La obviedad de la verdad

Ante el relativismo contemporáneo, a veces es necesario recordarle al mundo verdades que son obvias para los cristianos.

15 de febrero – VI Domingo del Tiempo Ordinario

«Lo obvio no se dice». Durante siglos, este adagio ha sido repetido con frecuencia para demostrar lo redundante y superfluo que resulta afirmar la obviedad de las cosas. Sin embargo, en esta época de profundo relativismo religioso y creciente entorpecimiento espiritual, urge recordar que lo obvio, sí, debe ser dicho.

He aquí el contexto en que el Evangelio de este domingo nos presenta una de las afirmaciones más contundentes del divino Maestro, la cual recuerda bien una de esas «obviedades» que deben ser dichas: «Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno» (Mt 5, 37).

Los primeros cristianos fueron educados en esa escuela de la «obviedad divina», donde el sí era sí y el no era no. San Pablo escribe así a los corintios: «¡Dios me es testigo! La palabra que os dirigimos no es sí y no» (2 Cor 1, 18). También Santiago amonesta categóricamente: «Que vuestro sí sea sí, y vuestro no, no, para que no caigáis bajo condena» (3, 12).

El lenguaje de Cristo y de su Esposa Mística siempre ha sido ordenado y definido, afirmando los principios inmutables de la fe con toda su claridad e integridad. Por eso la Santa Iglesia «jamás podrá renunciar al “principio de la verdad y de la coherencia, según el cual no acepta llamar bien al mal y mal al bien”».1

San Agustín, no obstante, señala en una de sus cartas: «La verdad es dulce y amarga. Cuando es dulce, perdona; cuando es amarga, cura».2 El hombre contemporáneo no siempre está dispuesto a aceptar el amargo sabor de la verdad, que a menudo se presenta en forma de censura o reprimenda. Por eso parece temer no sólo la verdad en sí misma, sino también las consecuencias que se derivan de la obediencia a sus preceptos. A veces resulta más cómodo prescindir de su existencia que negarse explícitamente a seguirla.

Cuando se ven acorralados por la evidencia, muchos comienzan a defender una «tercera vía» entre el «sí» y el «no» proclamado por el divino Maestro. En lo más hondo de sus corazones, la imprescindible coherencia de la verdad se oscurece en pro de una concepción relativista de la moral y de la fe. Ya no existe lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo, el bien y el mal; ya no hay distinción entre lo que viene de Dios o del Maligno. Y de ellos es de quienes habla el profeta Isaías: «¡Ay de los que llaman bien al mal y mal al bien, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!» (5, 20).

En estos tiempos que vivimos, la Iglesia debe presentarse siempre como «columna y fundamento de la verdad» (1 Tim 3, 15). Y le corresponde al católico recordar que no basta con evitar las mentiras. También debe alejarse de las medias verdades, para que no acabe diciendo «sí» con los labios y «no» con las obras. Una media verdad no es más que una mentira completa. No decidirse entre Dios y el Maligno ya es una decisión. 

 

Notas


1 San Juan Pablo II. Veritatis splendor, n.º 95.

2 San Agustín. Epístola 247, n.º 1.

 

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