¿La eficacia de la gracia coacciona el libre albedrío?

Omnia est gratia, todo es gracia en el ámbito sobrenatural. El hombre, abandonado a sus propias fuerzas, es incapaz de dar un solo paso hacia la unión efectiva con Dios. Sin el auxilio divino, no hay conversión, progreso espiritual ni santidad, y es imposible merecer la vida eterna (cf. Suma Teológica, I-II, q. 109, a. 5).

Ante esta verdad, surge una inevitable pregunta: ¿cómo conciliar la eficacia de la gracia divina con la libertad humana?

La dificultad se acentúa, en gran medida, a causa del orgullo y del liberalismo cada vez más reinantes en nuestro tiempo. El mundo predica la autosuficiencia absoluta, la felicidad subjetiva, el relativismo moral y la libertad ilimitada como si fueran bienes supremos; por el contrario, considera un mal toda ayuda, corrección o sugerencia externas, sobre todo cuando se inspiran en la doctrina católica y la ley eterna.

La teología tomista, no obstante, rechaza tales nociones. Para el Doctor Angélico, el libre albedrío es un don precioso, ordenado por Dios para el bien y susceptible de ser orientado por otras personas, para la adquisición o perfeccionamiento de la virtud y el rechazo al pecado (cf. Suma Teológica, I-II, q. 1, a. 1; II-II, q. 33, a. 1). Por lo tanto, no toda influencia combate el arbitrio, salvo que resulte de una coacción. En este caso, el acto no procedería de un movimiento voluntario, sino de una imposición externa: «La coacción no es otra cosa que la implantación de cierta violencia» (De veritate, q. 22, a. 5). Sin embargo, Dios actúa en el interior de las almas sin coerción. A través de la gracia, las inspira, auxilia y afirma en la virtud.

¿Su omnipotencia compromete el libre albedrío? ¡No! Cuando Dios inmuta la voluntad humana hace que a una inclinación siga otra, de modo que se quite la primera y permanezca la segunda. Así pues, la dirección hacia la cual Él conduce la voluntad no contradice la nueva inclinación del alma. No hay, por tanto, violencia ni represión (cf. De veritate, q. 22, a. 8).

Dios actúa en el interior de las almas sin coerción. A través de la gracia, las inspira, auxilia y afirma en la virtud, inclinándolas a las alturas celestiales
El llamamiento de los primeros apóstoles – Museo de León (España)

Tomemos, con el Aquinate, el ejemplo de una piedra. Por la gravedad natural, se inclina hacia abajo. Manteniendo esta inclinación, si se arroja hacia arriba sufrirá violencia. No obstante, si Dios quita de la piedra la inclinación de la gravedad y le comunica la de la ligereza, entonces el movimiento ascendente ya no será coercitivo. De esa misma manera actúa sobre la voluntad humana de modo eficaz, pero sin coaccionarla, según los designios sapienciales y amorosos de su Providencia (cf. De veritate, q. 22, a. 8).

En consecuencia, el alma justificada por la gracia se encuentra más inclinada a las alturas celestiales, sin sufrir agresión. Dios no suprime ni reduce nuestra libertad. ¡Al contrario! Aunque el libre albedrío consiste en nuestra capacidad de elegir, cuando optamos por la verdad, por el bien y por lo bello conquistamos la verdadera libertad, la «gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8, 21). Elegir el error, el mal y lo feo es sucumbir a la esclavitud de los hijos de Satanás.

Así nos lo enseñó Mons. João: «Escoger el bien es suprema libertad».1 

 

Notas


1 Clá Dias, EP, João Scognamiglio. Homilía. São Paulo, 31/12/2007.

 

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