Esa «guerra civil» en pleno Paraíso se nos presenta como un acontecimiento envuelto en las brumas del misterio. Querer reconstruirla parece una utopía teológica… ¿Pero no será eso precisamente lo que hace que el desafío sea tan apasionante?

 

El trabajo de historiador a menudo parece resultar ingrato.

En este género de estudio es habitual encontrarse con fuentes incongruentes, documentos incompletos, dañados o incluso dudosos. A veces no hay más remedio que acudir a la estimación y a la deducción, recursos que suelen  convertirse más bien en un pálpito o corazonada…

No obstante, hay que admitir que cuanto más arduo se vuelve desvelar los acontecimientos remotos, cuanto más fino es el esfuerzo mental empleado en aquellos indicios vagos, a fin de unirlos y darles sentido, mayor es aún la alegría de encontrar la verdad. Cuanto más intrincado es el misterio, más meritorio es el descubrimiento.

Quien enfrentó el desafío

Da la impresión de que algo similar debe haber ocurrido con los Padres, doctores y exegetas al intentar reconstruir lo que pasó en los comienzos del mundo angélico. ¿Cómo delinear hechos ocurridos incluso antes de la creación del hombre y con seres de una naturaleza diferente a la nuestra? ¿Qué documentos pesquisar? ¿A qué testigos recurrir?

La única fuente enteramente creíble de la que disponían era la Biblia, extremamente parca al tratar el asunto.

Podrían añadírsele a ella los relatos contenidos en los apócrifos del Antiguo Testamento. Textos por cierto muy bellos, ricos en detalles impresionantes, no obstante, demasiadamente imaginativos y que la Iglesia no reconoció como canónicos.

Los santos acabaron por admitir, cada uno por su lado, la imposibilidad de llegar a algo concluyente en esa materia, y buena parte de lo que oímos en nuestras clases de catecismo con respecto al pecado de los ángeles y de la gran batalla que se siguió, el Prœlium Magnum, no pasa de meras hipótesis —bien entendido, sólidamente fundamentadas— que, sin embargo, no son unánimes y tampoco constituyen materia de fe.

Por lo tanto, esa «guerra civil» ocurrida en pleno Paraíso se nos presenta como un acontecimiento envuelto en las brumas del misterio y de la duda. Reconstruirla de manera definitiva es propiamente una utopía teológica… ¿Pero no será eso precisamente lo que hace que el desafío sea tan apasionante?

El campo de batalla

Para esbozar cualquier hecho histórico, una de las primeras preguntas que debemos hacernos es: ¿dónde ocurrió?

Santo Tomás de Aquino1 sustenta que los ángeles fueron creados en un espacio físico. Como los puros espíritus gobiernan el universo visible y poseen dominio sobre la materia, era conveniente que Dios los creara en el lugar corpóreo más sublime, para que desde allí ejercieran su poder.

El centro de operaciones de los ángeles es descrito, entonces, como una región maravillosa, libre de corrupción, repleta de luz. Su nombre es Cielo empíreo, es decir, Cielo ígneo, no debido al calor del fuego, sino a su resplandor.2

Número de combatientes

Un dato crucial para poder reconstruir el escenario de una batalla es el número de guerreros.

El libro de Daniel enumera «miles y miles» y «centenares de miles» los que asisten ante el trono de Dios (cf. Dan 7, 10). Esa cifra, que puede parecernos una hipérbole, fue vista por los Padres de la Iglesia de manera distinta. San Cirilo de Jerusalén3 cree que la exageración haya sido, en realidad, ¡para menos!

Estima que la parábola del Buen Pastor, el cual abandona a noventa y nueve ovejas y sale en busca de la única que se perdió, hace alusión al Verbo de Dios que, «abandonando» la convivencia con los ángeles del Cielo, viene a la tierra para salvar al género humano. Por tanto, la humanidad entera, desde Adán hasta el fin de los tiempos, estaría con respecto al mundo angélico en una proporción de uno sobre noventa y nueve. Y esto, ¡contando solamente con los ángeles fieles!

Acontecimiento anterior a la humanidad

La caída de los ángeles rebeldes – Les Très Riches Heures du Duc de Berry, Castillo de Chantilly (Francia)

Con relación al cuándo, la Iglesia jamás se ha pronunciado acerca del momento exacto en el que surgió la milicia celestial. Los Padres y doctores plantean varias suposiciones. No obstante, es notorio su cuidado en no desmentir a quienes, tras un celoso análisis, intentaron establecerlo.

