Los símbolos que envuelven a los altares para la Santa Misa no son meros objetos decorativos, sino representaciones de una realidad misteriosa, de la cual estamos llamados a participar por la sagrada liturgia.

 

Desde las épocas más remotas de la Historia los hombres han buscado escrutar un mundo envuelto en el misterio donde la divinidad se presentaba merecedora de reverencia. Sentían la necesidad de rendir culto a Dios, pero lo hacían de un modo imperfecto, pues buscaban al Creador «a tientas» (Hch 17, 27).

En la plenitud del tiempo, Jesucristo, nuestro Señor, quiso vivir entre los hijos de Adán y se entregó en sacrificio para abrirles las puertas del Cielo. En todos sus gestos, palabras y oraciones, el Cordero sin mancha ofrecía como hombre lo que merecía como Dios: la alabanza perfecta.

Sin embargo, dicha alabanza no concluyó con su Ascensión a los Cielos, sino que continúa íntegra y perenne en la sagrada liturgia, a través de la cual «es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue aquel camino de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal»1.

¿Qué significado tienen, pues, esos gestos y palabras del Buen Jesús que la Santa Madre Iglesia reproduce en la sagrada liturgia?

He ahí el tema que queremos desarrollar en este artículo, a partir de una visión simbólica de los ornamentos que revisten los altares para la Santa Misa: el mantel, la cruz, las velas y las flores.

Sudario que envuelve el cuerpo de Cristo

Sobre todos los altares que son preparados para la Santa Misa se coloca un tejido blanquísimo, memorial del «sudario y los demás lienzos con los que se envolvió el cuerpo del Salvador, representado por el altar»2.

Los primeros cristianos ya tenían la costumbre, probablemente heredada de los romanos, de recubrir con un mantel la mesa de la celebración. No obstante, en torno al siglo VIII la devoción y el celo por el Santísimo Sacramento inspiraron a la Iglesia a usar no solamente uno sino dos o más paños. «Fue en esa época que el mantel superior, la cual recibía el cuerpo de Cristo, pasó a llamarse palla corporalis, o simplemente corporal»3 y empezó a tomar la forma que hoy conocemos.

Por su cercanía al Santísimo Sacramento el corporal se volvió objeto de veneración superior a la de las reliquias de los santos. Durante la Edad Media se le reputaba una eficacia sobrehumana contra incendios y dolencias. Y en muchas iglesias el sacerdote se dirigía al público después de la Misa para tocarles la frente con el corporal, con el fin de protegerlos de las enfermedades de la vista.

Además del sudario y los otros lienzos de la sepultura del Salvador, los manteles del altar simbolizaban a los miembros de la Iglesia que rodean al supremo Rey resucitado, cuales preciosas vestiduras, según canta el salmo: «El Señor reina, vestido de majestad» (Sal 92, 1). ¡Los miembros del Cuerpo Místico esparcidos por el mundo entero son los vestidos de los que Cristo ha querido revestirse!

El árbol de la vida en el centro del Paraíso

Durante la Santa Misa se pone un crucifijo delante del sacerdote, normalmente encima del altar, para subrayar la unión entre este acto y el holocausto de Cristo en el Calvario. Uno solo es el sacrificio de Cristo, renovado por sus ministros en cada Celebración Eucarística.

Aunque es incierto el momento en el que tal uso se hizo oficial en todo el orbe, en el siglo V algunos ritos orientales ya lo habían adoptado. En Occidente, sin embargo, la costumbre es posterior: tan sólo alrededor del siglo XI se volvió común en las iglesias de rito latino. La presencia de ese ornamento durante la celebración de la Misa probablemente tendría su origen en las cruces que precedían las procesiones estacionales, de cuya asta podían desmontarse, lo que permitía depositarlas de pie sobre el altar.

Al analizar los significados de esa insignia en las celebraciones versu populum, Benedicto XVI afirma: «La cruz del altar no es un obstáculo para verse, sino el punto de referencia común. […] Es para todos la imagen, que recoge y une nuestras miradas. […] De esta manera quedaría clara la diferencia entre liturgia de la palabra y canon. Mientras que la primera es predicación y, en consecuencia, atención directa, el segundo es adoración común, en el que hoy como ayer invocamos: Conversi ad Dominum, ¡volvámonos hacia el Señor, convirtámonos al Señor!».4

Crucifijo – Parroquia de San Pedro Apóstol, Montreal (Canadá)

La sagrada liturgia también acoge el simbolismo legado por los Padres de la Iglesia: la analogía entre el leño de la cruz y el árbol de cuyo fruto comieron nuestros primeros padres, y les mereció la expulsión del paraíso terrenal.

