una sombra de la Luz eterna, el cordero recuerda al Crucificado, el espacio exterior representa un esbozo de la prodigalidad divina.

Por último, la razón cumple una función apologética, pues a través de ella el fiel puede oponerse a quienes atacan la fe, exponiendo la falsedad de sus argumentos, como aconseja San Pedro: «[Estad] dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza» (1 Pe 3, 15).

Alianza y guerra entre fe y razón en la historia

La relación entre fe y razón, que acabamos de bosquejar sumariamente, siempre ha sido objeto de acaloradas discusiones a lo largo de los siglos. Podríamos resumir en cuatro las posiciones adoptadas.

En la primera se incluyen todos aquellos que han descuidado tenazmente el papel de la fe. Aunque se puede identificar personas así a lo largo de la historia, conviene señalar que su número se ha multiplicado de manera abrumadora desde el siglo xvi, sobre todo con la llegada de la filosofía moderna y el humanismo.

Alegoría de la filosofía – Fundación de los Palacios y Jardines Prusianos de Berlín-Brandeburgo, Potsdam (Alemania)

Desde entonces, el hombre pasó a ocupar el centro de la investigación filosófica y científica, y diversos pensadores se esforzaron por restringir los límites del conocimiento humano, así como sus condiciones. De este modo, «la razón, bajo el peso de tanto saber, se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser»,5 como afirma el papa Juan Pablo II. De ahí surgirían todas las formas de agnosticismo y relativismo en las que la humanidad se hunde cada vez más. Despreciada la fe, que actúa como auxilio de la razón, el hombre se ve inmediatamente entregado a las vicisitudes del mundo, como un barco que, sin faro, está destinado al naufragio.

En segundo lugar se sitúan quienes le negaron cualquier crédito a la razón. Precipitándose en un fideísmo radical, osaron declarar: «Lo creo porque es absurdo». Tertuliano fue, sin duda, uno de los principales exponentes de esa tesis, erróneamente basada en la autoridad de San Pablo: «Cuidado con que nadie os envuelva con teorías y con vanas seducciones de tradición humana, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo» (Col 2, 8). Queda claro que el Apóstol, al advertir así a los colosenses, no censuraba el papel de la razón, sino ciertas especulaciones esotéricas y gnósticas, en las que se prometía la bienaventuranza sólo por el conocimiento de algunas verdades, reservadas a unos pocos elegidos.

En el tercer grupo se encuentran aquellos que impusieron una distancia entre la fe y la razón. Destacan especialmente los discípulos del filósofo árabe Averroes, los cuales, temerosos de aceptar la supremacía de la ciencia filosófica sobre la fe —como había hecho su maestro—, prefirieron optar por la teoría de la «doble verdad». Según ellos, la fe y la razón abordan verdades diferentes, dispares entre sí. Es decir, admitían la posibilidad de que hubiera contradicción entre ellas. La fe podía, por ejemplo, proclamar la libertad humana y la razón contestarla, afirmando que el libre albedrío desaparece bajo los golpes del destino.

Por último, en el cuarto bloque se encuadran los que resguardaron la armonía entre las dos. Defienden el principio de que no puede haber conflicto entre la fe y la razón, ya que ambas no son más que dos canales que conducen a la misma fuente: la verdad. De ahí que Juan Pablo II comience su encíclica sobre el tema con estas palabras: «La fe y la razón son como dos alas con las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad».6

San Agustín, de Philippe de Champaigne – Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (Estados Unidos)

Esta propuesta fue ampliamente difundida entre los Padres de la Iglesia, especialmente por San Justino, Clemente de Alejandría y San Agustín. Además de ellos, hubo egregios doctores de la escolástica que siguieron la misma senda: entre otros, San Anselmo y, sobre todo, Santo Tomás de Aquino. La aportación de estos paladines de la Iglesia se sintetizaría en las máximas: «Creo para entenderlo» y «Entiendo para creerlo». Sus principales conclusiones ya las hemos transcrito más arriba al indicar los auxilios de la fe a la razón y viceversa.

Un sagrado consorcio

Tras esbozar a grandes rasgos la relación entre la fe y la razón, siguen en pie las interrogantes planteadas al principio del artículo.

En cuanto a la primera —si la razón tiene algún papel en la doctrina católica—, la respuesta es ciertamente afirmativa: la fe, solitaria en su claustro, no sólo puede admitir la entrada de la razón, sino que debe recibirla; si no fuera así, perecería por falta de defensa, de preámbulos y de desarrollo.

¿Y la segunda cuestión? ¿No queda la razón atrapada en la clausura? Todo lo contrario: a través de la Revelación se le abren infinitos espacios para la especulación.

Quien cultiva en sí esa unión entre fe y razón lo verá todo al mismo tiempo en su realidad concreta y palpable, y en su forma más sublime y sobrenatural

Después de todo, de las castas nupcias entre la fe y la razón procede la sabiduría, que no es más que una participación en el propio conocimiento de Dios. Quien cultiva esta unión en su interior tenderá a verlo todo al mismo tiempo en su realidad concreta y palpable, sin sueños ni fantasías, y en su forma más sublime y sobrenatural, con un élan casi irrefrenable hacia altísimas consideraciones.

Por lo tanto, querido lector, si anhela alcanzar ese estado de espíritu apto para la fuerza y la dulzura, para la tranquilidad y lo inesperado, para la alegría y la tristeza, para la elocuencia y el silencio, en una palabra, para todos los opuestos ordenados, sin perder nunca de vista el eje fundamental, que es la sabiduría, conserve siempre ese sagrado consorcio.

La razón iluminada y al servicio de la fe hará que no seamos «niños sacudidos por las olas y llevados a la deriva por todo viento de doctrina, en la falacia de los hombres, que con astucia conduce al error» (Ef 4, 14). ◊

 

Notas


1 San Agustín. Confesiones. L. X, c. 24, n.º 35.

2 Santo Tomás de Aquino. Summa contra gentiles. L. I, c. 4.

3 Idem, c. 5.

4 Cf. Santo Tomás de Aquino. Super De Trinitate, q. 3, a. 1.

5 San Juan Pablo II. Fides et ratio, n.º 5.

6 Idem, n.º 1.

 

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