San Agustín,4 por ejemplo, enmarca la creación de los ángeles en el primer día de la obra de Dios narrada en el Génesis, fundándose en los siguientes versículos del texto sagrado: «Dijo Dios: “Exista la luz”. Y la luz existió. Vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla» (Gén 1, 3-4).

El santo obispo de Hipona interpreta el término «luz» como una mención a los puros espíritus. En el primer día, Dios crea a los ángeles y ve que todos son buenos —sería absurdo imaginar que los demonios fueran malos desde el principio, porque Dios no puede ser la causa del mal5—; a continuación, separa «la luz de la tiniebla», significando el pecado y la expulsión de los demonios.

Desde sus comienzos, definidos en función de la lucha

Es interesante destacar que la narrativa de la creación de la luz viene seguida inmediatamente de su separación de las tinieblas. Este pequeño detalle posee un sentido muy profundo, que puede ser comprendido por las palabras de San Juan en su primera Carta: «El diablo peca desde el principio» (3, 8).

De las explicaciones de Santo Tomás6 sobre el tema, se desprende que, en el primer instante de su existencia, los ángeles se conocieron a sí mismos y constataron que eran meras criaturas, distintas del Todopoderoso. Este acto inicial fue acompañado de un movimiento natural hacia el bien.

Ahora bien, sabemos que la voluntad angélica es tal que no comporta las vacilaciones y arrepentimientos a los que nosotros los hombres estamos acostumbrados. A partir del momento en que un ángel adhiere a algo, jamás se retractará de la actitud que ha tomado.

Si los ángeles malos no hubieran puesto inmediatamente obstáculo a su moción rumbo al bien, todos se definirían para siempre en favor de Dios, y no pecarían. Luego no pudo haber existido un intervalo entre la creación y la prueba. En el instante siguiente a la aparición de los ángeles era preciso que ya se hubiera dado el lance que determinó su destino eterno.

De esta forma, es justo afirmar que el primer acto del libre albedrío angélico fue el de alistarse en el escuadrón de Dios o en el de sus enemigos, y que la lucha estuvo vinculada a su naturaleza desde el comienzo.

Ahora, se trata de descubrir qué los llevó a tal definición.

La prueba

La Sagrada Escritura y el magisterio de la Iglesia no entran en detalles sobre el asunto de la prueba, dando paso, así, a la especulación teológica.

Según Tertuliano, San Cipriano, San Basilio y San Bernardo lo que decidió el destino eterno de los ángeles fue el anuncio de la Encarnación del Verbo.7

Santo Tomás,8 siguiendo las dos principales opiniones de la Patrística, es mucho más genérico. Para el Doctor Angélico, el ángel pecó primeramente por soberbia, al querer ser como Dios. Ahora bien, esto le hubiera sido concedido si perseveraba. Se trata propiamente de la bienaventuranza final: «Seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es» (1 Jn 3, 2). Sin embargo, el demonio quiso conquistar esa elevación, no mediante el auxilio divino, sino por sus propias fuerzas. El elemento inicial de la prueba sería reconocerse dependiente del Creador para alcanzar la perfección.

En segundo lugar, los ángeles malos se vieron ofuscados por el bien eminente concedido por el Altísimo a un ser de naturaleza inferior a la suya: el hombre. Se tomaron entonces de envidia, no sólo del género humano, sino también de Dios, que se valió de esa dádiva para su propia gloria.

¿Qué bien era ése? No podría consistir en el don de la gracia, por el cual recibimos una participación de la naturaleza divina. Esto, como hemos visto, el demonio sabía que también lo poseería. Tiene que ser algo superior. Todas las evidencias parecen convergir hacia la Persona de Nuestro Señor Jesucristo, pero Santo Tomás prefiere no llegar a tal conclusión…

No obstante, la parsimonia del santo doctor acaba abriéndonos un margen para ir más allá de la figura del Verbo Encarnado. Es evidente que Nuestro Señor está infinitamente por encima de todos los espíritus angélicos. Pero ¿no habrá otros especialmente amados, a quien Él confirió una dignidad superior a la angélica? Por ejemplo, ¿por qué no suponer que Nuestra Señora, Madre de Dios y Reina de los ángeles, hubiera sido también uno de los elementos de la prueba?