De un árbol cayó la maldición sobre el hombre desobediente, pero de otro leño incomparablemente más bello, Dios hizo germinar la remisión de los pecados y la salvación. La cruz es, por tanto, la fuente de vida eterna que fluye a borbotones en la Sagrada Eucaristía, y el verdadero árbol de la vida del que nos habla el libro del Apocalipsis: «Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el Paraíso de Dios» (2, 7).

Luz que ilumina el mundo entero

Al lado de crucifijo, los candelabros y las velas adornan los altares con una luz discreta, solemne y parpadeante. Más allá de una razón práctica de iluminación, la Santa Iglesia ve en esos sencillos objetos «la imagen de aquel que es la Luz de la Luz, la Luz del mundo, el Sol de Justicia, Jesucristo»5.

En las discretas llamas que alumbran los altares están representadas «sus palabras luminosas, su gracia redentora, su amor consumado en el sacrificio del Calvario»6.

Por otra parte —no menos dotada de belleza y profundidad—, las velas simbolizan nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, virtudes que conducen a la luz de gloria de la Iglesia celestial, que «no necesita del sol ni de la luna que la alumbre, pues la gloria del Señor la ilumina, y su lámpara es el Cordero» (Ap 21, 23).

En cuanto a su historia, sabemos que solamente «en la primera mitad del siglo XI se empieza a poner los candelabros sobre el altar»7. Antes se solían dejar en el suelo, delante de éste.

Sencillo símbolo de las glorias de Dios crucificado

Hermosa por la variedad, delicadeza y sencillez, también la naturaleza vegetal glorifica al Redentor con sus deslumbrantes coloridos y suaves perfumes.

Siguiendo una «antiquísima tradición de la Iglesia»8, los cristianos ofrecen rosas y lirios para adornar los altares, simbolizando la alegría y «el buen olor de las virtudes, de las cuales Cristo, representado por el altar, es el dispensador»9.

Al ser una costumbre de los antiguos el adornar con flores las tumbas de los fallecidos, tal praxis fue píamente trasladada al interior de las iglesias, cuyos altares servían de custodias para las reliquias de los mártires.

Por otro lado, la Iglesia encontró en los pétalos de rosa un «símbolo expresivo de las lenguas de fuego y de los dones del Espíritu Santo»10, razón por la cual la solemnidad de Pentecostés es llamada en Italia Pasqua Rosata, «Pascua de las rosas». Y en las regiones más septentrionales, donde no había palmas para celebrar el Domingo de Ramos, las flores ocupaban su lugar para glorificar la realeza de nuestro Salvador y exaltarlo como triunfador por todos los siglos.

 

Nada surge en la Iglesia de modo artificial

Al analizar estos aspectos de la historia de la liturgia hemos podido constatar con edificación cómo la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, ha ido lentamente —o mejor, solemnemente— creciendo y fortaleciéndose en el espíritu (cf. Lc 1, 80) a lo largo de los siglos.

Nada en esta institución sagrada ha surgido de manera artificial. Cada una de sus costumbres, adornos, ritos o ceremonias posee una historia riquísima, trascendente y, a veces, hasta emocionante, ¡y el altar no podría ser una excepción! A fin de cuentas, constituye una especie de puerta que se le abre al Cielo en esta tierra, pues sobre él, cada día, Dios baja del Paraíso para convivir con los hombres.

Así, los objetos que circundan inmediatamente al altar son los adornos que el propio Dios ha elegido para rodearlo cuando Él se presenta ante sus hijos.

 

Notas

1 PÍO XII. Mediator Dei: DH 3855.
2 BARIN, Luigi Rodolfo. Catechismo liturgico: Corso completo di Scienza Liturgica. Liturgia fondamentale. 9.ª ed. Rovigo: Istituto Padano di Arti Grafiche, 1945, v. I, p. 225, nota 2.
3 RIGHETTI, Mario. Manuale di Storia Liturgica. 3.ª ed. Milano: Àncora, 2005, v. I, p. 532.
4 RATZINGER, Joseph. La fiesta de la fe: ensayo de teología litúrgica. 3.ª ed. Bilbao: Desclée de Brouwer, 1999, pp. 193-194.
5 JAKOB, Georg. Die Kunst im dienste der Kirche. Ein Handbuch für freunde der kirchlichen Kunst. 5.ª ed. Landshut: J. Thomann, 1901, p. 189.
6 Ídem, ibídem.
7 RIGHETTI, op. cit., p. 542.
8 Ídem, p. 544.
9 BARIN, op. cit., p. 229, nota 2.
10 RIGHETTI, op. cit., p. 545.

 

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