Una estrella cae del firmamento

Sea cual sea la revelación hecha a los ángeles, uno de ellos se yergue contra el designio divino y arrastra consigo a toda una legión. Es Lucifer.

Éste, que hasta ese momento había sido el más grande entre todos los ángeles,9 abandona su dignidad para convertirse en el prototipo de aquellos cuyos nombres están borrados del Libro de la vida (cf. Ap 20, 15).

Se diría que la Biblia tiene rechazo a mencionarlo. Los pasajes que tratan sobre su gesto de rebelión, si los analizamos en sentido literal, se refieren siempre a otras personas y circunstancias.

Su nombre no consta ninguna vez en el texto sagrado. La costumbre de llamarlo de esa forma viene de un versículo de Isaías en el cual el profeta censura al rey de Babilonia: «¿Cómo caíste del cielo, lucero brillante, hijo de la aurora?» (14, 12).10

El término «lucero brillante» alude al planeta Venus, llamado también por los antiguos como estrella de la mañana, porque surge en el firmamento antes que el astro rey.

San Jerónimo, en la Vulgata, traduce esa expresión por Lucifer. Ahora bien, como algunos Padres aplicaron el referido pasaje a la caída del jefe de los demonios, ese nombre empezó a ser utilizado para designarlo.11

Sin embargo, es muy bonito que el mismo título de estrella de la mañana, atribuido al más alto de los ángeles, sea ahora una de los miles de piedras preciosas que adornan la corona de la Santísima Virgen. Por su humildad, Nuestra Señora mereció una dignidad muy superior: Ella es la verdadera Estrella de la mañana, cuyo trono está puesto por encima de toda la milicia celestial.

En cuanto al infame clamor de Lucifer —«¡No serviré!»—, el profeta Jeremías lo pone en boca del pueblo de Israel (cf. Jer 2, 20).

El grito de la fidelidad

Un espíritu resiste ante el mayor de los ángeles. Su nombre, MiguelMîka’el, en hebreo—, expresa una pregunta: «¿Quién como Dios?». La frase recuerda, al mismo tiempo, al grito desafiante de un caballero sin mancha y la interrogante mística de alguien que discierne a fondo la grandeza del Altísimo y reconoce su propia nada ante Él.

El desprecio que las Escrituras parecen nutrir para con el jefe de los demonios contrasta con la veneración que manifiestan por la figura de San Miguel.

De todos los ángeles que aparecen en el Apocalipsis él es el único citado nominalmente. En el libro de Daniel, el propio San Gabriel elogia su grandeza, llamándolo «el gran príncipe» (12, 1). Él —solamente él— recibe de la Biblia el título de Arcángel (cf. Jds 1, 9), es decir, un ángel superior, el primero en la milicia celestial.12

Miguel congrega bajo sus órdenes a todos los ángeles que permanecen fieles y la guerra da comienzo.

San Miguel Arcángel – Iglesia de Santa María Waltham (EE. UU)

Empieza el combate

Es extremadamente difícil —por no decir imposible— deducir e incluso imaginar cómo sería una batalla entre puros espíritus.

Es cierto que los ángeles son poderosísimos. Sabemos que uno solo de ellos bastó para matar a 185 000 hombres de armas del ejército de Senaquerib en una única noche (cf. 2 Re 19, 35). Una guerra entre «miles y miles» de esos seres supera de lejos el poderío destructor de cualquier armamento humano.

¿Pero cómo se libraría ese combate? ¿Habría tácticas, escaramuzas, avances y retrocesos, en fin, todo lo que es propio a las guerras de los hombres? No existen elementos siquiera para plantear hipótesis al respecto… Salvo uno.

Felizmente, un hombre vio místicamente la guerra y dejó su descripción consignada para la Historia. Con base en ella, algo del misterio se desvela.

Narra San Juan Evangelista en el Apocalipsis: «Y hubo un combate en el Cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón» (12, 7).

Según cierta interpretación, aquí está expresado que los buenos tomaron la delantera. El primero en avanzar es Miguel con su ejército. Solamente en la frase siguiente se dice que el dragón trabó combate.13

La lucha se inicia en absoluta ventaja para las huestes del bien. En primer lugar, el número de los ángeles fieles supera al de los demonios (cf. Ap 12, 4). Además, el escuadrón de San Miguel ya pasó por la prueba, y se encuentra ahora en la visión beatífica.14 Lucifer y los suyos luchan exclusivamente con los dotes de la naturaleza, mientras que los otros cuentan con una perfección sobrenatural: están divinizados.

«Y el dragón combatió, él y sus ángeles. Y no prevaleció» (12, 7-8).

La réplica del dragón es seguida inmediatamente por su ruina: «no prevaleció». Derrota humillante, como sugiere el original griego: «no fueron fuertes».15 Es decir, Lucifer no sólo perdió la guerra, sino toda la pujanza de su naturaleza angélica; al haber rechazado la gracia, se vio reducida a un estado de absoluta flaqueza ante la mano poderosa de Dios.

¡La victoria!

Una vez constatado el triunfo, San Miguel no permite concesiones o acuerdos. Su forma de guerrear, sin tregua ni cuartel, sólo se detiene cuando alcanza sus últimas consecuencias. Síguese la justa expulsión:

«Y no quedó lugar para ellos en el cielo. Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron precipitados con él» (12, 8-9).

Parece que San Juan desea recalcar la violencia con que los demonios son lanzados al abismo. «No quedó lugar para ellos» es una frase hebrea que indica una expulsión sin vuelta atrás, una degradación total e irreversible de determinado puesto o dignidad.16 Como si esto no bastara, el apóstol repite dos veces «fue precipitado», casi como quien exulta ante la victoria y quiere rememorar, degustar y deleitarse otra vez con la maravillosa escena del último golpe.

Todavía hay muchos misterios en torno al acontecimiento que inauguró la historia de los ángeles. La investigación amorosa que los santos y doctores realizaron a lo largo de los siglos no ha hecho sino levantar las puntas del velo.

A pesar de esto, en medio a muchas incógnitas que revisten la guerra de exterminio de los ángeles contra los demonios, una verdad permanece meridianamente clara: la victoria es patrimonio exclusivo de los que combaten por Dios. 

 

Notas

1 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. I, q. 61, a. 4.
2 Cf. Ídem, q. 66, a. 3. El fuego, por sus propiedades, es el elemento material que mejor simboliza la naturaleza angélica (cf. PSEUDO-DIONISIO AREOPAGITA. La jerarquía celeste, c. XV, n.º 2. In: Obras Completas. Madrid: BAC, 2007, pp. 156-158).
3 Cf. SAN CIRILO DE JERUSALÉN. Catequeses pré-batismais. Petrópolis: Vozes, 1978, p. 213.
4 Cf. SAN AGUSTÍN. De civitate Dei. L. XI, c. 19–20. In: Obras. Madrid: BAC, 1958, v. XVI, pp. 746-748.
5 Cf. DH 286.
6 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 63, a. 3; 6.
7 Cf. BERNET, Anne. Enquête sur les Anges. Paris: Perrin, 1997, p. 41, nota 2.
8 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 63, a. 2–3.
9 Cf. Ídem, q. 63, a. 7.
10 El texto completo es: «¿Cómo caíste del cielo, lucero brillante, hijo de la aurora, echado por tierra el dominador de las naciones? Y tú decías en tu corazón: Subiré a los cielos; en lo alto, sobre las estrellas del cielo, elevaré mi trono, y me asentaré en el monte de la asamblea, en las profundidades del aquilón. Subiré sobre las cumbres de las nubes y seré igual al Altísimo. Pues bien, al “seol” has bajado, a las profundidades del abismo» (Is 14, 12-15).
11 Cf. GARCÍA CORDERO, OP, Maximiliano. Biblia comentada. Libros proféticos. Madrid: BAC, 1961, v. III, p. 155.
12 Cf. BERNET, op. cit., p. 127.
13 Cf. BARTINA, SJ, Sebastián. Apocalipsis de San Juan. In: NICOLAU, SJ, Miguel et al. La Sagrada Escritura. Nuevo Testamento. Madrid: BAC, 1962, v. III, p. 706.
14 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO, op. cit., q. 62, a. 5.
15 Cf. BARTINA, op. cit., p. 706.
16 Cf. Ídem, p. 707.

 

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